Lunes, 20 de agosto de 2018

Iniesta de mi vida

La historia está llena de vergonzantes episodios en los que el deporte enardeció las tensiones belicistas entre dos pueblos o naciones. En otras ocasiones el juego sirvió de tablero sobre el que dirimir las disputas geoestratégicas entre bloques y, todavía hoy, es habitual constatar intenciones propagandísticas tras los éxitos de determinados conjuntos o individuos.

En la espiral demagógica en la que se ha internado el discurso político, futbolistas, atletas, ciclistas y otras estrellas mediáticas de nuestros días sufren intentos de apropiación por parte de uno u otro bando en cuanto que representantes de valores relacionados con la superación y el esfuerzo e ídolos de una multitud. Ello sin olvidar el efecto anestésico que provocan los triunfos y derrotas de determinadas marcas deportivas situadas permanentemente en el foco, centro de atención principal de una sociedad a la que los relatos se le imponen al grito de “el cliente siempre lleva la razón”.

El deporte está lleno de símbolos y ritos. Muchos de ellos, como manifestación del instinto de supervivencia y autoprotección, pretenden reforzar lo que este tiene de sagrado poniéndolo a salvo de mesías e iluminados. Otros, en cambio, tienen como única finalidad apelar a lo que tiene de visceral confrontar la fuerza y la habilidad de dos colectivos o personas procurando, además, extender este hecho al conjunto del imaginario de un pueblo o nación.

Así, cuando juegan España y Francia, por poner un ejemplo nada casual, no solo se enfrentan dos formaciones, estrategias o talentos, sino que también se pone en juego una rivalidad narrada desde dos puntos de vista antipódicos, dos discursos que, al estar dirigidos a sus glebas, tratan de halagar los tópicos propios y los prejuicios ajenos. Efectivamente, como todos ya sabíamos, los franceses son unos putos gabachos invasores (aunque nos hayan legado el sistema de separación de poderes, la unidad de medida y más de un millar de excelsos artistas).

Por todo ello cobran especial importancia las figuras que levitan por encima del territorio, seccionando a su vuelo las fronteras aéreas entre estados. Una de ellas era Iniesta, por más que su gol en la final del mundial se recuerde como una de las grandes hazañas de la patria española, o pese a jugar en un club que pretende servirse de la universalidad del lenguaje del fútbol para reivindicar una idiosincrasia particular, asfixiada, según su punto de vista, por el tiránico poder central.

Con su modestia, su fútbol bello pero simple –o simple pero bello– y una naturalidad nada impostada, Andrés Iniesta ha conseguido ganarse el corazón de los suyos y el respeto de todos los demás, lo que reúne un mérito aún mayor. Un mérito tal, añadiría, que nos impide juzgar con severidad sus próximos pasos, encontrar motivaciones onerosas en su viaje a China, lamentar que no decidiera jugar un año o dos más en un campeonato de su nivel. Un mérito que hace que sus lágrimas en la final de Copa, lejos de provocar bromas o burlas, nos estremezcan.