Miércoles, 21 de agosto de 2019

No niego nada

La actualidad manda, así que una vez finalizada una semanita de hechos históricos, hoy quiero dedicar mi colaboración a un personaje que hace poco visitó nuestra ciudad, Joaquín Sabina. Tuve la suerte de verle en lo que puede ser su último concierto en tierras charras, ya que ha tenido que suspender la gira y esta vez sin negar nada, lo que sin duda sería histórico.

 

Joaquín es ese tipo al que costó olvidar a una mujer diecinueve días y quinientas noches; al que alguien robo el mes de abril que guardaba un cajón junto al corazón. Que escribió una canción a una Princesa que vivía entre la cirrosis y la sobredosis. Que cuando era más joven viajo en sucios trenes que iban hacia el norte, que se vio esposado delante del juez, que cambiaba de nombre en cada aduana y también de casa y de oficio, y hasta de amor,

 

Sabina pensaba que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió y que es una gran mentira que mientan los boleros; como también es mentira que sea un caballero cuando nadie le ve. Sus críticos le acusaron de jugar demasiado a la ruleta rusa, contestó que si no hubiera arriesgado tal vez le acusarían de quedarse colgado en calle Melancolía.

 

Él es el truhan al que para decir "con Dios" le sobraba los motivos y que a sus cuarenta y diez, cuarenta y nueve decían que aparentaba. Quería decir la verdad por amarga que fuera, pero sólo alcanzaba a decir mentiras piadosas. Quiso ser Al capone en Chicago, costalero en Sevilla, confesor de la Reina, taxista en Nueva York, y boxeador en Detroit, incluso cronista de sucesos, para terminar decidiéndose por la vida del pirata cojo con pata de palo y parche en el ojo. Es el cuate[i] de Chabela Vargas y con ella pedía que todas las noches fueran noches de boda y todas las lunas, lunas de miel. Junto a la Vargas paseo por el Bulevar de los sueños rotos donde habitan Agustín Lara, Diego Rivera y Frida Khalo.

 

Fue capaz de encontrar el paraíso terrenal en un piso abandonado de Moratalaz donde Eva, desnuda, tomaba el sol en el balcón. Imagino Madrid como una estufa de butano, y la vida como un metro a punto de partir. Habito un hotel dulce hotel, y vistió un traje gris para confesarnos que creció en la fila de los manco de los cines de verano donde siempre daban una de romanos. Confesó que sólo cumplía años los años bisiestos que acaban en dos, que gastaba más que ganaba, que vivía con lo puesto menos un botón y no tenía costumbre de guardar la ropa si iba a nada.

 

Nos contó, nos cantó, la vida de Calixto, de Carmela, de Rocío, de Barbi Superstar, de Cristina Onassis, de la Magdalena, incluso del Ciudadano Cero que era un individuo de esos que se callan por no hacer ruido, perdedor asiduo de tantas batallas que gana el olvido. Y nos presentó a una “jermu[ii] de veinte años cumplidos a retazos que iba de González Catán, en colectivo, a la cancha de Boca, por Laguna. Aconsejó ponerse gomina a aquellos que no quieren despeinarse con el vientecillo de la libertad y vacunarse contra el azar si querían vivir cien años. Si todo fallaba deberían preguntar en las farmacias ¿tiene pastillas para no soñar?.

 

El flaco, me convenció de que todos compartimos la misma toalla y distintos sudores, también de que la vida no es un block cuadriculado sino una golondrina en movimiento que no vuelve a los nidos del pasado porque no quiere el viento. Me hizo ver que es mentira que un bulo repetido merezca ser verdad. Y abrace abiertamente sus deseos de que los que matan se mueran de miedo, de que ser valiente no salga tan caro, que las verdades no tengan complejos y las mentiras parezcan mentira. También entendí porque son tan pobres los que no tienen nada más que dinero

Dijo Joaquín Sabina poco antes de iniciar su gira “Lo niego todo” «Yo, con mi biografía, no estoy muy en desacuerdo. Tal vez estoy en desacuerdo con haber perdido tantas noches y tanto tiempo haciendo el idiota por los bares en lugar de escribir» Lo siento amigo, no puedo estar de acuerdo contigo, porque es seguro que si no hubieras estado en los bares, que usabas de oficina, haciendo el idiota nunca hubieras escrito canciones tan bellas. Cuando llegamos a ciertas edades, caemos en la tentación de replantearnos nuestro pasado. Y si es cierto que de aquellos polvos estos lodos, también lo es que somos TODO lo que hemos hecho y TODO lo que hemos dejado de hacer. Así que yo, permitanme, no niego nada.

[i] Hermano, amigo íntimo

[ii] Mujer, lenguaje coloquial en Argentina