Domingo, 18 de agosto de 2019

Masaya

La tela es de color azul, blanco, azul. Parece un cielo de verano, así apacible, al canto de la tarde que hace de miel y se desliza sobre el volcán de Masaya, allí, a kilómetros de mar, del otro lado del océano. Las casitas del pueblo son de muchos colores. En el mercado hay frutas, hortalizas, artesanía que recoge motivos prehispánicos, esa huella ya larga en el estómago del suelo americano, en el estómago poblado de raíces amerindias, de lenguas amerindias, de todo ese dolor de no haber encontrado, todavía, un rincón para decir hermano sol, hermana luna, vosotros los de siempre sois mis únicos dioses porque vuestros giros fecundan la tierra que me da de comer.

La violencia no llueve, no fecunda los campos, la violencia es seca, con ese crujido de boca que mastica las piedras sobre las que cae y se rompe los dientes. La violencia no llueve pero sí deja el sendero mojado de manchas en los ojos. Como cuando un hombre utiliza la ira de su brazo para romper el brazo de otro cuerpo de hombre y dejarlo tendido, por qué, y también solo, con la sangre saliendo. Así el poder, cuando se olvida de que su único deber es cuidar a los que no lo tienen.

En mitad del pueblo de calles de tierra hay un lienzo pintado con la consigna siguiente: «No somos ni de izquierda, ni de derecha. Somos los de abajo, vamos por los de arriba». Quiénes son unos, quiénes son otros. La misma espiral que se muerde de tiempo y de hartazgo. Hace nada, recuerdas, ganó una revolución contra un dictador Somoza que decidía, sin escuchar a los otros, lo que teníamos que hacer. El cambio encajó algunas cosas y quiso dar voz a las voces distintas, abrió puertas, entró un poco de aire y hubo esperanza, ayer, en el mañana mejor. La misma espiral que se atasca de tiempo y empieza a dar vueltas sin rumbo y ahora. Aquel hombre Ortega que dijo abriré el horizonte y ahora lo dice al contrario. Hay tantos cuerpos caídos en el suelo, seco. Porque Ortega aprendió de Somoza a decir aquí mando yo. Así el poder cuando se olvida de que su único deber es cuidar a los que no lo tienen.

Entonces las manos se alzan diciendo ya basta, señor, usted está ahí pero para escucharnos, para ser el más atento de nuestros interlocutores usted está ahí, no para disparar cuando alguien le dice que opina distinto, por qué. No dispare, señor, usted ya ha tenido lo suyo y aquí faltan cosas, el pueblo no tiene ni agua por qué no lo entiende. Masaya. A la vera del volcán que lleva su nombre. Masaya sitiada de tiros que caen a plomo sobre las lenguas amerindias, repitiendo el diluvio de fuego de toda la vida. Masaya, allí en Nicaragua, en donde es peligroso de muerte tener una idea distinta, una idea más coral, una idea mejor.

Escuchar es difícil porque, a veces, el ejercicio de escuchar bien podría hacerte cambiar las opiniones propias, qué susto y, después, en dónde te atrincheras, en qué muro, en qué certeza en qué credo. A Masaya llegaron con armas los de la operación limpieza a podar el pueblo de todas sus voces silvestres, qué cosa terrible, ese intento, el de cuadricular la hierba de un suelo poblado de gente distinta, el de intentar aplastar los matices. Por qué. En Masaya dicen que los de arriba están sordos, no se puede, señores, decir soy revolucionario y querer moler a tiros al que te quiere hacer la revolución, cuál coherencia.

Entonces. En el lugar de las flores un cuerpo caído. Y otro. Y otro, así hasta trescientos o más, nadie sabe, quién lleva la cuenta.

De un lado y del otro, los muertos siempre le duelen a alguien, son cuerpos que alguien ha amado, ¿lo entiendes? Nadie gana una guerra, ¿lo entiendes? Hay armas y hay fuegos cruzados y hay cuerpos tendidos encima del volcán y hay manos que dicen ya basta, dedos que escriben su ese o ese, madres que pierden los hijos, hijos que pierden los padres, casitas de colores quemadas hasta el color gris desolado y la gente atrapada por dentro de ese infierno, ¿lo entiendes? Mientras que los responsables, los de verdad responsables, siempre encuentran la manera de abandonar el campo de batalla con los zapatos limpiecitos y en avión.

Esta vez es Masaya, allí, en Nicaragua tan cerca en donde todo es difícil. Qué difícil decir no. Qué difícil decir basta. Qué difícil el valor de dejar de tener miedo.

Salamanca, 20 de julio de 2018