Lunes, 15 de octubre de 2018

Libres y liberales, pero con viento de estribor

A raíz de la presentación de los Presupuestos Generales del Estado 2018, ha tomado fuerza de nuevo el eterno debate entre economistas intervencionistas y liberales. Dos grupos ya de por sí enfrentados desde su propia base filosófica al que hay que añadir abundantes rencores derivados de la historia reciente de nuestro país, en especial entre esos socialistas más anticapitalistas y aquellos liberales más conservadores. Pero en lo que quiero focalizarme es en el mal uso del término liberal que se hace actualmente y la cantidad de personas con una postura económica en tierra de nadie que hacen suyo dicho término.

Contrariamente a lo que la gente suele pensar, un liberalista sí contempla una intervención del Estado en la economía, pero siempre desde una perspectiva no agresiva y conciliadora en cuanto a que el gobierno tiene como objetivo salvaguardar y respetar un Estado de Derecho en el que prime la igualdad de oportunidades y evite los abusos de poder que el libre mercado pueda propiciar.

Si estos días atendemos a los medios o a las redes sociales, encontramos no pocos partidarios de la corriente más liberal de la economía haciendo campaña contra cualquier propuesta, noticia o iniciativa que huela mínimamente a cambio, mejora social o ruptura con tradiciones anacrónicas, independientemente de las ideas planteadas –vengan del partido político que vengan– y sin un análisis neutro u objetivo.

Más  allá del mero debate económico en el que se puede discrepar sobre el nivel de intervención del Gobierno en nuestros bolsillos, muchos de estos seguidores del liberalismo económico se centran en mostrar sus análisis y opiniones siempre desde una perspectiva mansa y zalamera con la política conservadora española. Sólo se muestran críticos con aquellos que defienden un sistema de pensiones público, un incremento del gasto en desempleo, la rebaja del IVA del cine, etc. Este tipo de críticas son algo razonable pues confrontar estas propuestas se encuentra dentro de las pautas generales que todo “buen liberal” debe seguir, es decir, hay que tener cuidado con lo que el Estado gasta y cómo lo gasta, porque el dinero no crece en los árboles.

Lo que me produce cierta urticaria es que en muy pocos momentos les veremos desaprobar con tanto ánimo el exagerado derroche en Defensa, la subida de sueldo de algunos políticos o el incremento de gasto para la Casa Real, lo cual hace a uno pensar que sólo son duros con aquellas ideas que desfavorecen a la derecha o provienen del conservadurismo, algo que no conjuga demasiado con el espíritu liberal.

Esto es algo curioso, pues hay que recordar que, por poner ejemplos, el rescate a la banca y a las autopistas o la amnistía fiscal del señor Montoro debieran ser una especie de apocalipsis para todos aquellos que predican el laissez faire –dejar hacer–; un concepto notorio del liberalismo, asociado con la libertad individual que implica la no intervención del Estado en asuntos económicos.

¿Es posible que estos economistas se encuentren muy cómodos con su estatus, tan mimados y favorecidos por el sistema actual como para haber permitido que esa parte de libertad y tolerancia que tanto promueve su ideario entre en un sopor complaciente?

Por esto, y como un ciudadano consciente de la complicada realidad económica, me parece inadecuado el uso partidista de sus opiniones y análisis económicos, el cual han disimulado con un toque de indignación de corte liberal, arremetiendo contra todo lo que no es del color de su partido.

En conclusión, y para beneficio de aquellos lectores y seguidores que no tienen una gran educación financiera, los economistas han de ser más pulcros y responsables a la hora de realizar sus exámenes económicos y deberían ser capaces de separar economía de partidismo pues, como nos ha demostrado la historia, mezclar ciencia e ideología –o peor aún, poner la primera al servicio de la segunda– puede tener resultados, cuando menos, indeseados.