Jueves, 20 de septiembre de 2018

Una experiencia inabarcable

 

Con el curso recién terminado me parece que efectivamente es una experiencia inabarcable, por los miles de personas que participan en ella, por la presencia constante de sus actividades, tantas y tan variadas; por el carácter gratuito de la casi totalidad de sus prestaciones, por la calidad humana que se vive y se comparte en prácticamente todas sus acciones, etc… Me estoy refiriendo a lo que se podría llamar el curso pastoral en la diócesis de Salamanca.

Y me refiero a las actividades de más de trescientas parroquias, grandes y pequeñas, porque en todas hay a lo largo del año espacios y propuestas cargadas de tal dignidad, de tanta sensibilidad social, de tal compromiso personal y comunitario, que me atrevo a pensar que no hay en la provincia una experiencia personal y pública de esta envergadura humana y de esta relevancia social; diría incluso de esta relevancia política, tomando el adjetivo en su mejor sentido griego.

Cientos de miles de presencias explícitas a lo largo de estos meses en actos diarios y semanales; actividades de culto y de cultura, de encuentro y de formación; muchas y variadas vías abiertas para la sensibilidad social y la solidaridad en efectivo; miles y miles de actos, acompañamientos, gestos, compromisos, demandas y similares en defensa y favor de los más débiles en cualquier campo, desde la enfermedad hasta la pobreza, desde la cárcel hasta la falta de papeles, desde la soledad hasta la droga que no cesa.

Y no sé si hay más ofertas para niños que para ancianos o si son más las propuestas para jóvenes que para gente de edades medias. Es una trama, a veces tan discreta y eficaz que el que no la vive ni siquiera sabe que existe. Por eso muchos ciudadanos ignoran toda esta riqueza social que la diócesis –parroquias, religiosos, grupos y asociaciones, instituciones diocesanas…-  despliega cada día, cada mes, cada curso y cada año para bien de los salmantinos. Y prácticamente en todos los casos gratuitamente y en libertad. No conozco, y no soy mal observador social, creo, ninguna otra realidad política, cultural, económica, provincial o estatal que desarrolle a lo largo de un curso una actividad semejante y con unas prestaciones tan variadas y de tal calidad… y sin cobro revertido.

Y lo digo no por orgullo, porque todo eso, que conozco bien y desde hace muchos años, me ha parecido siempre lo más normal del mundo, por eso “no me ha salido de ojo”, pero ahora lo digo porque como sólo se contabiliza lo que importa, sin objetividad contable, y sólo aparece lo que “se publica” y además lo que “no sale” no es socialmente visible, por eso lo digo para que conste cuando se levante el acta pública de lo que en la provincia se hace o se deja de hacer.

Y no me refiero a misas, cada vez menos, ni a rosarios, ya muy escasos a niveles públicos, aunque también sean actos de interés ciudadano porque cada día y cada semana les interesan a bastantes miles de salmantinos, aunque quizás no sean de mi grupo ni de mi cuerda. Me refiero sobre todo a otras muchas actividades, que abarcan todos los niveles de posibilidades en una provincia pobre en casi todo como es la nuestra. Sin olvidar que aunque hablo de “final de curso”, en muchas actividades no hay ni principio ni final por mucho verano que llegue.

Desde una buena asesoría o un microcrédito hasta conferencias y encuentros sobre todos los temas imaginables, desde qué hacer con un adolescente que tengo en casa hasta la convivencia de la pareja pasando por el taller de poesía, el grupo de Biblia o la preparación de la Liturgia del domingo. Desde la excursión, documentada y preparada al Pirineo aragonés o a la Roma de siempre o al románico palentino, hasta la clase de apoyo porque en el barrio hay muchos chavales que en casa apenas lo tienen para su trabajo escolar, pasando por clases de baile, ejercicios de oración, promociones musicales, cursos y cursillos para todo lo que pueda ser tratado y de interés, espacios de acompañamiento para personas mayores, cursos de mística, estancias contemplativas en cualquier rincón que se presta, recursos teatrales, conciertos y coros de toda clase y nivel desde el de mayor categoría europea hasta el del coro del pueblo de al lado que ensayan todos los viernes y cantan todos los domingos y fiestas.

Y reuniones y reuniones de repaso, de programación, de organización por todos los lados y por todos los poros de la provincia. Interminables, medio espontáneas o preparadas, oficiales u oficiosas, necesarias o inútiles, pero inevitables siempre y sin nada por ahora que las sustituya. ¡Ay, las reuniones!  


Sin contar aquí lo que es prácticamente invisible y a la vez posiblemente lo más característico, el acompañamiento personal a cientos y miles de personas en toda clase de situaciones vitales, desde un fallecimiento o una grave decepción o el cansancio vital que llega o una separación matrimonial hasta la celebración de la Confirmación o la esperada curación de larga enfermedad, pasando por gestiones de tranquilidad personal o familiar, superación de conflictos, iluminaciones en la fe, en los valores de la vida, en el sentido de la existencia o en el amor de  cada día. Y un millón más de experiencias diarias compartidas con un valor humano y social incalculable. Yo, muy humildemente, como sacerdote, es en este campo del que me sentiría más satisfecho de mi vida laboral como cura.

Y todo esto sin tener en cuenta, por razones obvias, las gracias y dones transcendentes, invisibles e incatalogables que por manos y gestiones diocesanas llegan a lo largo de un curso a miles y miles de salmantinos y no salmantinos.

Y miles de personas de toda clase, nivel y condición hacen posible todo eso, en una mezcla inusual de diferencias sociales y culturales que para sí las querrían muchas instituciones civiles. Miles de voluntarios, catequistas, monitores, ayudantes y colaboradores dan tiempo y dinero para llevar a cabo y hasta el último rincón de la provincia iniciativas y propuestas, en un movimiento solidario y de fraternidad compartida, caridad la llama el cristiano, que es alto ejemplo de conciencia social y política (¡en su sentido primigenio!) para quien lo quiera ver. Y todo esto en el modestísimo espacio de una provincia como es la nuestra medio desertizada en el oeste final y olvidado de Europa.

Y no ocultar que nada de esto va y viene sin dificultades, desde dentro y desde fuera, con nuevos retos y nuevas sensibilidades, nuevas técnicas y a la vez escasez de sacerdotes y voluntarios. El curso que viene traerá sin duda nuevas dificultades, pero será llevado adelante con más riqueza y abundancia si cabe.

Por todo esto y por mucho más con lo que podría llenar cien páginas -¡no exagero!- yo, ciudadano de esta provincia y vecino de esta ciudad, me quito el sombrero –ahora lo llevo los días de sol- en señal de alta valoración y de profundo agradecimiento a esta diócesis de Salamanca y a cuantos –desde el obispo hasta tú que me lees- hacen posible lo que la diócesis hace cada curso. ¡Chapeau!