Domingo, 8 de diciembre de 2019

El techo de cristal

Mi abuela me llevaba de la mano hasta aquel lugar en el que ella trabajaba. Debíamos caminar veinte calles y, cuando íbamos por la décima, yo, que en aquel tiempo tenía que dar tres o cuatro pasos por cada uno de los suyos, le preguntaba que si ya por fin íbamos a llegar. Ella me decía que ya casi, que primero una esquina y después la siguiente, poco a poco y paso a paso. Así llegábamos, sin que yo me diera cuenta del esfuerzo con mis pies de seisañera saltando en caballito, dichosa de estar en vacaciones del colegio, felices para empezar la mañana.

Mi abuela trabajaba en Creaciones Martica, una fábrica de ropa para niñas y niños. En el taller había cinco mujeres con sus hilos, sus telas, sus agujas, sus Singer, cada una de ellas cantando bajito para inspirarse. Yo las escuchaba hablar, a las cinco mujeres detrás de sus Singer, y hablaban de cómo mejoraba el negocio, de cuántas prendas habían sido vendidas, de cuánto dinero llevaban a casa pues, de su hogar, eran todas ellas la fuente de ingresos. Mi abuela había quedado viuda, con diez hijos, muchos años antes de que yo naciera. Para el momento de mi llegada al mundo, ella había dado de comer a los diez niños bordando, cosiendo, y no dependía de nadie ni de nada distinto de su propio esfuerzo. Con ese arrojo educó a mi madre, la genetista. También a la trabajadora social, a la delineante de arquitectura, a la enfermera. Mi madre y sus hermanas fueron a la universidad porque mi abuela les enseñó que una mujer debía, antes que ninguna otra cosa, saber cómo sacarse las propias castañas del fuego.

Mi abuela escribía en sus diarios todas las noches. Amaba poner la música y escribir las cosas de cada día. Y nunca olvidó el cumpleaños de ninguno de sus veintiséis nietos porque era una abuela de armas tomar, nos tenía a todos los niños marchando, por decirlo en metáfora, a todos los nietos haciendo bien hecho lo suyo, que era estudiar para ser más capaces. Sobre todo a las niñas. Porque ya había llegado la hora, decía, de romper ese techo de cristal. Dónde se ha visto, explicaba, que mis hijas deban ganar menos dinero que sus esposos, qué mundo injusto, qué mundo. Mi abuela leía y escribía para airear las ideas y para que en su mente no mandara nadie que no fuera su propia capacidad de raciocinio. Leía los periódicos por la mañana mientras tomaba el café y, a veces, ponía su carita de circunstancias, cuando las noticias le parecían terribles, pero era reservada con sus opiniones. Y estaba feliz cada vez que una señora trabajaba en política porque ya era hora de cambiar el mundo. Mi abuela era una mujer de su tiempo, adusta lo justo, que hablaba poco pero lo necesario. Y a veces decía, como invocando, que no más ese techo de cristal, porque una cosa era que una mujer decidiera dedicar su vida a hacer las oficios de la casa, por supuesto, pero otra muy distinta que no pudiera ser presidente si se le daba bien la organización de los países, ¿por qué no? Por eso ella estaba contenta cuando las señoras eran candidatas, pues, aunque perdieran, estaba segura de que traían un punto de vista desde donde mirar diferente.

Le gustaba leer los periódicos tomando el primer café del día, antes de pintarse un poquito los labios. De estar aquí todavía, en estos días habría visto el nuevo gabinete de ministras de España y me habría llamado por teléfono y me habría dicho que ahora sí, por fin, y que ya era hora. Que podían equivocarse, claro, como cualquier ser humano, porque nacer mujer no es nacer invulnerable a la caída en el error. Pero que, de todas formas, qué bueno que las niñas de hoy crecerían en un mundo con once ministras. Me habría dicho: «Catica, el techo está abierto, ahora estamos volando. Y a cada vuelo su propia responsabilidad». Me habría dicho que cuánto emociona verlas ahí siendo por fin mayoría. Me habría dicho: «cuando nací no podíamos votar, qué camino hemos hecho, no se te olvide». Primero una esquina y después la otra, qué camino hemos hecho, no se te olvide. Y yo buscaría en los periódicos la foto con once ministras, para recordarlo.

Roma, 15 de junio de 2018