Lunes, 19 de agosto de 2019

Algunas reflexiones a propósito de "Happy end", la última película de Haneke.

A los que hemos seguido la trayectoria de la filmografía de M. Haneke, no nos extraña este lúcido y amargo análisis que el maduro Haneke hace de la Europa actual. Es, como comentaba una amiga al salir del cine, “como la continuación de Amor”, otro  impresionante film sobre el final de los días de una pareja que se ama.

Los que aún no la hayan visto, que sepan que su título, “Happy end”, es una absoluta ironía, pues el final está en las antípodas de la felicidad.

Su mensaje es claro: A pesar de la posesión de las riquezas y la comodidad de vida de la mayoría de los europeos, no son, no somos, para nada, felices. Las riquezas materiales no impiden el sufrimiento que se extiende por todas las clases sociales y edades del europeo actual. Este pensamiento, tan antiguo como la religión y los distintos humanismos, adquiere vida y actualidad en el relato que nos propone Haneke. Sus protagonistas son semejantes a nosotros, a pesar de la diferencia de riqueza económica entre esa burguesía centroeuropea y nuestro país, pues el mismo deseo ( el de adquirir más riqueza) nos iguala.

Las imágenes, a través de las casi dos horas de duración, nos ponen delante el sufrimiento de los niños, que no pueden entender el de sus padres. Y el de los jóvenes, que no quieren compartir los deseos y modo de vida de sus padres. Y el sufrimiento de los adultos, que no encuentran salida a su vacía vida emocional, que la activa sexualidad ( todos/as tienen amantes) no puede llenar.

La originalidad de la película no es, pues, lo que cuenta ( ya  ha narrado el cine europeo la imposibilidad de la felicidad humana en cientos de relatos) sino el lenguaje cinematográfico utilizado por Haneke: imitando a algunos maestros japoneses, la cámara si sitúa, fija, inmóvil, como si fuera el ojo del espectador, sin añadir nada que no veamos a nuestro alrededor: coches y coches por las calles, gente pendiente del móvil, pendiente de las finanzas de su empresa, poco pendiente de qué está sintiendo y qué le ocurre a su mujer, a su madre, al abuelo, a su amigo; los inmigrantes queriendo un lugar en nuestra sociedad, la familia que nunca termina de ser la red protectora de nuestras desgracias y frustraciones, la ciencia y la técnica con sus límites y fallos.

El maduro Haneke no juega ni un minuto a engañarse ni a engañarnos. Es de agradecer.