Martes, 17 de septiembre de 2019

Reflexiones en los últimos días del verano

 

 

Tenía ganas de escribir un artículo diferente, fruto de mi caminar por los jardines de piedra de la ciudad, de mi observación de las nubes que por el cielo se mueven, con su eterna belleza. Describir el paraíso que desciende en el sol de la mañana, en los árboles verdes y la coloración ámbar de sus rayos sobre la tierra y los edificios. Describir, si se pudiera,  el vuelo perfecto de los pájaros más allá de los edificios de la ciudad que fueron cabalgando sobre las colinas entre las que discurrían riachuelos con peces y aguas limpias 

 

Por un tiempo observé las colinas en las que se asienta nuestra ciudad, poco queda de los primitivos diseñadores de nuestra vida, de sus palacios de sol
de sus destellos de esplendor en el ocaso que incendia en oro y rosa las formas arquitectónicas  de los edificios, gloria de los hombres que los construyeron.

 

Siento como en la naturaleza  gira el mundo, se nombra en el viento, y se manifiesta  la corola del sol, en la música del violín del amanecer y el anochecer cuya melodía es la alborada, y la armonía la noche.

 

Escribir con la palabra trazada en la luz del río, en los colores del agua, en las palabras talladas en las piedras… en la disposición  de fuego y sol y fuego… en una armoniosa sinfonía. Me llega el vuelo en espiral de las hojas de los árboles y esos ejes de oscuridad y luz, enredados en nuestras formas de vida

 

La luna en cada latido, es la cadencia de una danza en la exacta precisión está definida por los ojos que beben de la armonía de la noche la manifestación de su misterio, sólo queda tras el día sentir el regreso a la noche al sueño silencioso