Sábado, 14 de diciembre de 2019

En la Iglesia y en el mundo

El laico cristiano es alguien que se ha encontrado con Jesús resucitado y ha fundamentado el sentido de su vida en Jesús, y Jesús es la fuente de su corazón y de su actuar.

Javier Garrido, La hora del laicado cristiano

Lo que es característico del laicado es su participación en el mundo con la intención de llevar el orden secular a un plano de conformidad con el plan de Dios. Sin embargo, por su incorporación bautismal en el Cuerpo de la Iglesia, los laicos están también equipados con dones y gracias para edificar la Iglesia desde dentro, en cooperación con la jerarquía y bajo su dirección.

Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Colaboradores en la viña del Señor

La misión de la Iglesia no pertenece solo al cura o al obispo, es de todos los creyentes. El fuerte clericalismo incrustado a fuego en muchos sectores eclesiales, hacen del laico un mero receptor de la palabra o bien un eco repetidor de las ideas o parámetros del sacerdote de turno. Pero el laicado tiene su propia identidad por el hecho de pertenecer y ser parte del pueblo de Dios, consagrado en su bautismo y confirmación para vivir su existencia cristiana en los espacios del mundo en los que está presente. El Concilio Vaticano II, afirmó con rotundidad que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el pueblo de Dios (Lumen gentium, 9-14), no puede ser secuestrada por unos pocos elegidos o iluminados, sacerdotes y laicos estamos llamados a una misión compartida.

El Papa Francisco habla muchas veces de lo que denomina “patología del poder eclesial”, una forma de entender la vocación sacerdotal y religiosa muy alejada de Jesús. Esa idea está presente en muchos que son llamados al sacerdocio, conciben que Dios los separa del mundo para otorgarles un grado superior respecto a los otros miembros de la Iglesia. Este clericalismo está muy extendido por las comunidades parroquiales y alientan estilos de vida solo centrados en el clero y a veces muy alejados de la buena noticia liberadora de Jesús. Es un círculo de poder exclusivista, bloquea la presencia real de los laicos en medio de la Iglesia y del mundo, fomentando un narcisismo eclesial que se hace presente en toda la acción pastoral.  

La acción ministerial de los laicos en medio de la Iglesia del siglo XXI, se hace tan necesaria como la de los pastores y sacerdotes. En muchas parroquias mujeres y hombres colaboran con sus párrocos en acciones y ministerios que no requieren ordenación sacramental, su fundamento ministerial está en su Bautismo, Confirmación o Sacramento del Matrimonio, como partícipes con Cristo sacerdote, profeta y rey, tomando conciencia de su propia responsabilidad activa en la vida de la Iglesia. Esto concuerda en su plenitud con la idea del Concilio Vaticano II y con la visión y desafío del laicado de los últimos papas de cara al siglo XXI, sobre todo de Francisco.

La Asamblea Diocesana de Salamanca, celebrada hace dos años y que se está poniendo en marcha, renovando la acción espiritual, pastoral y estructural,  apuesta valientemente por el trabajo colegiado entre sacerdotes, religiosos y laicos. "Prefiero una Iglesia manchada por salir a la calle, antes que una enferma por el encierro y la comodidad" (EG 49), nos recordaba Francisco. Nuestra Diócesis de Salamanca, nos invitaba a un “tiempo de soñar” una Iglesia renovada, más centrada en el Señor y en su misión (OAD, 1.2). Pero también, a construir nuevas estructuras, personales e institucionales atentas a “los signos de los tiempos” por las que pase el Señor y llegue a todos (OAD, 1.3). En su tercera de las “Orientaciones de la Asamblea Diocesana”, afirmaba que había que “fortalecer la comunión entre todo el pueblo de Dios”, buscando siempre estructuras que fomenten la corresponsabilidad para la misión, para vivir la comunión entre sacerdotes, laicos y religiosos (OAD, 3.3).

El propio Papa Francisco insiste con palabras y gestos: “No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada por una maraña de obsesiones y procedimientos” (EG, 49), por ello las estructuras deben responder a una Iglesia misionera y en salida, acogiendo y dando protagonismo a los más pobres. (OAD, 3.3). Es una misión compartida, en la que todos somos llamados y todos somos responsables, para anunciar y hacer presente en nuestro mundo el amor a todos los hombres, pero con una mística de “ojos abiertos” atentos a los que más sufren.

Para ello, es muy importante y necesario, más allá de los cantos y la liturgia, la acción ministerial y la participación real de los laicos en los Consejos Pastorales de Parroquias y de las Unidades Pastorales, elemento fundamental para una acción pastoral colegiada y corresponsable. Lugar donde se toman las principales decisiones y espacio fundamental de participación comunitaria y eclesial.

No menos importante, la creación de Consejos Arciprestales realmente colegiados (ahora no lo son) de sacerdotes, religiosos y laicos. Son fundamentales estos espacios intermedios entre la Parroquia y la Diócesis con planes de actuación y coordinación de una pastoral en conexión con los objetivos y acciones diocesanos. En ellos se deberá desplegar un sentido de comunión, fraternidad, aliento común y misión compartida, con un reparto real de responsabilidades y de donde salgan los representantes del Consejo Pastoral Diocesano. Esperemos que el próximo curso, más allá de individualismo y protagonismos clericales (que son muchos), se pongan en marcha en nuestra Diócesis estos organismos necesarios para una Iglesia en misión y salida de cara a los próximos años.

El ministerio pastoral del laico es, indispensable y muy importante en la Iglesia, pero no es suficiente. Es de la comunidad de donde parte todo y da sentido a la acción laical en el mundo, sin ella no hay laico en el mundo. Con lo que será también muy necesario y urgente consagrar otras tantas energías a inscribir el Evangelio en el corazón de la sociedad, tanto en sus dinamismos como en los nuevos sectores de sus contradicciones. En una Iglesia en salida, el laico que se nutre de la acción pastoral de su comunidad en corresponsabilidad, se hace presente en medio de la ciudad.

Uno de los lugares privilegiados de presencia del laico será medio de los más necesitados. Nuestras sociedades de la trasparencia, no por falta de información, sino por el exceso, el individuo encerrado en los medios virtuales, está ajenos a todo sufrimiento que no sea el suyo. El laico debe hacer suya una “mística de ojos abiertos”, atenta y responsable ante el sufrimiento, sin oscurecen la realidad doliente de los más pobres, desempleados, ancianos, toxicómanos, alcohólicos, refugiados, inmigrantes, vagabundos, etc. Intentar hacer de los espacios en los que está presente un mundo habitable, donde el espíritu evangélico  que promueva se abra sin concesiones a la solidaridad y la justicia.

Salir de los lugares sagrados, huyendo de una religiosidad estética y tranquizadora,  refugio del vacío existencial y de la búsqueda de la salvación personal y narcisista. Solo mezclándose con las personas de los amplios espacios de la ciudad y en medio de la realidad sufriente, con la voluntad de servir, el laico se puede con Jesús, con el Dios vivo y verdadero. Desde la cotidianidad del trabajo, y movidos solo por el amor, ser portadores de una “cultura de la gratuidad”. Junto a esta realidad prioritaria está también su presencia en la familia, en el trabajo, la cultura, la política, etc. El gran reto de ser laico hoy, es recuperar el verdadero proyecto de Jesús y es estar comprometido con el mundo, en comunión fraterna, en misión y en salida.