Jueves, 13 de diciembre de 2018

Saltimbanquis y bailarines

“Los políticos consideran saltimbanquis a los bailarines”. La frase, del director Nacho Duato, que él encuadra y remite al mundo de la danza, revienta de inmediato las costuras de su disciplina artística y se convierte en descriptiva de la gran tragedia de cualquier artista creador en cuanto a su relación con la clase política de este país: “Los políticos consideran saltimbanquis a los bailarines”. En efecto, y titiriteros a los actores (hasta anteayer, putas y maricones), y tontos soñadores juntaversos improductivos a los poetas y charlatanes de feria inútiles a los filósofos y pintamonas garabateadores a los pintores y... cualquier calificación despectiva que se ha impuesto entre la clase política (y gestora de los fondos públicos) en su relación con los creadores en general y, muy en particular, con los artistas que someten su obra a la consideración pública.

En principio, y conocida la ínfima altura intelectual, y por tanto cultural, de la clase política de este país (salvo escasísimas excepciones), no debería extrañar la supina ignorancia que emana de  los calificativos que estos corbatones mitineros hacen de los artistas, aunque el desprecio que denotan sus epítetos indique algo mucho más inquietante que la simpleza mental de unos cientos de bocazas, y es la profunda desconsideración que albergan los gestores políticos para cada disciplina artística y creativa, y para sus autores y, por tanto, la desatención, el desprecio, el ninguneo y la displicencia con que tratan, gestionan y descuidan la Cultura.

Desde los más altos peldaños de la gestión cultural pública hasta los primeros escalones de la pirámide de cargos, directivos, jefes y jefecillos, puestos, responsables, auxiliares, técnicos, correveidiles y asistentes que pueblan los serpenteantes pasillos de la burocracia de la cultura oficial, los creadores auténticos de este país (y de otros), han de enfrentar la difusión pública de su trabajo, sus proyectos y propuestas, más que con análisis, contraste o crítica objetiva y fundada de su valor artístico o posibilidad de difusión, con cribas personales, filtros costumbristas, tapias arbitrarias, caprichos personales, envidias, vetos, manos negras, gustos capciosos, noes porque sí, síes porque no y obstáculos de todo tipo que nada tienen que ver ni con la subjetiva siempre calidad del trabajo o proyecto y mucho menos con opiniones razonadas (y razonables) que dialoguen, discutan, acuerden, nieguen o afirmen con fundamento la oportunidad, adecuación, sentido o pertinencia de la difusión que solicitan.

Así, desde hace décadas el nivel de los llamados “actos culturales” de este país, sobre todo los auspiciados por los poderes públicos (aunque no solo), ha experimentado un descenso de su nivel de competencia artística y su calidad objetiva que, al calor de la chabacanería de ciertas programaciones y la imparable sensación de “todo vale” que la haragana molicie burocrática ha extendido, ha hecho aflorar una pléyade de embaucadores escénicos, legiones enteras de mediocres seudoartistas que, apoyados en el deslumbramiento tecnológico o el cutre esnobismo de una ininteligible exquisitez, y al calor de la ignorancia de los responsables públicos y la deseducación cultural de varias generaciones de botelloneros, han ido copando y ocupando tanto los presupuestos culturales como los espacios, negando, estorbando e impidiendo la cultura más talentosa. Adaptaciones escénicas de imposible digestión, películas directamente estúpidas, instalaciones museísticas de vergüenza ajena, edición de chorradas sin paliativo, conciertos de mediocres trompeteros, recitales de la necedad en verso y en prosa, conferencias de bobos, parasitadores de viejas glorias, homenajeadores de todo, tributadores de interminables genuflexiones a los mitos del lugar, mimitos públicos, mentecateces, fantochadas, majadería y memez a espuertas, pueblan hoy los programas “culturales” de ciudades y pueblos, confunden lo artístico con lo ruidoso y el colorín, deseducan, hacen retroceder la ya escasa reflexión crítica, malcrean gustos y abaratan expectativas, en una palmaria demostración de que, con todo lo que significa, realmente ‘los políticos consideran saltimbanquis a los bailarines’.