Domingo, 23 de septiembre de 2018

La ciudad, los perros, los coches, los humanos

El haber estado ausente de una ciudad varios años y haber vuelto a ella, aporta la ventaja de que a  la hora de observar la evolución y tendencias de esta ciudad se es más objetivo.

Las afirmaciones que haré a continuación no son sino hipótesis, tendencias de una población; nadie puede aplicárselas individualmente, pues, como se dice, cada individuo es un mundo y cada sujeto tiene motivaciones y modos de vivir su relación con el entorno diferentes.

Pero creo poder afirmar que la población de esta pequeña ciudad en la que vivo, ha cambiado significativamente en las dos o tres últimas décadas. Tomo como síntomas de este cambio tres: el uso de los perros, los automóviles, y cómo se utiliza el ocio.

Una de las cosas que más me llaman la atención de la población actual salmantina es la cantidad de perros que hay en ella; la impresión es que de la gente que pasea por los parques, a cualquier hora, quizás un 70% lleva perros: jóvenes, adultos, ancianos, todos tienen su perro. Parece excesivo. Mi profesión me obliga a la pregunta: ¿por qué hay una  necesidad tan extendida de tener y cuidar un perro? Porque el perro asegura emocionalmente, al amo, en niveles básicos; el dueño de un perro tiene la certeza de que hay un ser vivo, en su vida, que le quiere, que le necesita y a quien él también quiere. En principio tener un perro parece algo positivo y una buena decisión. A no ser en los numerosos casos en los que el perro es el ÚNICO ser vivo del entorno en el que se pueden depositar sentimientos de confianza y afecto; es decir, cuando el perro tapa, en la vida emocional del amo, el vacío de seres humanos que le protegen y quieren.

Algo similar, pero más primitivo, ocurre con el uso del coche: en Salamanca hay demasiados coches y, lo que es peor, se utilizan excesivamente en pequeños desplazamientos urbanos. ¿Por qué este exceso de coches? Por dos razones básicas: porque el coche es vivenciado por el conductor como un objeto PROTECTOR de las tensiones o posibles agresiones del exterior y porque es una máquina simbólica cuya posesión “confirma” al individuo  el hecho de que no es pobre; durante muchos años el borde entre pobreza y riqueza ha sido poseer o no coche. Y aún quedan restos de esta fantasía en nuestras mentes.

Estos días se ha publicado que este exceso de coches Y SU UTILIZACIÓN MASIVA en Salamanca va a dar lugar a medidas municipales de restricción del tráfico, para que la alta contaminación de esta ciudad no siga aumentando.

Por último el ocio de gran parte de la población, tiene también que ver con los coches: el salmantino medio, al llegar el fin de semana coge su coche y se va al pueblo, o hace algún viaje a las cercanías. O, como el sábado comprobé, coge el coche para ir a comer a algún restaurant alejado de la ciudad. El coche es el fiel escudo que muchos no pueden olvidar en casa: es el suplente de excesivas cuestiones, que hoy no podemos numerar aquí.

Pero ni los coches ni las mascotas pueden llenar los vacíos educativos, afectivos, creativos de los ciudadanos. Cumplen algunas básicas funciones, pero no la mayoría. Si los coches se “callaran” en las calles salmantinas y los perros no ladraran tanto en los parques y jardines de la ciudad, el silencio que habría en nuestro alrededor subrayaría el griterío actual de nuestras voces: ¿Por qué gritamos tanto para hablar? ¿Quizás tememos que nadie nos oiga?