Raúl de Tapia, sabiduría emboscada

“El modelo español de mecenazgo tiene un una versión muy artística y no de reserva de la naturaleza, pero la familia que compró esa finca, Espinosa Barro, sí la contemplaba. Por eso la fundación, que no tiene ánimo de lucro se llama Tormes E.B.”
Raúl de Tapia, director de la Fundación Tormes EB / FOTOS: CARMEN BORREGO

En el sosiego que desprende Raúl de Tapia hay trinos, hay cauces de agua, bailarinas que danzan entre las ramas y canteras olvidadas del pico y de la pala. El Tormes acaricia los cauces de Almenara y en el bosque resuenan los ecos de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos. Un árbol con ramas donde cuelgan los niños. La grandeza de una obra de titanes, piedra a piedra, semilla sonora, raíz acompasada.

Ch. A.: ¿Cómo comenzó el proyecto Fundación Tormes EB?

Raúl de Tapia: Fue el proyecto de fin de carrera de mi hermano que estudió Ingeniería Agrícola y consistió en reconvertir una gravera. Las graveras son extracciones de áridos en cielo abierto. Nosotros éramos de Almenara de Tormes y de pequeños íbamos a jugar “a los montones”, imaginaos en el pueblo donde nunca pasaba nada y la diversión era jugar en esos montones de cinco o seis metros o mojarnos en los aspersores de la alfalfa. En ese proyecto Carlos planteaba la reforma de la gravera, cuyo terreno fue comprado por una familia muy preocupada por el interés social y las donaciones. El modelo español de mecenazgo tiene un una versión muy artística y no de reserva de la naturaleza, pero la familia que compró esa finca, Espinosa Barro, sí la contemplaba. Por eso la fundación, que no tiene ánimo de lucro se llama Tormes E.B.

Ch. A.: Eres conservador, comunicador; ¿Cuál es tu formación inicial?

Yo soy biólogo de formación y pertenezco a una asesoría que busca generar proyectos ambientales. Nos ocupamos también de espacios que fueron minas y ahora hay que devolver a la naturaleza. Yo soy un convencido de que todos tenemos déficit de salir al campo, el otro día estaba pensando que echaba de menos a los domingueros, aquellas familias que iban el domingo al campo con su nevera, el mantel de cuadros, los niños… antes la gente salía al campo, fíjate cómo estará la situación para echar de menos a los domingueros.

Ch. A.: Quizás haya una edad para todo, a los niños les gusta el campo, pero a cierta edad ya se preguntan si hay wifii.

Carmen Borrego: No creas, yo he ido a Almenara con los alumnos del Colegio Padre Manjón y a las dos horas se olvidaban de los móviles. El problema es que la escuela y el instituto no pueden sustituir a las salidas familiares, al interés de los padres. La escuela no puede ser la solución.

Por el albergue de la Fundación han pasado muchísimos chicos, pero no hay una única solución y no podemos pensar solo en los jóvenes. Yo llevo trabajando casi veinte años en educación ambiental, y hay cosas que cambian, por ejemplo, en el 2002 pusimos el primer contenedor de papel en el Barrio del Oeste, fue uno de los primeros hitos y ahora la gente es consciente de que tiene que reciclar. Son muchas cosas aunque es verdad que el desarraigo que tiene el conjunto de la gente de la ciudad con respecto al campo es absoluto. Y la gente, no solo los jóvenes, repito, no es consciente de necesidad que tenemos de la naturaleza y las consecuencias que se traducen de este déficit como la angustia, el estrés, los problemas de déficit de atención…

  “Hay que ser idealista y realista a la vez, hay que conservar y trabajar en espacios intervenidos. Ese es el camino y vamos a seguir intentándolo, no podemos hacer otra cosa”

Ch. A.: ¿Verdaderamente todo eso está relacionado con la falta de contacto con el mundo natural?

Sí, está médicamente demostrado. Hay una enorme cantidad de patologías que están relacionados con esa falta. Pensad que nuestro cuerpo ha evolucionado de acuerdo a modelos de la naturaleza como la pentasensibilidad, los dedos prensiles, las manos liberadas ¡Nosotros no caminamos apoyando las manos como los chimpancés!, nuestro cuerpo demanda estar en el campo, no es verdad que estemos ahora adaptados a esta versión tecnológica. Estamos adaptados a la naturaleza y esta nos falta.

Ch. A.: Yo de lo que era consciente era del mayor número de alergias, pero no de la relación de esos trastornos con la falta de contacto con la naturaleza.

Las alergias tienen una explicación, los biocarburantes, sobre todo el diesel, rompen una membrana que hay en el granito de polen y de ahí viene el problema, no del polen en sí. Más de un 60% de los alérgicos viven en las ciudades, no en el campo.

Ch. A.: Imagino que a vosotros esta situación os aboca a la desesperación más absoluta.

Hay que ser idealista y realista a la vez, hay que conservar y trabajar en espacios intervenidos. Ese es el camino y vamos a seguir intentándolo, no podemos hacer otra cosa. Yo digo siempre que yo no puedo no hacer lo que hago.

Ch. A.: ¿Y tu trabajo de divulgador, muy premiado, da resultados?

Nunca la sociedad ha estado tan informada, pero nunca ha estado tan desinteresada. Hablábamos de la gente joven, nunca se ha dado el caso de que conozcan tanto sobre la naturaleza y de que hayan estado tan poco en contacto con ella.

Ch. A.: Carmen Borrego: Era lo que decías antes, los niños o teníamos pueblo o íbamos al campo los domingos con los padres.

Cierto, el niño o es de pueblo o es anecdótico el número de horas que pasa en contacto con la naturaleza. El que se informen o se formen no es sinónimo de sensibilización en absoluto. Para sensibilizarse hay que responsabilizarse.

Ch. A.: Hace poco hablábamos Carmen y yo con Juanje, en Monleras a quien bien conoces, sobre la despoblación de los pueblos, pero seamos realistas, no podemos con la vida que llevamos ir a vivir a un pueblo.

Cierto, el día a día es tremendamente complicado. Pero repito esa imagen con la que tuve esa especie de epifanía: un grupo de familias sentadas alrededor de una mesa, dentro de un centro comercial, con los niños alrededor haciendo el indio… un poco como las familias de domingueros en el campo, pero dentro. Me pareció una imagen hiperdura y tuve entonces nostalgia de los domingueros, de esa costumbre de salir al campo todos juntos… y los muchachos haciendo el indio… Cómo serán los niños si su referente de espacio abierto es un centro comercial.

Ch. A.: No es una imagen muy agradable, la verdad…

Lo peor es que esos niños ya no tendrán la sensibilidad de la naturaleza. Nunca la realidad fue tan virtual, para ellos hasta la naturaleza es virtual. La manera de relacionarse con el entorno debe ser con los cinco sentidos. Si un muchacho de un pueblo pequeño sale a la calle lo que está oyendo son los gorjeos de los pájaros, tiene estímulos sonoros, olfativos… además, está teniendo un contacto con la temperatura, con la gente, porque en el pueblo la gente se educa con los demás. Ese muchacho va a tocar la valla de piedra, va a oler, gustar, oír, tocar, ver… si un chico sale por el Alto del Rollo lo primero que va a sentir es el monóxido de carbono y el sonido de los coches. Olfato y oído saturados de algo que no es natural.

“Se trata de restaurar espacios de cantería altamente intervenidos, es decir, hemos cambiado el conservar por recuperar lo perdido. Y todo empezó por Almenara, Almenara es el barrio Garrido”  

Ch. A.: No te quejes, esta zona es muy abierta, hay poco tráfico…


Sí, es cierto, Salamanca es una ciudad pequeña, muy vivible, donde puedes ir caminando. Yo cada vez que voy a Madrid siento que me supera, son megaciudades donde no vives, la ciudad acaba viviéndote a ti. Imaginad a ese chico saliendo por una gran ciudad, eso durante años se impregna en la persona, tiene que ver con ese índice de ruralidad que también está relacionado con la capacidad de resiliencia.

Ch. A.: ¿Con la capacidad de resiliencia?

Es la capacidad de sobreponerse a una perturbación. No tenerla conlleva problemas psicológicos. La gente que ha pasado más tiempo en un pueblo tiene un índice alto de ruralidad y una mayor capacidad de resiliencia.

Ch. A.: Sin embargo vivimos en las ciudades ¿Cómo mejorar el horror que ya tenemos?

Por ejemplo, nosotros nos dedicamos, a día de hoy, a los entornos degradados. Se trata de restaurar espacios de cantería altamente intervenidos, es decir, hemos cambiado el conservar por recuperar lo perdido. Y todo empezó por Almenara, Almenara es el barrio Garrido.

Ch. A.: ¿El barrio Garrido?

Claro ¿De dónde ha salido el material para construir el barrio Garrido? Todo ha salido de ahí, el ahuecamiento del suelo se relaciona con el descampado que acaba siendo la ciudad. Las ciudades salen de la naturaleza, es una burrada la cantidad de huecos que se generan ¿De dónde sale la piedra de Villamayor que construyó las catedrales? Si las vemos, tan enormes, debemos pensar que en alguna parte tiene que estar ese hueco descomunal. Podemos conservar, por ejemplo Doñana, pero también podemos dedicarnos al espacio de canterías y graveras de donde salieron nuestras ciudades y que hay que devolver a la naturaleza. La ley minera obliga a restaurar los espacios, pero son planes a treinta años vista y el aval que depositan no les compensa hacer la restauración.

  “Manolo García  lo resolvió dándonos su cartera, una cartera que llevaba con él 25 años y donde había guardado todas las servilletas en las que escribía las canciones de Los Burros o de ‘El último de la fila’”

Ch. A.: Y si hablamos de la mina de Berkley en Salamanca ya no paramos…

Sobre todo por su total innecesidad. Es necesario invertir en energías limpias, en placas solares, por ejemplo, es una cuestión de sensatez porque el cambio ya ha llegado. No va a llegar, ha llegado, lo podéis ver cuando anuncian coches, ya son híbridos. El modelo energético que hemos conocido ha llegado a su fin, no es una cuestión de elegir qué modelo de desarrollo quieres, sino que ya se ha agotado el que teníamos.

Ch. A.: Y no solo eres activista, biólogo, con vuestro proyecto ‘Espacio emboscado’ os habéis acercado al arte, a la poesía, a la danza…

Cuando restauramos este espacio teníamos las ganas de aportar al paisaje arte. Hay en Almenara una escultura del hermano de Roberto García Encinas, Roberto, y con él queríamos generar además un nido gigante. Todo quedó en suspenso tras su muerte aunque seguíamos queriendo unir el arte con la naturaleza y la divulgación científica… además, yo tenía esa pasión por la botánica… entonces le dije a Coral Corona, la escultora, que por qué no hacíamos unos dientes de león gigantes de cuatro metros… luego se unió Joaquín Vila, el muralista que hizo el mural de Juzbado y que nos había pintado una torreta de la luz… y Carlos Frontales que trenza las fibras vegetales y que realizó esas figuras enormes que son conjuntos escultóricos con la misma técnica de trenzado… total, que terminó siendo un proyecto financiado por la Fundación y que se acompañó de música.

Ch. A.: Tuvisteis unos padrinos de excepción.

Sí, fue María José Parejo, de Radio 3, quien ha hecho crecer el programa ‘El bosque habitado’ para el que colaboro y que es excepcional, y Manolo García, a quien conocí en un premio que me dieron. Manolo García es uno de los mejores tipos que hay y me dijo aquella vez que si me podía ayudar en algo, le llamase. Ambos apadrinaron el proyecto y lo hicimos coincidir con la gira de Manolo. Es un hombre de una paciencia infinita, pasó dos horas firmando, haciéndose fotos. Está muy interesado en el tema de la naturaleza, va con los pastores trashumantes y no les dice quién es. En ese acto enterramos una cápsula del tiempo, María José aportó una alcachofa, un micrófono de Radio Tres, nosotros un libro, semillas de tejo… y él no se había acordado de nada, pero lo resolvió dándonos su cartera, una cartera que llevaba con él 25 años y donde habían estado guardadas todas las servilletas en las que escribía las canciones de Los Burros o de ‘El último de la fila’. Nos quedamos todos alucinados por su generosidad y por la humanidad que tiene.

Ch. A.: Dijeron que su concierto fue uno de los directos mejores que han pasado por Salamanca.

Él es muy sosegado, pero se sube a un escenario y cambia el chip. Yo pensaba, este no es el de ayer… se dio una vuelta cantando por todo el pabellón, saltaba, corría, así tres horas. Además, nos citó y habló de la Fundación.

Ch. A.: Y la danza de Manuela Salvado y la poesía de otro hombre excepcional, Joaquín Araújo.

La danza de Manuela, que también es bióloga, formaba parte del proyecto con la poesía de Joaquín. Joaquín es un hombre increíble, se mete en la cama a las diez porque se levanta a las seis a grabar para el programa, pero ese día eran las dos de la mañana y ahí estaba. Sin embargo se levantó, grabó para el programa de Pepa Fernández que se hizo en el Liceo y dijo que había captado muchas especies. Araújo vive en medio del campo, en los Ibores, tiene una inmensa biblioteca en lo que eran las cuadras de su casa y ya es considerado un escritor además de un documentalista.

Ch. A.: Has colaborado con él en el libro ‘Herbario sonoro’.

Sí, he trabajado con él y le considero amigo. Es un personaje importantísimo, él acabó los programas que dejó inconclusos Félix Rodríguez de la Fuente, aquellos que tenían la locución de Teófilo Martínez, el que ponía la voz de David el Gnomo. Esa voz hiperprofunda… Nadie se atrevía a hacer ese trabajo cuando murió Félix. Se llamó ese proyecto ‘Silencio roto’ porque nadie se atrevía a romper ese silencio. Eran dos personalidades muy fuertes, Félix y Miguel de la Cuadra Salcedo, hacían cosas increíbles.

Cosas tan increíble como devolverle a la naturaleza la herida de una gravera. Suturar lo roto, sembrar la semilla bajo el asfalto. Más allá de los coches de la glorieta, las pegas y los gorriones hilvanan saltos sobre la hierba. Más allá, el río, recorriendo el camino…