Martes, 16 de julio de 2019

La puesta de sol

 

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En un periódico de Los Ángeles se publicó un anuncio promoviendo a una agencia que ofrecía enviar, mediante una solicitud y dentro de un corto lapso a  un “amigo”. Ese “amigo” estaría dispuesto a sentarse a su lado, a charlar con usted o sostenerle la mano si se encontraba enfermo o moribundo. Por supuesto, ese amigo solo sería suyo mientras usted pudiese seguir pagando.

“Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad” (Juan Pablo II)

Hay varias clases de soledad, está la de aquellos que se la buscaron, y está la de los que les obligaron a quedarse solos. Hay personas que se vanagloriaban de ir solos por la vida, no porque amaran la soledad, sino porque odiaban la compañía. Se cumplía en ellos lo que ya advertía Luis Rosales: “ Quien marcha por la vida sin apearse del caballo, va quedándose solo”.

Está la otra, la soledad de los incomprendidos y abandonados, la de la vejez. Es de ésta de la que quiero hablar. 

La soledad e incomunicación es grande. No queremos escuchar al otro, porque bastantes problemas tenemos nosotros como para poder cargar con más.

Conocí en Madrid  a una señora que iba a la consulta del psicólogo y pagaba una hora, simplemente para desahogarse con él. Parecido a este caso, es el de aquella  mujer inválida que se encontraba muy sola y que, a fin de mantener con vida  algún contacto humano, marcaba en su teléfono el numero de “Información” y de la “Hora” durante ciertos intervalos a todo lo largo del día. “Por lo menos escucho una voz humana que me habla” decía. Ahora, incluso la voz que da  la hora es por computadora y las operadoras de Información piden que no se las moleste al menos que sea necesario. La televisión, la radio, el internet han suplido el calor de la voz humana. Hay muchas casas en las que se puede escuchar la televisión todo el día. Es la única compañía, porque no se conoce otra. 

Es cierto, como dice Maetterlinck, que el silencio es el verdadero lenguaje del alma. Pero ello es así cuando el silencio se elige, no cuando se impone. Hoy a nuestros mayores se les impone el silencio en todos los sentidos y es grave descuidar y despreciar a los que nos ayudaron a crecer.  La dignidad de un pueblo y de una familia radica, en buena medida, en el trato que da a sus mayores.

La soledad se ceba en los ancianos. En una cultura como la nuestra que propone el poseer, guardar, acumular, está la llamada del evangelio a saber perder, dar, dejar, no almacenar, no atesorar, desasirse. Y la vida, con los años, nos va pidiendo o robando todo y nos quedamos solos, desarmados de razones, ideas y proyectos. Perdemos el control de todo, y a oscuras, en medio de la noche, tendremos que apoyarnos fuertemente en el cayado del Buen Pastor.

      Sabemos que el anciano sabe esperar. Lo ha aprendido en la vida. Y en la vida ha experimentado que Dios le acepta, le entiende, le ama. Él es su apoyo y su fortaleza. Sabe que sus ojos, sus piernas y todo su ser son muy  frágiles. Ha sentido la  ayuda del Señor en todos los momentos de la vida, tanto en las alegrías como en las penas, en la salud y en la enfermedad. Agradece las bondades de Padre y las de todos aquellos que le han ayudado a vivir.

En verano tenemos la oportunidad de ver puestas de sol maravillosas. Es bueno detenerse a ver el atardecer de muchas personas que diero su vida por los demás.