Miércoles, 15 de agosto de 2018

Un paisito bárbaro

Uruguay no parece un país americano. Su otoño, tan austral, es más propio de cualquier región centroeuropea, como las gentes que agarran el ómnibus en las calles de Montevideo, como las personas que caminan por sus veredas cubiertas de hojas.

La oleada de inmigrantes que vivieron a principios del siglo XX les ha dejado en herencia una interesante mezcla de europeos que hablan con acento porteño, voseando, y acabando cada frase con un “ta” que equivale a nuestro “vale”. Los uruguayos tienen apellidos italianos, franceses, checos, balcánicos, españoles y eslavos. Y si vas paseando hasta Punta Gorda para contemplar uno de los más espectaculares atardeceres del mundo, la gente con la que te “cruzás” es la misma con la que te podrías cruzar en Bruselas. Ya digo. Ni Uruguay parece América, ni el Mar de Plata parece un río.

Una semana estuve trabajando en Montevideo. Apenas si me dio tiempo a tomar un café en la Plaza de la Independencia. Los precios, astronómicos. La gente, amabilísima. Llegué a la Ciudad Vieja paseando por la peatonal Sarandí donde encontré una de esas librerías espectaculares en la que venden de todo menos libros. De las que se han quedado para el turista olvidándose del lector. Por la noche atravesé el parque Rodó hasta alcanzar una de las múltiples playas urbanas que jalonan sus 30 kilómetros de Rambla. Y me sorprendieron varias cosas. Por una parte la iluminación. En principio me pareció escasa, luego me di cuenta de que era más que suficiente. Por otro lado, la cantidad de gente que había haciendo deporte: corriendo, caminando, en bicicleta, patinando… y muchas mujeres solas. De noche. Con esa iluminación. Y es que Uruguay es uno de los países más seguros de América y, también, uno de los que más deportistas profesionales tiene por habitante. El fútbol, de hecho, es la religión de un país oficialmente laico desde hace más de un siglo. Coincidió mi estancia con el final del campeonato nacional. Ese día me desplacé diez kilómetros al este de Montevideo hacia Camino Maldonado y me sorprendió la cantidad de gente con camisetas, bufandas y banderas de los diferentes equipos de la capital. Y no hablo sólo de Peñarol y Nacional, no. También había de Wanderers, Cerro, Danubio o Defensor Sporting, entre otros. La mayoría de los clubes de primera división tienen su sede en Montevideo, donde viven dos de cada tres uruguayos.

Junto al liceo que lleva el nombre de Mario Benedetti, en el predio de la iglesia de la Trinidad, me encontré con un grupo scout. Entablé conversación con los educadores y, al despedirme, uno de ellos se arrancó el escudo uruguayo de la camisa y me pidió que lo aceptara como recuerdo del país. Nos hicimos una foto y nos dimos un gran abrazo.

“Llene su vacío de cosas” leí en una pared desconchada del centro de la ciudad. Y me pareció que resumía muy bien el modo de vida de los uruguayos. Un pueblo práctico con las cosas y contemplativo con las personas. Su modo de saludarse dice mucho de ellos. Allí sólo se dan un beso. Uno. Pero lo hacen cada vez que se saludan. Sin diferencias entre hombres y mujeres. Un beso. Y esto ya dice mucho -y bueno- de todos ellos.

En una semana apenas tuve tiempo para disfrutar de sus maravillas naturales, pero sí que me sorprendió encontrarme con familias de “hurgadores” en un asentamiento chabolista junto a un arroyo infecto y que unos y otros me hablasen con un respeto, una cultura y un nivel de conversación que no es habitual en estos lugares. También me sorprendió el compromiso de los creyentes, aunque esto tiene su explicación. Uruguay es un país laico desde hace más de cien años. Aquí no hay, como en España, cristianos ambientales o sociales. Aquí el que cree, practica. Y se implica. Y lo hacen comprometiendo su vida entera.

Uruguay es mucho más que mate, torta frita y mi selección favorita para el mundial. Uruguay es uno de los países que mejor distribuidas tiene las riquezas. Los ricos y los pobres suponen, respectivamente, un diez por ciento. El 80 por ciento restante es clase media. Muchos autónomos, profesionales liberales y funcionarios. Aunque los salarios son bajos y los precios altos, lo que empuja al pluriempleo. Aún así el porcentaje de parados es la mitad que el de España.

A mis compañeros no les acabó de convencer Montevideo. A mí me pareció un lugar maravilloso para retirarse. Por su otoño. Por sus puestas de sol. Por su carácter práctico para las más de las cosas, por su marcada herencia europea y, sobre todo, por la educación de los uruguayos y el respeto reverencial hacia el ser humano y todo lo que eso conlleva. Porque la persona, en este paisito bárbaro, es lo primero.