Miércoles, 15 de agosto de 2018

Hágase tu voluntad

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“Me siento dispuesto a todo”, decía Juan XXIII. “Entro en los 80 años. ¿Los terminaré? Todos los días son buenos para nacer y para morir. Mi tranquilidad personal, que causa tanta impresión en el mundo, radica en esto: permanecer obediente, como lo he hecho siempre, y no desear o pedir vivir más allá del momento o la edad en que eso deba suceder. Espero a mi hermana la muerte  y la  acogeré sencilla y alegremente, en las circunstancias que el Señor desee enviármela”.

Es bueno hacernos amigos de Dios y aceptar, de buena gana,  lo que la vida nos depara en cada momento. Hacer la voluntad de Dios es querer lo que él quiere. Al que cumple la voluntad de Dios todo le sale bien, no pierde la calma. Juan XXIII tenía fama de no preocuparse por nada y no lograba que nadie ni nada pudiera robarle el sueño. Él conocía el secreto.

Aceptar la voluntad de Dios. Las diversas manifestaciones de la voluntad divina: elección, evocación, liberación, promesas, castigos, salvación… Aquí hay que mostrar cómo la voluntad de Dios, que se cumple en el cielo, debe cumplirse también en la tierra.

Jesús, el justo por excelencia, viene al mundo para hacer la voluntad de  Dios (Hb 10, 7-9). Jesús cumple la voluntad de su Padre. En el cuarto Evangelio no habla Jesús de la voluntad de su Padre (como en Mateo), sino de la voluntad “del que me ha enviado”. Esta voluntad de Dios constituye una misión. Jesús se alimenta de ella (Jn 4, 34); no busca otra cosa, pues hace todo lo que agrada a aquel que le ha enviado. Ahora bien, esta voluntad es que a todos los que vienen a él, oigan su voz. La obediencia del Hijo es comunión de voluntad con el Padre (15, 10).

            ¿Cuál es la voluntad de Dios? El mismo Jesús afirma que su voluntad es “que no se pierda ni uno de los más pequeños” (Mt 18, 14). Se puede entender esta petición en el sentido de que la voluntad de Dios es que todos se salven, según las conocidas palabras de Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 4). Es voluntad del Padre que todos sean amados. Es voluntad del Padre que la revelación de Cristo sea “ocultada a sabios y entendidos y manifestada a gente sencilla” (Lc 10, 14

       Los que cumplen la voluntad del Padre forman parte de la familia de Dios. “El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3, 35). Cumplir la voluntad de Dios se consigue en la medida que dejamos que el Espíritu Santo cambie nuestros corazones. Así iremos adquiriendo los “mismos sentimientos” de Jesús (Flp 2, 5), sentimientos de amor para con Dios y los hermanos.  La voluntad de Dios es amor y exige que yo ame a la persona con la que convivo y me rozo.

Una de tantas razones por las que no nos entregamos a la voluntad de Dios y no nos abandonamos en sus manos, es porque queremos tener el control de nuestra vida. Abandonarse en las manos de Dios es tener la certeza de que cualquier contrariedad que podamos sufrir ha sido prevista por nuestro Padre Dios. La consecuencia inmediata del abandono es la paz y la alegría en todas las circunstancias, porque, aunque en ocasiones no lo entendamos, Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, aunque lo que nos pase, aparentemente, no sea un bien para nosotros.

Lo que él hace, es lo que yo amo”, afirmaba santa Teresa de Lisieux.

Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene, dirá Teresa de Jesús y  toda la pretensión  de quien comienza oración ha de ser trabajar y determinarse y disponerse para conformar su voluntad con la de Dios y, no en que el Señor haga la nuestra. Teresa resume el cumplir la voluntad de Dios en este lema “Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”