Jueves, 22 de agosto de 2019

No podía ser de otra manera

La ley del mar es una hermosa ley. Evitar la muerte, alzar al náufrago, subirlo a bordo. Pero una vida no solo se salva recogiéndola del agua, hay que socorrerla por completo, llevarla a tierra firme, guiarla, recibirla. La geografía también tiene leyes de proximidad y hasta de hastío. La postura de Italia dando una patada al barco humanitario no es un gesto tan reprobable, más bien es una llamada de atención a la que nos hemos opuesto con un hermoso gesto. Italia, gracias a ese sur tan cercano a las costas africanas, se ha convertido en una península pasillo y su negativa debería ser un aldabonazo. El puñetazo en la mesa para constituir una política común.

La tragedia de nuestros días no es un mar infectado de cadáveres, que también, es la pérdida de la ilusión por un proyecto colectivo, el europeo. De ahí el Brexit y los gobiernos del sálvese quien pueda. Una política de asilo y acogida para todos que contemple las circunstancias particulares de cada espacio: la rotunda superioridad económica de Alemania, la frontera marítima de Italia, la proximidad geográfica con un vecino tan voluble como Marruecos en el caso de España… circunstancias diversas y una política común que responda con una sola voz y no como un campo de concertinas, frontera erizada, mar que es sepultura. Una sola voz sensata y generosa, pero al unísono, evitando así estos gestos de portazo y apertura, esta sensación de que no sabemos resolver las situaciones más que a golpe de improvisación y de ocurrencia.

Poner puertas al campo no es la respuesta. Como no lo es llenar los CIES de gentes quietas, de recién llegados de los que nada sabemos más que su pobre equipaje de vejaciones y de vacíos. La historia se repite en cada rostro maltratado por el viaje, por la estancia en el infierno de Libia, de Marruecos, de Turquía. Los campos son un cementerio de vivos y el mar un sumidero de muertos. Sin embargo, nosotros, que gozamos de esta vida esforzada a la que no se regala más que impuestos, no sabemos muy bien qué hacer con nuestra solidaridad, con nuestra buena voluntad y por qué no decirlo, con nuestro cansancio. Porque también nos cansa que no se resuelvan ni los problemas de ellos, ni los nuestros. Y a veces uno se siente inclinado a culpar de las listas de espera a la sanidad universal, esa, que si lo pensamos un poco, todos, absolutamente todos, merecemos. Pero existen el cansancio, existe la mala gestión, existe ese paro ridículo con el que no vivimos… y claro, es más fácil culpar al recién llegado que parece tener la ventaja sin haber movido un dedo. Está el terreno bien abonado para ese sentimiento de rechazo. Nada es tan sencillo. Por eso hay que recordar la hermosa, la generosa, la inmutable ley del mar: salvar la vida, acogerla, apoyarla, conducirla a tierra firme. Y a partir de ahí, todo lo demás. No puede ser de otro modo.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.