La intolerancia.

           Hace algún tiempo un amigo mío me decía: “Voy a levantar en mi jardín un monumento al ateo desconocido”. Mi gesto de sorpresa no le pasó desapercibido. Lo que le llevó a preguntarme si era creyente. Le contesté que no. Que no practicaba ninguna religión. Supongo que tal respuesta le pareció demasiado complaciente.

          Este episodio ha vuelto a mi memoria a raíz de algunas declaraciones hechas en la prensa por un conocido actor de teatro. Denunciado por una asociación cristiana de abogados, se admite la querella y el fiscal imputa al actor de un delito por: “ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa”. El “escarnio” del artículo 525 CP aún sobrevive en España como tácito homenaje al nacional catolicismo.

          No es mi intención hablar de la pertinencia jurídico penal de tal acusación. Sí reflexionar acerca de la irracionalidad apologética. La de los que hacen de sus creencias o no creencias, martillos, espadas u hogueras. Se me ocurre traer a colación algunas reflexiones acerca del impagable valor de la tolerancia intelectual. He escogido tres nombres al respecto los de: Ludwig Wittgenstein, Kurt Gödel y Baruch Spinoza. Imposible tarea resumir en cuatro líneas sus vastos aportes. Lo intentaré, no obstante.

          Ludwig Wittgenstein fue un judío vienés, discípulo rebelde de Bertrand Russell, lógico matemático, filósofo del lenguaje y profesor en Cambridge. Su obra lo sitúa a la cabeza de los grandes intelectuales europeos del siglo XX. Premisa primera: “Respecto de una respuesta que no puede expresarse tampoco cabe expresar la pregunta”. Premisa segunda: “De lo que no se puede hablar, debemos guardar silencio”. Conclusión: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. En otras palabras, el lenguaje tiene fronteras, la palabra carece (por si misma) de significado, éste sólo lo adquiere en “referencia a”. Cualquier sistema de referencia no se puede verificar, ni justificar comparándolo con los hechos. De ahí, que las creencias religiosas ni son verdaderas o falsas, ni razonables o absurdas. Comportamientos irracionales serán, en cambio, los dogmatismos de cualquier signo. A propósito, me siento muy de acuerdo con Wittgenstein cuando afirma: “la mística, la ética y la estética quedan fuera del lenguaje”. En efecto, se trata de otras lenguas de las que algunos, muy pocos, conocen alguna palabra.

          Kurt Gödel nació en Moravia y murió en 1978 en Princenton. Su especialidad fue la lógica matemática. A los 25 años formuló su teorema de la incompletitud. Teorema famoso y revolucionario aplicable a cualquier sistema formal (Piaget lo comentó en términos biológicos). En él se demuestra que todo sistema formal se funda en un número finito de proposiciones verdaderas. Pues bien, de ellas, una al menos es verdadera pero no verificable. Una construcción lógica que, irremediablemente, debe apoyarse en un axioma indemostrable (concepto primitivo). En suma, un “sistema” que proporciona una verdad resultará siempre inalcanzable en términos absolutos. ¿Si esto sucede en una ciencia exacta, qué será en las inexactas? ¡Hay que cuidarse de las “evidencias”! Así es la vida, puro peregrinaje y provisionalidad.

          En alguna ocasión le preguntaron a Einstein si creía en Dios. Einstein respondió: “Creo en el Dios de Spinoza”. Baruch Spinoza, racionalista, judío sefardí, nació y murió en la Holanda del siglo XVII. Su pensamiento sigue teniendo enorme difusión. En el seno de una sociedad integrada mayoritariamente por calvinistas y judíos ortodoxos, Spinoza tuvo la valentía intelectual de hacer afirmaciones como estas: “Ningún milagro nos permite entender ni la esencia, ni la existencia, ni la providencia de Dios, sino que, por el contrario, estas cosas se perciben mucho mejor por el orden fijo e inmutable de la Naturaleza”. “Lo sagrado es toda la Naturaleza en sí misma” O bien: “La actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre”. En fin, su “Deus sive natura” le condujo al anatema, al hérem judío, a ser expulsado para siempre de la comunidad. En varias ocasiones quisieron acabar con su vida. Entretanto, el siguió escribiendo y ganándose el sustento puliendo lentes. No renunció a la razón. La razón, decía, es una extensión de la única “substancia”. Esa que se conoce con el nombre de Dios.

         Se me ocurre que el mayor antídoto contra el virus de las intolerancias, de las ideologías excluyentes, de los relatos únicos, de las certezas, de las evidencias, de la crasa ignorancia en suma, es doble: conocimiento y compasión.