Faro de Aveiro, el guardián del mar

Su silueta recorta el paisaje de la playa de Barra, situada en territorio de Ílhavo, aunque lleve el nombre de Faro de Aveiro

Faro de la Barra de Aveiro/ Rep. Gráf.: Martín-Garay

Desde el Faro de Alejandría, el más antiguo del que se tiene constancia, muchas tempestades han soportado los litorales costeros de todo el mundo. Una hoguera en lo alto de una torre, eso eran los faros en la antigüedad. Hoy, diversos sistemas ópticos de lentes, antenas de radio e Internet velan por la seguridad marítima. Y es que, desde que el hombre se adentrara en la vastedad de la aparente infinitud marítima, siempre ha tenido una premisa: regresar a tierra.

Para contar la historia de este faro, comenzaremos por aclarar el asunto de su nombre. Desde su inauguración, el 15 de octubre de 1893, fue conocido como Faro de Aveiro, tal vez por estar situado en la entrada al Puerto de Aveiro, el mayor de la zona. La realidad es que la barra o dique al lado del cual se erige pertenece a la localidad de Gafanha da Nazaré y ésta, a su vez, al concejo de Ílhavo. Dato este, en general, desconocido por la mayoría de salmantinos que disfrutan de las playas de Barra y de Costa Nova, consideradas las ‘playas de Aveiro’. Pues no, son las playas de Ílhavo.

Para no herir sensibilidades, podríamos denominarlo el Faro de la Barra de Aveiro.  

De día, un faro es una referencia inconfundible en la costa. De noche, una luz que avisa del peligro o nos guía hasta un puerto seguro. El faro más antiguo del mundo estaba en la isla de Pharo, frente a Alejandría, derivando de ahí su nombre. La torre sobre la que se encontraba la hoguera fue construida hacia el año 300 a.C., medía 135 metros, -más del doble de la altura media de los faros actuales-, y su luz podía verse a 100 km. Fue destruido por un terremoto en 1326.

Los romanos siguieron a los griegos y fenicios en la incesante navegación marítima, extendiendo las torres-faro a lo largo de su imperio, conservándose en la actualidad la Torre de Hércules (A Coruña), como faro más antiguo del mundo (siglo I).

El Faro de Aveiro comenzó a construirse en 1885, según un proyecto del ingeniero Paulo Benjamín Cabral. Primeramente, las obras fueron dirigidas por Silvério Pereira da Silva y más tarde por José Maria de Mello e Matos. Entró en funcionamiento el 15 de octubre de 1893. A lo largo de estos 125 años, ha sido objeto de varias obras de reparación y adecuación a los nuevos avances en la navegación.

La torre cilíndrica de hormigón tiene 6 metros de grosor, se asienta sobre profundos cimientos, a través de 97 estacas. Costó 51.000 escudos de la época (255 euros), una gran inversión en el momento.

Es el mayor faro de Portugal, el segundo más alto de la Península Ibérica –después del Faro de Chipiona (Cádiz)- y está entre los 26 más grandes del mundo.

Pero lo que el visitante de este faro busca cuando asciende los casi 300 escalones en forma de caracol que llevan hasta su punto más alto, donde se encuentra la lámpara, es, fundamentalmente, que le cuenten historias.

¿Tendrá esta idea romántica sobre los faros algo que ver con la realidad?

João Castanheiro vive y trabaja en el Faro de Aveiro desde 2009. Antes, estuvo en el Faro da Guia, en Cascais, en el de Leça da Palmeira, en Oporto y en el Faro da Ferraria, en la isla de San Miguel, en Azores. Estos fareros recorren durante su vida profesional varios de los 53 faros con que cuenta el litoral portugués, 30 en el continente, 7 en Madeira y 16 en las Azores, dependientes de la Marina Portuguesa.

Castanheiro es hoy Primer Farero del Faro de Aveiro, pero antes de farero, fue marinero. Entró en la Marina en 1986 y durante diez años viajó por todo el mundo. En cierto momento, le pareció que había llegado la hora de asentar su vida y se presentó a las pruebas para farero. Para aprobar esta oposición, es necesario pasar pruebas físicas, psicológicas y teóricas, de electrónica y mecánica, principalmente. Después de un periodo de formación de 5 meses, se comienza a trabajar en el faro de destino, donde es proporcionada también la vivienda.

“Soy carpintero, electricista, fontanero, pintor y, a veces, incluso, farero”

Conversando con Castanheiro deducimos que aquí no hay medias tintas, se es farero todo el tiempo o no se es. Las personas que trabajan en el faro, -cinco en éste de Aveiro-, son los encargados del mantenimiento integral del mismo. “Soy carpintero, electricista, fontanero, pintor y, a veces, incluso farero”, bromea João Castanheiro, en alusión a esa imagen legendaria del farero solitario fumando en pipa mientras mira al mar. “Esa imagen es un mito, yo digo que sólo por la noche soy farero, pues el resto del día aquí no se para, un faro da mucho trabajo, hay que hacer reparaciones constantes”, afirma el Primer Farero.

Durante el día se realizan los trabajos de inspección y reparación y, por la noche, siempre hay un farero de servicio. Al menos dos o tres veces durante la noche, sube los 288 escalones para comprobar in situ que todo está en orden en el sistema óptico.

Hay un ascensor, pero el farero de guardia no lo usa, por motivos de seguridad. Apenas lo utilizan para transportar las herramientas necesarias en las reparaciones diurnas.

Definitivamente, aquí no hay tiempo para sentarse a contemplar el mar.

“Mientras navegué, confié mi vida a otros, ahora, espero que otros confíen en mí. De mi trabajo depende la seguridad de mucha gente. Me siento útil”

¿Y cómo un trasmontano acaba vinculando su vida al mar? Nos cuenta João Castanheiro, natural de un pueblo del distrito de Bragança, que a los cinco años realizó un viaje en barco junto a su madre, hasta Angola, para reunirse con su padre, que trabajaba allí. En 1975 retornaron a Portugal, también en barco. No sabe si este recuerdo grabado en su memoria fue lo que dio origen, años más tarde, a su vocación marinera.

João Castanheiro ama el mar. Adora el ambiente marítimo, porque la playa, asegura, no es para él. “Cuando mi mujer y mi hija me dicen: ¡¿vamos a la playa?! Yo les digo sí, vamos, pero, me voy haciendo el remolón, hasta que se dan cuenta que es mejor marcharse sin mí”. El mar, sí, el turismo de playa, no.

Sin embargo, cuando Castanheiro se jubile se ve viviendo en el interior; en la casa y la finca que tiene en el concejo de Chaves, cerca de Galicia. “A la sombra de un alcornoque, ahí también está el paraíso”.

Mientras anduvo por esos mares, “confié mi vida a otros, que con su trabajo velaban por mí, ahora espero que otros confíen en mí”, dice Castanheiro, recordando que, cuando hay un problema en la mar y todo falla, el faro está encendido y espera por nosotros, “somos los últimos que se apagan, cuando el faro falle, muchas otras cosas habrán fallado antes”. Solamente recuerda una ocasión en que este faro estuvo sin servicio un tiempo significativo, fue hace seis años, cuando una enorme tempestad lo dejó averiado durante 36 horas.


Este faro tiene lámparas de reserva y un generador por si la electricidad falla. En ese caso, en máximo 40 segundos, se recupera el servicio.

Este faro tiene una secuencia de 13 segundos, con 4 ráfagas de luz, de 0,2 segundos de duración. Cada faro tiene una secuencia temporal diferente a la del resto de faros que se encuentran en un radio geográfico próximo. Este radio puede ser de centenas de kilómetros, para no inducir a error a los navegantes.

Altitud: 66 m

Altura: 62 m

Latitud: 40º 38’, 64N

Longitud: 08º 44’, 79W

Luz característica: Fl (4) W 13s

Alcance: 23 millas náuticas (42,5 km)

Entrada en servicio: 1893

Automatización: 1990

Óptica: Lentes de Fresnel  3ª orden (375 mm de distancia focal), grupos de 4 ráfagas

Lámpara: 1.000 W

288 escaleras: 271, de piedra, las 17 últimas, metálicas

Abierto al público todos los miércoles del año, de 14 a 17h, entrada gratuita

Nogueira da Silva, 33 años llenos de faros

Ermindo Nogueira da Silva es el Farero Jefe del Faro de Aveiro. Está aquí desde 2014. Antes, el Faro de Santa María, en Olhão, el de las Berlengas, el de Leça da Palmeira,…y otros más. Por el medio, aún, tiempo para colaborar en la puesta en marcha de varios museos marítimos, como el Museo de Paço de Arcos, y hasta un libro que ya está listo, a la espera de publicación: un memorial a los fareros, con más de 1.000 historias de vida, que Nogueira da Silva ha ido recopilando a lo largo de su trayectoria y de muchas horas de conversación. Si hay algo que a Nogueira da Silva le guste, es conversar; parece estar encantado con las visitas y todos quedan encantados con él.

Este funcionario de la Autoridad Marítima Nacional, dependiente del Ministerio de Defensa portugués, no militar, militarizado (ahora explicaremos lo que esto significa), afirma conocer cada rugido del mar, desde que en 1985 se hiciera farero.

Nogueira da Silva entró en la Marina en 1978 y siete años más tarde aprobó el concurso de farero, pasando a funcionario militarizado. Al igual que Castanheiro y la mayor parte de fareros portugueses, son militares que han pasado a cuerpos no militares, pero dependientes de la autoridad militar, lo que se llama ‘funcionario militarizado’. Según nos cuenta, el puesto de farero tiene bastante demanda.

“Conozco cada ruido del faro, solo con escuchar, sé de dónde sopla el viento. Para quien no esté acostumbrado, una tempestad aquí puede dar mucho miedo”

Nogueira da Silva nació en Oporto, pero tiene su casa en Esposende, donde regresará cuando se jubile. Siempre quiso ser farero. Le gusta la parte técnica de su trabajo, pero, sobre todo, le gusta la gente, por eso, acepta bien la vertiente turística de su tarea, “las personas lo que quieren son historias”, afirma. En algunas tardes de verano llegan a pasar por aquí 900 visitantes. Dice sentir nostalgia de la convivencia que antes había entre las familias fareras. En el Faro de Aveiro viven hoy cinco familias, cada una en su casa y cada vez conviven menos entre ellas, debido al modo de vida actual, más individualista.

Nogueira es el jefe de este faro, un jefe con un lado militar marcado, “no me da igual cómo se hagan las cosas, todo es importante, las cosas hay que hacerlas bien”, asegura. A sus 61 años está plena en forma, cada día viste su traje de neopreno para nadar en el mar durante 45 minutos, “salvo si hay tempestad”, apunta, circunstancia que, calculamos, en invierno sucede por aquí día sí, día también.

Tiene la satisfacción de que uno de sus cinco hijos le haya salido farero. Nos cuenta el orgulloso padre que, después de coquetear con la Arquitectura, su hijo se dio cuenta de que su vida estaba ligada al mar a través de su afición por los deportes náuticos, y que quería vivir siempre muy cerca del mar. Así, se hizo farero. Hoy, Primer Farero en las Berlengas, muy pronto, en Viana do Castelo. 

Las historias más dramáticas que ha vivido Nogueira durante sus 33 años como farero no tienen que ver con naufragios ni abordajes, sino con intentos de suicidio. Uno sucedió hace poco más de un mes, en esta Praia de Barra, el otro, hace unos años en las Berlengas. Ambos protagonizados por mujeres, a las que Nogueira socorrió después de observar en ellas una actitud extraña. Los dos cerca de un faro, dice Nogueira que los faros atraen a quienes buscan ser salvados. 

¿Y las mujeres fareras?

A principios del s. XX había mujeres fareras en Portugal. Eran denominadas ‘asistentes de faro’, civiles con un salario menor que el de cualquier farero de escala inferior. En 1919 se suprimió esta figura por razones de ahorro presupuestario y las mujeres dejaron de trabajar en los faros.

Siendo una profesión que se nutre básicamente de militares, hasta 2007 no volvió a haber una mujer farera en Portugal. Ângela Gomes obtuvo su plaza, sin embargo, en una de las pocas convocatorias abiertas a no militares que ha habido, en 2007. Es hoy Primera Farera en las Azores y, según afirma Nogueira da Silva, la farera más antigua de las 5 fareras que hay en Portugal.

El Faro de Barra recibió más de trece mil visitas en 2017. Desde que abrió sus puertas al público, en 2011, las visitas no han dejado de crecer.

Portugal es un pueblo de navegantes, no es de extrañar que los faros hayan desempeñado y desempeñen un papel importante en su cultura marítima. Son monumentos nacionales muy apreciados por los portugueses.

Hay una canción de Jorge Drexler titulada ‘12 segundos de oscuridad’ (2006). Habla, quizás, de los viajes iniciáticos y de los faros que nos guían en esa vuelta a casa, y en ella se dice “No es la luz lo que importa en verdad, son los 12 segundos de oscuridad”.

Si van a las playas de Aveiro, -que son las de Ílhavo-, no dejen de visitar el Faro de la Barra de Aveiro. Y saluden a Castanheiro y a Nogueira da Silva.

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