Lunes, 20 de agosto de 2018

Historiar Salamanca a cuatro manos

 

La Salamanca que nos hemos propuesto historiar Rubén Martín Vaquero y yo, e ilustrar, como ha hecho magníficamente Antonio Varas de la Rosa, es ante todo una Salamanca de personas, construida por una sucesión de generaciones, enriquecida por la variedad de procedencias y extendida por la diversidad de destinos. Tan plural como la identidad de quienes aquí vivieron o por aquí pasaron, o mejor en presente, vivimos y pasamos, que esta Historia quiere serlo de hoy mismo: vetones, vaceos, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes, cristianos, judíos, benitinos, tomesinos, amos, criados, profesores, analfabetos, santos, criminales, comuneros, alumbrados, funcionarios, aventureros, militares, poetas, arquitectos, albañiles, franceses en retirada y británicos en avance, bilbaínos con cátedra y estudiantes de paso, caciques, insurrectos, mártires, represaliados, emigrantes, inmigrantes, erasmus y turistas, muchos turistas.

 

Así, como uno más en esta secuencia de salmantinos que en la historia han sido, sin mencionar ningún nombre propio, confundido con el anonimato, me sentí menos intruso al presentarme el otro día en la Feria Municipal del Libro, en plena Plaza Mayor, como coautor de una Historia de Salamanca. Si en Rubén se reúnen méritos académicos para firmarla, a mí me tocó alegar ser parte millonésima de la misma, tener ganas de compartir lo que se conoce, lo que muchos han investigado y escudriñado, y desear que los salmantinos puedan leer con gusto una nueva historia de su ciudad en la que se integren los diferentes aspectos políticos, sociales y culturales que se han ido entrelazando siglo tras siglo, y día tras día.

 

En Salamanca se nace, como el rey Alfonso XI el 13 de agosto de 1311. O se casa uno, como el rey Felipe II con Manuela de Portugal el 14 de noviembre de 1543. O se muere, como le pasó al príncipe Don Juan, frustrado heredero de los Reyes Católicos, el 4 de octubre de 1497. Sí, Salamanca aparece en el libro de familia de la familia real. Como todas las ciudades de estos reinos, puso arco triunfal para recibir a los monarcas, y no fue nunca una ciudad cualquiera, no podía serlo por sede episcopal y por urbe universitaria, primera y principal entre todas. Leer su historia local es también sumergirse en la historia de España, y en el progreso del conocimiento, y en las edades  del arte, y en la conservación y dilatación de la fe, y en las revoluciones que nunca triunfaron, y en la cotidianidad que jamás deja de sorprendernos.

 

Basta imaginar un breve paseo partiendo desde ese corazón de vida en el meollo de la ciudad donde presentamos el libro. Las arterias de la Rúa y San Pablo nos llevarían al sur, al primitivo asentamiento, a los tesos de San Vicente y las Catedrales, a la vaguada que permitía sobrevivir, al Tormes que irrigaba, a la vega que nutría, a la mirada que podía desplegarse hacia el horizonte para presentir llegadas y preparar defensas. Las arterias de Toro y Zamora nos señalarían el norte, brújula de reconquistas y repoblaciones, nuevos tiempos, nuevas empresas, nuevos sueños, y de algunos de los cuales aún hay quien se resiste a despertar. Hacia el norte también la puerta de salida, un tren hacia un destino lejano, sin billete de vuelta tantas veces, ligeros de equipaje y pesados de nostalgias. Al oriente, mercado de bullicio y de reunión, imagen de la ciudad que convoca y aglutina, capital de provincias anhelante de algo más que en justicia le pertenece, con la mirada puesta en el centro del que todo se espera y poco llega. Al occidente, la tierra, la raya, el Océano, el Nuevo Mundo, la eternidad, la historia que no se abarca, ni termina, ni conforma, ni se ama si se ignora.

 

En esta historia de Salamanca, ilustrada con rostros de sus gentes y reflejos de sus piedras, llueve bastante. Lluvia de primavera, de raíces refrescadas y brotes verdes, pero también lluvia mustia de otoño y de grises porvenires. Los contrastes del artista y del tiempo, anverso y reverso de una porción de terreno en la que han convivido la paz y las batallas. Varas hace llover sobre las losas mojadas donde otrora hubo arena e inevitablemente barro. Y el agua se filtró hacia las profundidades, mojando todos los estratos donde se ha ido depositando nuestra Salamanca de cada siglo.

 

En esta historia de la ciudad, escrita con la única intención de ser leída, hay lugar para lamentos por lo perdido, desde la vanguardia universitaria que ya no protagonizamos hasta el patrimonio que el fuego, la guerra o la ignorancia nos expoliaron, pasando por las instituciones que vimos florecer y marchitarse, pero mejor sitio ocupa la esperanza, que se funda en la capacidad de afrontar grandes proyectos que sin duda conservamos: la Catedral, la Universidad que en ella y de ella nació, esta Plaza que nos acoge… El presente y el futuro guardan otros retos para los salmantinos del siglo XXI. Ojalá sepamos hacer historia viva con ellos.

 

“Salamanca. Una historia ilustrada” se presentó el pasado día 7 y ha sido editado por la Fundación Municipal Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes. En la imagen, la Capilla de la Vera Cruz, en una de las ilustraciones del volumen, realizadas por Antonio Varas de la Rosa.