Domingo, 19 de agosto de 2018

Mis catedrales

     Bueno, está mal expresado, porque catedral viene de cátedra, es decir, silla, asiento. La silla donde se sienta el obispo diocesano y desde la que predica, aunque a veces lo hace de pie, como cualquier cura de pueblo. En este sentido la catedral no es “mía”. Pero ‘catedral’ puede tener otro sentido, no tan técnico, no tan eclesiológico, más afectivo y de andar por casa. Y así, suelo pensar que he tenido la dicha de estar en muchas ‘catedrales’, lugares en los que me parecía que la presencia de Dios era más patente. No sé, serán cosas de la imaginación, “la loca de la casa” como la llamaba Santa Teresa, que no tenía un pelo de tonta; o cosas de mi memoria espiritual histórica y ya se sabe que la memoria histórica depende del sujeto en que esta se sujete.

     En mi memoria espiritual hay alguna ‘catedral’ interesante. Por ejemplo, los robles de la Legoriza, en San Martín del Castañar, que a modo de altas y torturadas columnas sostenían un cielo plagado de estrellas que fueron testigos del momento de mi decisión de pedir el ingreso en el Seminario hace taitantos años. Las catedrales suelen ser tan grandes que, aunque estén llenas de gente, siempre pueden permitir un refugio de soledad sonora de alto voltaje espiritual.

     Otro momento catedralicio lo viví celebrando la Eucaristía un Día de Padres en el Campamento del Grupo Scout “San Pablo”, en alguna finca de algún pueblo de montaña de no recuerdo qué provincia castellanoleonesa: llovía tanto que nos vimos obligados a refugiarnos, para celebrar la misa, en el Comedor del campamento; cubierto por una gran lona atada a los árboles y pensada para proteger del sol, cumplió dignamente su improvisada función de paraguas general. Pero algún hueco dejó al descubierto y justamente por ese hueco, en el momento de la consagración del vino, en medio de la negrura de la tormenta, entró un rayo de sol deslumbrador que iluminó justamente la mesa que ejercía de altar de fortuna. Había unas cien personas, entre padres adultos, jóvenes educadores, niños y adolescentes que, por lo general eran bastante bulliciosos, también en misa. Fue entrar el rayo de sol y hacerse instantáneamente un silencio de catedral.

     También recuerdo una misa de campaña que tuvo que ser necesariamente breve porque estábamos a pleno sol, sin refugio alguno contra sus rayos ultravioletas, en el Circo de Gredos, muy cerca de la Laguna. Allí no había columnas que se elevasen para sostener la bóveda celeste -intensamente azul a condición de no mirar en la dirección del Sol- apoyada en los macizos de granito que nos rodeaban por los cuatro puntos cardinales. Recuerdo que al día siguiente tuve unas décimas de fiebre, tal vez fueran consecuencia del chute espiritual, aunque yo me empeño en pensar que fue producto de una alianza táctica entre los ultravioleta y una gorra demasiado exigua.

     Ahora, a la vejez viruelas, estoy acudiendo cada domingo a rezar la Liturgia de las Horas, sobre todo las Laudes, a nuestras catedrales, en verano en la Nueva y en invierno en la Vieja. De momento me ha dado por pensar que es como si un gigantesco arado de vertedera hubiera dado la vuelta a gran parte del subsuelo de Villamayor de modo que ahora la piedra levanta muros y columnas, traza nervaduras de bóvedas, provoca espacios sonoros y filtra convenientemente la luz solar mediante amplios ventanales y vidrieras para crear una atmósfera espiritual, ayudados por la música de órgano, para alabar al Señor, sentado a la derecha de Dios en lo alto del cielo, más allá de la veleta de la torre catedralicia, pero que tiene Cuerpo, la Iglesia. Cierto es que “donde dos o más estén reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (cf. Mateo 18, 20 ) y es también cierto que los canónigos somos “dos o más”, pero echo en falta la presencia de “más cuerpo”, el resto del Cuerpo de la Iglesia, los laicos –los curas lo tenemos más difícil los domingos- pues ayer, en el rezo de laudes, solo nos acompañaban Carmen, en primera fila, y tres o cinco turistas en lontananza. La catedral, nuestras catedrales, tienen vocación de llegar a ser como el Salón de estar de nuestra casa común. Bien es verdad que es un salón un tanto frío, pero para el tiempo que vamos, se agradece. Y, para el invierno todos los salmantinos tenemos buenos abrigos y gorros en nuestro fondo de armario. ¿Se enfadará Dios si nos ve rezar con gorro? Me da que no. “Salamanca, nueve meses de invierno y tres de infierno”. Como dirían nuestros amigos andaluces, “en invierno también hay Dios”.