Domingo, 19 de agosto de 2018

Te echamos tanto de menos

Nadie dijo nada. O lo dijo de pasada y a cuenta de otras cuestiones que, en realidad, ni iban ni venían; era una más de las cosas que iban sumando, que ya habían sumado hacía más o menos doce años, por esas mismas tierras del sur, cuando estábamos todos, o casi todos, con ella. Sin duda los que podíamos, con las bromas, con las risas, con algunas reflexiones críticas que nos podíamos permitir en la cercanía...

Nos acordamos, por ejemplo, cuando la broma del bingo. Resulta que esta vez el hotel tenía bingo, y con ella alguna vez nos habíamos metido en uno un rato, aprovechando el esparcimiento después de una jornada casi extenuante. Por ese entonces estábamos en edad de no perdernos una ponencia, ni una comunicación. De todo podíamos sacar iluminación para nuestra obtusa tesis doctoral. Pasar por el bingo era pues obligado ahora; aunque también lo era, como antaño, que los mayores se retiraran a hora prudente. Cada cosa la supimos hacer como cosa coordinada y ella estaba en las dos opciones.

También, por supuesto, a la hora puntual del desayuno. Cuando en el momento señalado aparecíamos todos. Si había mesa redonda mejor, aunque no cupiéramos. Siempre había mesas al lado. Sucursales de esos debates inverosímiles que, a las ocho de la mañana y con la pestaña a medio abrir, todos seguíamos con el mayor interés, aunque no con igual capacidad, ni desenvoltura. Como aquel día en que nos dio por hablar de política.

O a la hora de los viajes, en que tal como inmigrantes rumanos llevábamos de vuelta las actas del congreso, libros de la Costa del Sol, aceites de olivas diversas, y más cosas que por ahí andarán, en algún estante o en cualquier cajón. El maletero no daba más de sí. Y tampoco el coche, en el que recorríamos kilómetros y kilómetros para atravesar La Mancha o Extremadura -lo mismo nos daba-, y parar en cualquier venta a por algo reconfortante y seguir comentando jugadas, con cierta sana e ingenua malicia. Y vuelta a la posición de copiloto, en la que se la veía tranquila y risueña. Contenta de tener un grupo de jóvenes alrededor, que iban mejorando poco a poco como el vino.

Era así como ella sumaba. Con cariño y delicadeza. Con generosidad fuera de límites. Hablando todo el camino. Era imposible aburrirnos. Algún rato alguien, sentado atrás y con sueño pendiente, echaba una cabezadita de unos cien kilómetros, procurando no cerrar demasiado los oídos, por lo que se iba contando. Batallitas de generaciones pasadas, causas de enemistades persistentes, que ya son de otro siglo.

Y, desde luego, cada uno de su padre y de su madre, con la cercanía que ella propiciaba, nos hacía presentes tantas cosas, que todavía están y que sólo se irán del todo cuando nos vayamos nosotros mismos. Cada uno diferente y complementario, y ella lo sabía. “No somos ninguno perfecto, ni tu misma”, le recordaba yo en alguna conversación extensa, redundando en lo que conocía ella de sobra. Y le gustaba esa variedad que sigue estando y que nos enriquece.

Algunos dirán que esta vez ella no estaba, pero para el caso de que fuera necesario yo mismo sería capaz de jurar solemnemente que esa no es la auténtica verdad.