Lunes, 20 de agosto de 2018

Antiguos alumnos

 

Cuando estas líneas vean la luz estaré reunido con algunos compañeros de la facultad, un grupo mucho más pequeño del que me habría gustado, pero entretenidos y felices que de eso se trataba. Andaremos inmersos en pleno plan alternativo al que nos propuso la Universidad, nuestra Universidad de Salamanca, consistente en alguna especie de presentación relativa a su VIIIº centenario, una foto de familia y un cóctel. Todo ello, reducido a la mañana de este sábado 26 de mayo y al inmódico precio de 45 euros. Desconozco la respuesta. En el último correo que me enviaron informaban de que eran muchas las peticiones de inscripción, por lo que ampliaban el plazo.

 

Me sirve como excusa para divagar sobre lo que la Universidad representa no en la vida social y cultural, ni en la economía de la ciudad, ni en la oferta turística, ni en el prestigio de la marca “Salamanca”, sino en el momento presente de los que hemos pasado por ella y, quizá, ella por nosotros, aunque sea un poco.  Este VIIIº centenario, que debería haber tenido una relevancia nacional mucho mayor, si es que se conviene en que la Universidad debe ser un motor de la sociedad, ejemplo de trasparencia y estimuladora del esfuerzo y de la brillantez intelectual  (¡mucho pido!), tampoco ha impactado con fuerza en sus antiguos alumnos, aparezcan más o menos caras en las fotos de promoción que se tomen esta mañana.

 

Si no lo han hecho los fastos, me atrevo a asegurar que sí lo hicieron aquellos años, cercanos o lejanos, en los que ganamos amigos, atesoramos conocimientos (algunos perdidos según entregamos el examen) y coleccionamos vivencias. Esa huella permanece e influye. El recuerdo puede ser bueno, malo, borroso… apenas los habrá de indiferencia. Entrar años después en tu facultad siempre es un ejercicio de nostalgia y de puesta a prueba. Hace tiempo que no entro en la mía, pero la última vez olía igual. Olía a facultad de Medicina. Era su olor, como el que tienen todas las casas. El que captamos hasta los faltos de olfato. Y el aroma me devolvió a una mañana de octubre y de estreno, y de vértigo, y de asombro… Me trajo nombres, muchos nombres. Las prácticas con González Aguado, Rocío y con González Losada, Jorge. Las horas de los exámenes puestas en las vitrinas como quien anuncia una de Miura y las notas colgadas en el mismo lugar como quien publica un listado de bajas tras el desembarco de Normandía. Las estancias largas en cafetería y cortas en biblioteca. La caza del adjunto por el hospital, que aquello era como buscar una aguja en un pajar. Y en el olor, me supe antiguo, antiguo alumno, alumno al fin y al cabo.