Martes, 21 de agosto de 2018

Los libros. Esta carta de amor

Te llamabas Zoro y tenías olor a hojas recién amasadas, yo metía mi nariz en ti como si no hubiera otra manera de tener lo más puro del aire, como si solo se pudiera vivir al respirarte. Habías llegado a casa de puntillas, un día te encontré allí sobre la mesa de noche de mi madre, entreabierto en susurro, y al verme pasar, pequeña y tan curiosa, me llamaste, ¿lo recuerdas? Vestías de blanco con dibujo estampado en el centro y el dibujo era el de un niño con el pelo muy rizado lleno de arabescos, de flores, y entonces me dijiste mira, me parezco a ti, ábreme. Te rocé apenas temiendo, ya desde entonces, el vértigo de la caída en el amor o, en todo caso, en aquello que se hunde en nosotros con esa intensidad de pétalo tan dulce y tan agudo, tan imposible de olvidar. Y supe. Y entendí que estaba sabiendo pues sentí aquellos temblores de la flor de hierbaluisa, un dibujo de relámpago en la sima de la espalda llenándome de nervaduras todo el cuerpo hasta las yemas, rozándote. Te solté de repente cuando mi madre entró en su habitación y me dijo qué haces como si fueras prohibido, tuve miedo, dije nada mamá y entonces ella abrió, de extremo a extremo, su sonrisa de dar regalos y me dijo ay no, lo encontraste antes de envolverlo es para ti, lo acabo de comprar. Te llamabas Zoro y aterrizaste en mí, igual que el Principito en un planeta nuevo, llegaste lleno de semillas para empezar a poblarme.

Entonces fuiste mi primer algo mío, mi primera conciencia de saberme dueña y poseída por ti. Te abrí. Me abriste. Te llevé, en adelante, a todas partes, perseguí cada una de tus líneas, pregunté a mi padre qué significaban tus dibujos las palabras que decías, algunas eran difíciles, hundí los dedos en la tierra de tu historia, la del niño que vivía en aquella selva y era amigo de los pájaros. Es hora de dormir, decía mi madre, pero yo nunca quería despegarme de ti y te escondía debajo de la almohada para que ella no te viera, para poner mis manos cerca de tu pulpa y para estar segura, así, de que nada ni nadie podría separarnos.

Eras la historia de un niño que caminaba descalzo. Cada día me contabas su aventura, eras un olor con sus raíces, una vez quise saber a qué sabías y me atreví a probar, con la lengua, tu textura de papel reciclado, era un sabor a semilla de café, un sabor con aspereza pero dulce, un sabor vegetal con sus tigres y sus copas de árbol en la historia que yo descubría, en ti, diciendo en voz alta el sonido de una letra al lado de la otra con toda mi lectura todavía por estrenar, por recorrer, recién nacida, qué dice aquí, mamá, que no entiendo esta palabra, jungla, decía, el niño vive en su casita de la jungla y yo repetía la ene con la ge con la ele, asistiendo al milagro del ritmo de la ene cuando baila con la ge, leía, y te metía debajo de mi almohada para estar segurísima de que al día siguiente seguirías bailando conmigo.

Te llamabas Zoro y eras todo mío y yo era toda tuya, eras, así, mi primer atisbo del milagro, Zoro, mi primer libro, y estabas tan perfecto con tus ilustraciones.

Te amé porque temblaba de emoción cuando pasaba tus páginas, cuando sentía voraz el hambre de saber qué seguirá, qué pasará con Zoro, con qué pájaros aprenderá a defenderse, temblaba en el vértice de mi fiebre de descubrimientos, esta palabra tiene lluvia, una ele al lado de otra ele hacen la lluvia, ¿ves? La ele es un palito de agua y si son dos entonces llueve, temblaba, con el mismo temblor con el que ahora, tantos años después, me acerco a otros, buscándote. Los libros. Esta carta de amor.

Ahora soy esa mujer. La que entra en una librería con los ojos cerrados y aspira como quien inhala vapores de oro, soy. Quien recorre esta semana las casetas de la Feria del Libro en la Plaza Mayor de Salamanca y acaricia, uno a uno, cada lomo.  Este libro, esta página, esta historia, este olor, este poema, este grito, esta vida los libros, este ritual que consiste en abrirlo a él, a tu libro recién adquirido, para dejar que él te abra. Porque es él, tu libro, el que te escoge. Llega a ti, te cae entre las manos, se te agarra del corazón hasta que entras, sus laberintos, lo recorres, el libro pasa por ti y te atraviesa, lo cruzas y, cuando lo cierras, ya no eres más el mismo sino otro, más amplia más completo, pues por acción de la lectura tendrás la vida mejor vivida y los ojos más abiertos. Algunos son brújulas (ven a la Feria para buscar la tuya) y otros son linternas (ven a la Feria para encontrar la que te guste), todos encienden algo, los bebo los devoro. En todos estoy buscando a mi primer amor, esa cuña de sol cuando se cuela el día y te deja limpita la sombra, la diluye.

Ahora, porque ya soy grande, voy ocultando la emoción de mis manos adultas que todavía tiemblan cuando pasan por un libro y perciben el flechazo. Llegad hasta la Feria Municipal del Libro en Salamanca, venid a enamoraros, te quiero tanto todavía tú me amplías, tú me enciendes, tú me abres.

Nota: el libro mencionado aquí, Zoro, es un relato del escritor colombiano Jairo Aníbal Niño y fue el primer libro que leí completo, a los cinco años de altura, cuando acababa de descubrir que las letras estaban preñadas de mundos y no podía creer que aquella magia fuera posible. La rosa estaba en la palabra rosa. Aún no me sobrepongo al temblor de ese misterio.

Salamanca, 11 de mayo de 2018