Jueves, 20 de junio de 2019

Entre el cielo y el suelo

Esta primavera de lluvias y fríos, calores repentinos y fríos recobrados nos recuerda, en los jardines de las ciudades y en los espacios robados al asfalto, que hay una miríada de semillas explotando de alegría, verdes, amarillos y rojos de cuneta y hierba loca verde de agua y arcoíris de asfalto. Es en estos rincones por donde se cuela la naturaleza a despecho del cemento, donde uno comprueba que, por mucho que nos empeñemos, la fuerza de la vida es mayor que la de nuestros deseos de asfaltar, alquitranar y adoquinar el suelo. Ese suelo que se moja de alegría con la lluvia y que tiene una cubierta verde esplendorosa a despecho de todos los urbanismos.

Ciudades que cambian el descampado salvaje, tan hermoso en este rato de apenas calor y mucha agua, por un cuadrado de alquitrán donde dejar los coches, tantos, tantos coches que se nos amontonan en las calles y en los bordes de las aceras y no hay quien guarde esos pedacitos de verde que, en el barrio donde vivimos, florecían alegres cada primavera. Margaritas de te quiero y no te quiero, amapolas sangrientas, amarillas promesas de verano. Un regalo de la lluvia y de la tierra que, con el calor, se agostaban y eran un peligro ante el mechero incívico, un peligro de garrapatas para el perro y polen para los alérgicos… pero qué bello con la lluvia, verde y multicolor, como un regalo inesperado. Y es que nuestros ediles le tienen alergia ya no al descampado salvaje, que tiene su peligro cierto, sino al jardín, a la zona verde. O más bien, le tienen alergia a contratar jardineros, porque cuántas veces el ayuntamiento se marca una de ecología sembrando y cuidando y al tiempo, aquello se vuelve tan salvaje por falta de cuidado. Manos cuidadoras, eso es lo que nos falta a la ciudad, tan afecta a tapar la tierra con el pretexto del aprovechamiento. Jardineros del paseo, ciudadanos que no tiran ni un papel al suelo.

Hace muy poco comentábamos que hay menos niños y más perros, lo que se traduce en espacios para que corran los canes, con fuentes de agua bajas, vallas y gentes que se juntan a comentar las virtudes de sus mascotas como nos juntábamos con los niños a relatar que al bebé le han salido los dientes y que come fruta. Los tiempos están cambiando o incluso, compartimos la traílla con la silla del bebé y vamos muy ufanos a pasear a las criaturas. Pero paseamos pisando asfalto, porque eso de lo verde se queda para la Europa esa donde tanto llueve y la vida se desliza sobre ruedas de bicicleta. A los españoles no nos gana nadie a la hora de hacer rotondas, aparcamientos, aeropuertos donde no se necesitan y caminos hacia ninguna parte. Hemos descubierto las ventajas del cemento y hala, a cubrirlo todo que no necesita ni barrendero. Lo nuestro es ahogar a la tierra y para qué segar la hierba si puedes hacer un buen aparcamiento y tener a los vecinos tan contentos. El día de la tierra va a ser sustituido por el día del cemento, y mientras, en el resquicio entre las baldosas, sale un hierbajo tenaz, feliz de estar vivo, tan campante, desafiando todas las ordenanzas municipales.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez