Martes, 21 de agosto de 2018

Mayo de 1968

     No sé si estamos reviviendo, los jubilatas, los acontecimientos de mayo de 1968 en París, y antes en algunas Universidades norteamericanas y poco después en la “Primavera de Praga” y pocos años antes en el Concilio Vaticano II, finalizado en 1965 pero todavía sin aplicar en algunos aspectos;  y, por lo que a mí respecta, en la revuelta de los alumnos de Teología –los demás calladitos en su mayoría, que se jugaban un título “civil”- de nuestra Universidad Pontificia en diciembre de 1969, que nos llevó a montar una Facultad paralela durante un par de meses, mientras que el Vaticano, por una vez, en aquellos tiempos, reaccionó rápidamente enviando al P. Antonio María Javierre que acabó por sentar las bases de un diálogo y de la continuidad de la Universidad de la Iglesia, que estaba en grave peligro de desaparición. No sé si habrá alguna Universidad más democrática que la Pontificia de Salamanca en los primeros años setenta del siglo pasado, con comisiones de provisión de Cátedra en que había paridad numérica entre representantes de los profesores y de los alumnos, exceso que se corrigió pronto porque, al menos en la que yo participé para conceder la plaza al P. Saturnino Álvarez Turienzo; creo que acerté apostando por él, pero la verdad es que yo no estaba preparado entonces para juzgar eso.

     Fueron unos años convulsos, intensos, soñados, utópicos…que tuvieron su rebaja pronto. ¿Queda algo de aquel espíritu de cambio total, de sueños reconocidos como imposibles y, sin embargo, perseguidos con alma y vida? Mirando hacia atrás sin ira, en los días malos tiendo a pensar que lo que queda del Mayo del 68 es malo o, al menos, mediopensionista, ni chicha ni limoná, una frustración de tamaño faraónico, más grande incluso que los sueños que la impulsaron: una educación donde se exacerban los derechos y se pasa de puntillas sobre los deberes, una revolución sexual y una igualdad de género compatibles (¿?) con la violencia de género, la trata de blancas, el tráfico de esclavos sexuales, incluyendo menores de edad, una apuesta cosmética por la juventud, compatible también con un paro juvenil nunca visto y unos contratos basura para el resto, la generación diz que más preparada, pero de la que menos nos fiamos los adultos, una dramática confusión entre el disfrute y la droga –en primer lugar la más “legal”, el alcohol- con sus causantes el narcotráfico, la narcoguerrilla, los narcoestados…

     Pero como cristiano me toca ver el lado bueno de las cosas y percibo la persistencia de la Utopía y los sueños en los bomberos que son juzgados por salvar vidas en el Mediterráneo, en los cientos de miles de voluntarios de todas las edades, entre ellos, muchos de los que vivieron en carne, sangre y neurona propias el esplendor utópico de aquellos felices finales de los sesenta, pero también muchos jóvenes y muchas mujeres, esa reserva espiritual, afectiva y efectiva de nuestra Humanidad, agrupados más en oenegés que en instituciones más duraderas, como las Iglesias, los partidos, los sindicatos. En el vacío de muchos corazones, azuzados por los fracasos de las ideologías y espantados por el crecimiento exponencial del fanatismo, se está cultivando el deseo –el deseo es el gran motor de nuestra acción, como ya constató Spinoza- de la fraternidad, el tercero de los grandes objetivos de la Ilustración revolucionaria, corrompidos el primero, la libertad, y el segundo, la igualdad, por la cuarta de las opciones de la Revolución Francesa: la Muerte. Muerte por guerras mil, muerte por cámara de gas, o por Archipiélago Gulag, o por la pervivencia de la injusticia de la desigualdad, convertida en nueva ideología: el descarte de los pobres, los viejos, los torpes, como reiteradamente denuncia el Papa Francisco.

     A punto de celebrar la venida del Espíritu Santo (Pentecostés), constato que sigue soplando donde quiere, y con fuerza, aunque tal vez no donde sería política y religiosamente correcto esperarlo, porque Dios es sorpresa y futuro y no tiene costumbre de acomodarse a nuestros planes de corto alcance. También sopla dentro de la Iglesia, entre los laicos, que son la inmensísima mayoría de los bautizados, en iniciativas muy diversas, tal vez minoritarias. Sopla  también entre los clérigos, en los que observo, con la perspectiva de casi cincuenta años, mucha fraternidad, humildad y trabajo esforzado. Y mucha alegría. Sigue habiendo motivos fundados para la esperanza.