Sábado, 25 de enero de 2020

Constructores de sueños

Si hay una experiencia subjetiva por excelencia es la de soñar. Una actividad personal única. Una vivencia que resulta huidiza porque a veces los sueños se recuerdan mal o se trastocan con la propia interpretación que se hace de ellos o se adulteran cuando se quieren contar. Pareciera que las palabras, escritas o dichas, se convierten en ladrillos insatisfactorios incapaces de (re)construir lo soñado. Una nueva oferta emerge de una irrealidad inventada que resulta poderosa. El surrealismo fue una propuesta artística que culminaba siglos de evolución aupada en la búsqueda que el sicoanálisis había emprendido del subconsciente; también constituyó la apertura del siglo del yo. Los sueños se convertían en pulsiones motrices de la vida.

El poder del sueño tiene con bastante frecuencia un carácter de sorprendente demiurgo. Contar un sueño es una cuestión íntima que normalmente no se hace con todo el mundo. Es una prueba de confianza al compartir una faceta de la intimidad que puede avergonzar. Revela las preocupaciones del soñador, sus claves interpretativas de la vida. Pero también puede ser una puesta en escena de una ambición, de una premonición interesada. De hecho, toda ambición tiene una parte de proposición futura que en su quimera se confunde con la nebulosa del sueño.

Hay también una escenificación del sueño. Desde el barroco supuesto de Calderón de la Barca hasta la denominación de una popular película melodramática de 1989, Field of Dreams. Una muestra evidente que pretende tener un ámbito colectivo. Constituir un armazón de identidad social compartida que agrupe ideas, interpretaciones, anhelos constitutivos de un quehacer grupal. Una argamasa capaz de aglutinar a la gente en esfuerzos cooperativos en pro de un categórico bien común. Cuando este escenario se da, el soñador para el pueblo resulta determinante, de manera que las diferentes teorías acerca del liderazgo enfatizan mucho el aspecto fundamental de la capacidad del líder de construir sueños que calcen con los que, uno a uno, tienen las personas que llenan la plaza vitoreándolo.

El complejo modelo del liderazgo carismático asume, precisamente, ese componente. Soñar aunando los sueños de la gente o, más simplemente, construyendo los sueños de otro que acepten como suyos. No hay política sin este tipo de comportamiento. Los ejemplos son numerosos desde siempre. En los tiempos presentes, ya lo hizo Martin Luther King -“I have a dream”- y, hace muy pocas fechas, en la víspera de entrar en la cárcel, Lula, definiéndose como “um constructor do sonho”. Es muy difícil discernir lo soñado, en cuanto que anhelo por el futuro de una acción política que pretende alcanzar ciertos objetivos, de un programa político laboriosa y racionalmente construido. La diferencia está en la semántica del discurso o en la necesidad de hacer cabalgar las pasiones al alimón de las razones, como bien dirían los comunicadores. No obstante, mi individualismo cerril, que me conduce a pensar en la sobrevaloración de los sueños colectivos que supongo en bancarrota, me lleva a preferir que nadie sueñe por mí, que nadie construya mi sueño.