Lunes, 15 de octubre de 2018

Frente a la muerte, ¿el deporte?

El golfista Jarrod Lyle, 36 años, ha decidido abandonar el tratamiento contra el cáncer después de que el médico le anunciara que, a pesar de sus agotadores esfuerzos, la situación es irreversible. Lo cuenta con maestría Óscar Díaz en su columna de Ten-Golf echando mano de símiles cinéfilos y literarios para contextualizar el hecho y, a su vez, para poder describir, sin derrumbarse, la crudeza de una tragedia que, por otra parte, está sucediendo ahora mismo en algún lugar del mundo, mientras usted revisa esta página por la amistad que le une conmigo, o porque alguna vez encontró en ella un consejo útil, una reflexión compartida o, todo lo contrario, la llama de una polémica.

 

Esa misma tragedia es también la que se cruza de vez en cuando en nuestro camino, es tan liviana y frágil la experiencia humana... Quien más quien menos ha encajado un duro revés, un golpe de verdad –no me refiero a un fracaso académico o laboral– una jugada maestra del destino. Y habrá jurado entonces abrir definitivamente los ojos, revisar su agenda de acontecimientos y ordenar su escala de prioridades poniendo el amor en la cúspide: la entrega generosa, la calidad del tiempo que pasa con los seres queridos, la energía que le dedica a la actividad que saca su mejor sonrisa.

 

Una de esas actividades bien puede ser el deporte, no en vano fue al golf al que le entregó Jarrod Lyle sus mejores días. Ahora bien, ¿cómo casa este discurso en una situación como esta? ¿Cómo deberíamos afrontar la experiencia deportiva e integrarla en nuestro día a día para que lo artificioso de su esencia no destaque por encima de su verdad, de la trascendencia que reclamamos los que lejos de quedarnos en lo obvio (dos canastas, dos porterías, un balón, unos cuantos bárbaros detrás de una pelota, surfeando olas o escalando montañas) nos adentramos en su espiritualidad?

 

Quizá lo suyo sería ser conscientes en todo momento de su condición secundaria, relativizar no solo victorias o triunfos, también sensaciones, aciertos, errores; los galardones y reconocimientos, las mofas y los escarnios. Acudir a él, sea nuestro oficio o nuestra pasión, con la distancia recomendada, dedicarle únicamente el tiempo que no demanden nuestros seres más próximos, convertirla en un complemento saludable de un devenir diario que ha de estar centrado en los aspectos fundamentales, situados en otros ámbitos, lejos de la pista, no cabe duda.

 

O no y, precisamente la receta consista en todo lo contrario, en aprovechar el momento sin fiarnos del mañana, en seguir verso por verso el soneto de Lope: desmayarnos, atrevernos, estar furiosos,... Todo ello sin pasar por alto el más mínimo detalle, la más frugal y efímera sensación: la hormiga perfecta, el grano de arena, también perfecto. El deporte nos permite ser uno de los muchos, infinitos, héroes desconocidos a los que cantó Whitman. Poniendo lo mejor de nosotros mismos en cada palada, en cada swing, paso de baile o zancada, en cada salto, remate o parada, no es posible que la vida se nos pase sin vivirla.

 

Esta es la manera, sí. Y Jarrod Lyle lo sabía.