Viernes, 19 de octubre de 2018

Para que no me olvides

“...vamos de tumba en tumba,
picapedrero de sepulcro helado...”

PABLO NERUDA, Oda al vino (1953)

Hubo un tiempo en que algunos políticos y próceres, en los fastos de celebración que solían acompañar a la “primera piedra” de los edificios públicos, acostumbraban introducir en el interior de una columna de cimentación un contenedor con periódicos del día, algún objeto representativo de las costumbres locales  y, por supuesto, un documento que nombraba claramente al político o al prócer, o a ambos y sus ostentosos cargos, y que reflejaba  el irrefrenable deseo de trascendencia  de quien, muy conscientemente, sabía que la posteridad solo iba a nombrarlo como curiosidad impuesta y no por mérito propio.

Esa costumbre de banal deseo de trascenderse, puede verse también en multitud de placas situadas en el frontispicio y la fachada de miles de hospitales, escuelas  y centros públicos de todo tipo, donde se ha grabado en metal el nombre de su inaugurador (indeleble firma de la presunción), en un repetido ejercicio de fútil jactancia.

Las formas de hacerse notar de quienes circunstancialmente, con escaso mérito o por influencia, ocupan cargos o dignidades, adoptan múltiples caras, y no es la menor la de las mil formas de apropiarse del valor de lo ajeno (un edificio público, una ciudad, un país...) para, asociándolo al propio nombre, tratar de realzarse individualmente, dotarse de un valor añadido o de una fachada mejor utilizando esa mera asociación. Puede comprobarse esa apropiación, en el terreno cultural, en la multitud de ejemplos de plagios literarios, antologías para poder incluirse el antólogo, intertextualidades copionas, “tributos” artísticos o “remakes” de todo tipo, que copian, reproducen, manosean, calcan y se apropian  de cien formas de la obra ajena para sustanciar ese pueril intento de crecer sin empuje y por mera cercanía (entre las formas de la asociación interesada destacan en este país los premios Princesa de Asturias (antes Príncipe o lo que fuese), que anualmente asocian, a través del presupuesto público, nombres talentosos a la institución de la monarquía en beneficio de ésta; la publicidad de muchas entidades financieras pagando a personajes populares en sus anuncios, los artículos laudatorios semanales del pelota local, etc.).

En este sentido, la penúltima ocurrencia del Instituto Cervantes, una institución que parece más preocupada por su propia supervivencia a base de fogonazos que de la función que estatutariamente le corresponde, ha sido la de “guardar en la caja de seguridad 1567” -¿tantas hay?- “el manuscrito original de la Oda al vino, de Pablo Neruda (...) depositado por el presidente de la Fundación Vivanco para la Cultura del Vino”. Ese “simbólico” depósito (según sus ejecutores), fue recibido con alborozo por el director del Instituto Cervantes, que entregó ceremoniosamente a los oferentes “sendas llaves para custodiar este legado”. En honor a la verdad, es preciso hacer constar que la nota informativa del evento indica que "la Caja de las Letras acoge ya legados de dos premios Nobel de Literatura, en referencia a Neruda y al colombiano García Márquez; y calificó de ‘conjunción hermosa’ (!) la unión de vino, cultura, literatura, España y Chile”. Tal cual.

Posiblemente sea debido a la ignorancia en materia simbólica y de proyección trascendental del presente de que adolece el firmante de estas líneas, que no alcanza a comprender la diferencia entre esta sorprendente acción conjunta de encerrar bajo llave el manuscrito de un poema de Neruda, realizada entre los vinateros españoles y el Instituto Cervantes a mayor gloria de la industria vitivinícola, con el engreimiento y la petulancia que significa la placa firmada de inauguración en la entrada de un hospital o la altanera infatuación de querer trascenderse mediante una caja llena de papeles en el cemento fresco de un edificio. Podría decirse que a todas esas acciones (algunas ostentosamente calificadas de “culturales” por sus artífices), las anima un único deseo de vanagloria. En efecto: vana-gloria. Queda la esperanza de que el deseable (y no muy seguro) crecimiento intelectivo de las próximas generaciones, pueda ir juzgando como se merecen, y poniendo en el lugar que les corresponde, estas demostraciones de petulante chabacanería y manifiesta insustancialidad que a muchos, hoy, avergüenzan.