Jueves, 20 de septiembre de 2018

Sí que hay cortapisas

Llueve sobre mojado. Desde que fue investido Presidente hasta hoy, todas las promesas formuladas en el debate de investidura por Pedro Sánchez se las ha llevado el viento de la mentira. A su declaración de convocar elecciones para que “españoles y españolas decidan el rumbo del país” siguió su entrevista en TVE en la que anunció su deseo de agotar la legislatura. En la misma entrevista acabó con su intención de no subir los impuestos y adelantó su propósito de acabar con la corrupción. La subida de impuestos es inminente y, ante los primeros casos de corrupción en su partido, la cacareada mano dura se ha convertido en disculpas de mal pagador. No tiene ningún inconveniente en prometer aquello que, de antemano, sabe que no va a cumplir. En su loca carrera por llegar a la Moncloa, ha sorteado todos los obstáculos sin importarle los métodos empleados y sin necesidad, por supuesto, de pasar por las urnas. Ni los más descarados desplantes, ni los desafíos más insolentes han sido suficientes  para hacerle recapacitar en su empeño de hipotecar el futuro de los españoles.

Cuando todo el mundo parecía estar de acuerdo en considerar como urgente y transcendental frenar la amenaza del secesionismo, ahora resulta que el Presidente del Gobierno, para poder mantenerse en su nuevo cargo, está dispuesto a entregar parcelas importantes de responsabilidad a quienes siempre han declarado su intención de acabar con la unidad de España. Aún resuenan declaraciones del presente año en las que Pedro Sánchez se rasgaba las vestiduras cuando alguien apuntaba posibles acuerdos con independentistas y populistas anti sistema. No sólo lo negaba sino que se sentía ofendido por creerle capaz de traicionar la línea que siempre caracterizó a un PSOE más centrado que el actual. Cuando algún comentarista insinúa la circunstancia de que Pedro Sánchez aparenta no tener hechuras de socialista, es consecuencia directa de calificar su manera de entender la política. Para justificar estas sospechas –que ya no son puntuales- basta comprobar la disparidad de criterios de algunos de sus ministros en temas de rabiosa actualidad.

Se supone que un Presidente de Gobierno competente, a la hora de elegir las personas adecuadas para cada cargo, procura buscarlas entre las más preparadas. A la vista de las primeras declaraciones, da la sensación de que, en primer lugar, en algunos casos no se ha acertado en la elección, y en otros se comprueba la ausencia de una línea perfectamente definida porque, de lo contrario, no puede concebirse que algunos altos funcionarios actúen por libres.

Cuando los dirigentes de ERC y CUP hablan de que el presidente Torra, en su próxima visita a la Moncloa, debe hablar con Sánchez “sin condiciones y sin renuncias”, la vicepresidenta Carmen Calvo, para remachar la idea, dice que ese diálogo debe ser “abierto, franco, democrático y sin cortapisas”- Y para que no queden dudas, la ministra de Política Territorial, Meritxel Batet –cuya cartera debería llevar impreso el cargo de “Ministra per a Catalunya”-  declara que el problema de Cataluña requiere una “solución específica”.  Supongo que el resto de presidentes autonómicos –cuyas autonomías también son específicas- habrán levantado sus teléfonos para exigir el mismo trato.

Por simple civismo y cortesía, todo Presidente de Gobierno está obligado a recibir a cualquier presidente autonómico que desee ser escuchado. Ahora bien, también lo está a no ceder a ningún tipo de chantaje, máxime cuando se anuncia anticipadamente a bombo y platillo. Dicho así, sin rodeos, sería lógico pensar que Pedro Sánchez no puede caer tan bajo como para dejar sin respuesta esas exigencias que llevan aparejado un claro componente de amenaza. Sin embargo, no resulta descabellado desconfiar de un Presidente que está dispuesto a entregar el control de RTVE a las huestes podemitas, después de haber criticado duramente a Rajoy por hacer un uso de ese medio con menos abuso del que padeceremos en adelante, cuando los futuros telediarios dejen en pañales al antiguo NO-DO. Tampoco ha esperado mucho nuestro Presidente para abonar la deuda contraída con los que apoyaron su investidura a base, entre otros capítulos, de acercar a prisiones más “aconsejables” a terroristas y rebeldes, jurando por lo más sagrado que son casos estudiados de forma individual. ¡Toma! Y tan individual. Como que no se trasladará a ningún preso de otro colectivo,  por muy catalán o vasco que se declare. El colmo del cinismo es asegurar que, en ningún caso, estas medidas responden a peticiones previas, ni se las puede tildar de políticas.

El último desafío del Parlamento catalán ha sido aprobar una moción –en contra del dictamen de los letrados- por la que se repone la resolución 1/XI, de 9-XI-2015, que aprobaba el proceso para crear la República Independiente de Cataluña, así como la defensa del derecho a decidir y la autodeterminación, actuación que fue anulada en su día por el TC. Aquella Resolución dio lugar a los tristes acontecimientos del 1-O, que llevaron a la cárcel a los cabecillas y trajeron el 155. En reciente consejo de ministros ya se ha solicitado la impugnación de este nuevo envite. Deberá estar prevenido el gobierno porque el siguiente paso puede ser una libertad enmascarada de los presos trasladados. Ya se puede esperar cualquier barbaridad. Criticábamos –yo el primero- la pasividad y condescendencia de Rajoy con quienes se desenvolvían descaradamente en contra de la ley. Ahora asistimos al mismo panorama, corregido y aumentado. Da la impresión de que lo importante es poder gobernar en minoría, pero con los apoyos alcanzados por la vía del trapicheo y los paños calientes. En estas condiciones, hablar de negociar sin cortapisas es faltar al respeto de todos los españoles. ¿Hasta dónde  está dispuesto a  llegar este Gobierno? La verdadera democracia tiene unos cauces y unas líneas rojas que nunca se deben sobrepasar: la decencia, la honradez, la integridad, la vergüenza y el compromiso con la verdad marcan esos límites El ansia de poder y las ganas de aparentar convierten  a más de un político en fieles discípulos de Maquiavelo. Por eso, cuando el catalán Joaquín Torra acuda hoy a la Moncloa, debería obtener el contundente y escueto rechazo a sus delirios independentistas. El diálogo es edificante cuando discurre en términos de respeto mutuo y al amparo de la legalidad. Fuera de ahí, se corta por lo sano y no se admiten desacatos. Porque, Sr. Sánchez, en política, como en todos los aspectos de la vida, sí que existen cortapisas.