Domingo, 19 de agosto de 2018

Convivir con las cámaras

El futuro está llegando más pronto de lo que creíamos. Cada día va a ser más difícil la originalidad. Adivinen cuanto tiempo tardará en extenderse ese ingenio chino, en forma de gafas, conectado a un centro de datos, con las que un detective o un policía de paisano podrá pasearse por la calle y reconocer la cara de cualquier individuo que tenga deudas con la justicia.

Un occidental dirá que es lógico, puesto que siendo todos tan parecidos, eso es un invento chino para distinguirlos. Fuera bromas sin ánimo de molestar, hay quien piensa que esos inventos nacen con otra perversa intención: localizar y detener a la disidencia.

Pero no todo es tan agudo, también son inventos para nuestra seguridad. Una realidad a la que ya nos deberíamos ir acostumbrando. Ver y sentir una cámara en cada esquina paradójicamente nos hará más libres y los amantes de lo ajeno o de la criminal violencia contra la mujer cada vez lo tendrán más complicado.

Pero aparte lo dicho, es decir, unos auténticos vigías en el exterior, también existen multitud de ingenios con insospechadas apariencias para situarlos en el interior de establecimientos y que los puede comprar cualquiera sin ningún tipo de restricción, aunque aún seamos recelosos y la respuesta sea aquella tan tradicional de “¿qué dices? ¡eso se venderá en el extranjero!”.

No, amigo, yo le propongo salir de casa con los mismos ojos de detective con los que viajamos allende nuestras fronteras y, con la curiosidad despierta, nos daremos cuenta de que esos objetos que allá lejos tanto nos embelesan, también los podemos apreciar en alguno de nuestros escaparates cercanos.

A mí me sucedió días atrás en una calle céntrica de nuestra ciudad, donde un letrero me llamó la atención como “tienda de espías” o algo parecido. ¿Cómo?, yo creía que esto era algo muy restringido y solo para profesionales. Me acerco a ella con ánimo de curiosear y comento el escaparate con la persona que me acompaña: “Esto supera en imaginación a George Orwell”.

Para quien en estos momentos no lo recuerde, me refiero al gurú de las profecías de “1984”, aquella novela que relataba cómo en el futuro seríamos gobernados por un gran hermano que vigilaría cada movimiento de nuestra vida. Creo que ahora se sentiría ridículo ante lo que ven nuestros ojos: todo, por pequeño que sea o por insospechado que parezca -un cuadro, un plato, una flor, un juguete-, digo todo, absolutamente todo, puede ser susceptible de enmascarar en su interior un vídeo o un audio, con la posibilidad de ser objetos que los puede adquirir cualquiera.

Es uno de esos escaparates que si los viéramos en Amsterdam o Copenhague, por ejemplo, nos daría por pensar que sería imposible comprar estos artículos en Salamanca. ¡Qué equivocados estamos! A veces no percibimos que nuestra ciudad, castiza por su monumentalidad e historia, también puede ser muy moderna en sus servicios.

Nos invitan a pasar al interior del establecimiento y a pesar de dejar claro que solo nos ha movido la curiosidad de lo que ofrecen, sin ningún compromiso de compra, nos atienden con total amabilidad y nos explican que, llegada la edad de los despistes, sería muy necesario el control de un anciano con uno de esos artículos sin que éste pierda libertad, o velar el sueño de un niño o de un enfermo, todo con la máxima discreción.

Y para otros asuntos, como la detección de infidelidades (casos típicos para detectives), desconfianzas y todo tipo de asuntos domésticos y no tan domésticos existen hasta inocentes figuras de papas que encierran en su interior al mismísimo “diablo”.

Agradecidos de las amables explicaciones por boca de su dueño, que legítimamente posee otras tiendas en distintos lugares del país, en sus palabras estos artilugios se fabrican para buen fin y la limitación la determinará la acción del comprador, es decir, si esta es o no jurídicamente correcta.

Salimos de allí agradecidos por la atención, pero recordando al clásico: “Hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad”.