Viernes, 21 de septiembre de 2018

Recuerdos de la calle la Ese

Lo bueno de llegar a una edad relativamente madura -¡los 65 de ahora dicen que son los 50 de antes, jajá!- es la superposición de recuerdos. No sé si para esto, como para todo, se debe conservar buena salud y mejor estado de ánimo. Si esto no es así, estamos perdidos.

Hace unos días, enfrascado en la lectura de un artículo del veterano y gran periodista Ansón en “El Mundo”, entre las aportaciones para su relato se refirió a la calle de la Ese, una calle pequeña en forma de “ese” que se encontraba ubicada en el barrio de Salamanca de Madrid, muy cerca de donde se cometió el atentado sobre Carrero Blanco.

La calle, hoy desaparecida, se llamaba Martínez de la Rosa, aunque era más conocida con aquel sobrenombre. Pero los recuerdos no son los mismos para todos. El señor Ansón disfrutaba de amigos como Natalia Figueroa o los tristemente asesinados Marqueses de Urquijo, a los que refiere en su artículo, mientras otros conocimos la calle de la Ese por estudiar en un colegio de La Salle cercano a dicha calle -presuntamente desaparecido por la especulación inmobiliaria- con amigos más modestos pero no menos entrañables.

El recuerdo que me trae el nombre de la calle lo tenía perdido en el tiempo, pero al leer al señor Ansón, gracias maestro, la remembranza es de las entrañables de verdad, aunque no lo parezca. El colegio era un Internado y había que cumplir unas mínimas reglas, aunque no muy estrictas para la época, ya que nadie estaba en él por ser ingobernable en sus casas, y entre aquellas reglas estaba la no violencia. Reñir o pegarse entre compañeros, si no era de expulsión inmediata, sí llevaba consigo el correctivo de quedarse sin salir el fin de semana.

Pero como todos hemos sido niños y quien más y quien menos ha tenido alguna trifurca, allí todo se resolvía de la misma manera: “Te espero el domingo en la calle la Ese”. “Vale, allí nos vemos, que te voy a dejar la cara que no te va a conocer ni tu madre”. Y si esto ocurría el lunes, martes, miércoles o jueves, el domingo quedaba muy lejos y el rencor se diluía de tal manera que para entonces el rival era tu mejor amigo. Pero algunas de esas desavenencias, cuando eran recordadas por quienes no querían perderse el duelo, terminaban por resolverse en aquella desierta calle de apenas tránsito.

Éramos niños, pero no todos teníamos el mismo desarrollo, y mientras el grande era menos ligero de lengua, el pequeño era más fanfarrón. Hoy me recuerda aquellas películas de Tony Leblanc en las que retaba a diestro y siniestro y a la hora de la verdad, en el papel de fanfarrón, siempre buscaba a alguien que se interpusiera entre él y el gigante. No obstante, eran otros tiempos, hablo de hace cincuenta años, donde los niños no eran tecnoadictos hartos de matar marcianitos. Aunque no sé si lo nuestro era mejor, pues nuestro menú era ver koreanos asesinados en las películas.

Así, los niños de ayer no son muy distintos a los de hoy, aunque quizá entonces hicieran mayor sociedad entre ellos … y lo de la calle de la Ese era más una cantinela, pues muy pocas veces se llevaba a la práctica.