Sábado, 24 de agosto de 2019

Escritura y silencio

“Pero mucho más excelente es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada, plante y siembre palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quienes las plantan, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se trasmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre”

                                                                               Platón, Fedro

Cada año el 23 de abril la escritura se viste de fiesta, recordamos en este día a grandes escritores, Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega y a otros. Pero sobre todo, tenemos una cita con el libro, palabra escrita que es patrimonio de todos. Este año la ciudad elegida para promover la lectura ha sido Atenas, por sus actividades que lleva a cabo, que cuentan con el apoyo de todo el sector del libro. El objetivo es que los libros sean accesibles a toda la población, incluidos los migrantes y los refugiados, que son muchos en Grecia.

El libro es un instrumento precioso, transmisor del saber, cultura y vida; constituye el punto de encuentro de las libertades humanas más importantes, entre las que destacan en primer lugar la libertad de expresión y la libertad de edición. Se trata de libertades frágiles, como nos recordaba Audrey Azoulay. La lectura y la escritura hacen habitable nuestro espíritu, en ellas nos apoyamos para transcender nuestras realidades, nuestro propio yo y, superar de alguna manera el tiempo vivido.

Más allá de la diferencia plasmada en el pensamiento francés de los últimos años, la escritura nos lleva a una tensión entre la verdad y el arte, ya que en la literatura y en la poesía se desvela el sentido hondo de nuestras realidades vividas o soñadas. La escritura no solo se reduce el pensamiento, la capacidad de asombro, la curiosidad, el amor a las preguntas y al sentido de la existencia y el mundo, va más allá. Nuestro querido Emilio Llédó, establecía una relación de la escritura con la memoria, que es un alegato insistente contra el olvido. La memoria está en el centro de nuestra existencia y en el centro de la libertad de expresión.

El silencio de la escritura (Emilio Lledó), la memoria es gran guardián del pensamiento y de la experiencia. El tiempo de la vida, el tiempo que vivía en la memoria, iba aplastando esas vivencias en las márgenes del olvido. La escritura fue el gran invento para vencer esa claudicación ante el tiempo. Para la reflexión, para abrirnos a la existencia y a nosotros mismo ha sido vital la escritura, sin ella todo el logos del ser humano hubiera sido clausurado por el tiempo y reducido a lo inmediato de la experiencia. La obra no se agota con la escritura y el discurso escrito, se abre a un mundo de posibilidades más allá del tiempo del autor y se sumerge en cada memoria desplegada en cada momento presente.

Esta realidad de la memoria se expresa de forma magistral, en el que es posiblemente en el libro más leído y traducido de la historia: La Biblia. Es el único libro declarado  Patrimonio de la Humanidad. Más allá de su dimensión sagrada, son muchas las personas, independientemente de su creencia, que bucean en sus páginas para desvelar formas de sentido. Con toda su antigüedad a cuestas, la Biblia es más que un libro, es “El Libro”.

En realidad no es un libro, sino una colección de libros, una biblioteca en miniatura, compuesta por 73 libros, de la mano de numerosos autores, en diferentes momentos de la historia de Israel. La riqueza de sus páginas, con sus contradicciones, con las marcas de su historia, con sus aspiraciones y utopías, son como un reflejo de Dios en el rostro de muchas personas situadas a lo largo de más de dos mil años de composición. Su origen hay que situarlo en la memoria de un pueblo, que fue trasmitiendo su experiencia de forma oral, que más tarde con la institucionalización monárquica comenzará a poner por escrito. Por último, concluirá su composición y releerá de nuevo su historia y su relación con Dios, desde la experiencia del exilio de Babilonia. Un pueblo en tierra extraña, emigrante y refugiado que intenta no perder su identidad, haciendo memoria y guardando la historia de fe y amor con el Dios de sus antepasados.

Los escritos de la Biblia (J. Pierre Bagot) se nos presentan como una vida de fe condensada, como momentos de una historia convertidos en textos. Desde sus comienzos como pueblo, Israel comprendió su historia como un encuentro con Dios, fue haciendo memoria de fe. Es el relato de un acontecimiento a través de la historia de un pueblo, siendo el mismo relato el que crea el acontecimiento, el que le da sentido. En esa historia, Israel fue desvelando quién era Dios y su relación de amor con Él.

En la riqueza de sus páginas, desde diferentes géneros literarios (narración, poesía, mito, profecía, historia, epistolar, legislativo, apocalíptico) se desvela ante todo, como un libro de fe, que nos cuenta que el amor es más fuerte que nuestra fragilidad. Es un libro escrito por hombres, pero que cuenta la historia de amor y fe de un pueblo. Es un libro de fe que nos propone reconocer a Dios en nuestra historia concreta. En el mismo no se van a resolver problemas históricos o físicos, ni tiene recetas psicológicas, sociológicas o políticas (J. Konings). Ni siquiera recetas definitivas y acabadas para el comportamiento moral. Sus páginas comunican un espíritu que envuelve a las personas y las lleva a enfrentarse de una manera especial a todas esas realidades, pero no dispensa de tener un camino para enfrentarse a los desafíos que no son nunca perfectamente iguales a los del pasado.

El valor de la Biblia, para cualquier persona que se tome en serio todas sus dimensiones de su vida, también la dimensión religiosa,  consiste no tanto en ser una Palabra de Dios caída del cielo, sino en mostrar que la Palabra de Dios es palabra humana. Dios habla nuestra lengua, está presente en lo que nosotros hablamos y pensamos. Refleja la conversación que las personas de fe entablaron con Dios.

Y esa conversación todavía no ha terminado, hoy continúa en el hombre que se abre al misterio de esa experiencia de lo absoluto. Una experiencia que se desvela en los estratos preverbales de nuestro interior, una palabra que se vuelve silencio desde el silencio. Incluso el propio Jesús, Palabra encarnada, nos remite al silencio. Desde aquí, puede surgir un discurso que es único y que sólo puede hacerse con todo nuestro ser. La experiencia de todos los tiempos es expresar el misterio de Dios con todo lo que somos, al principio y al final de nuestra existencia. Así, es una palabra que se lleva a la vida y no se limita a leerla y a escucharla.