Martes, 23 de julio de 2019

LLamados a amar

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            Hoy es Jueves Santo es una de las grandes fiestas cristianas y tradicionales, que se celebra dentro de la Semana Santa, y que abre el Triduo Pascual. En este día la Iglesia católica conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena, el lavatorio de los pies realizado por Jesús, (Día del Amor Fraterno) y la institución del sacerdocio. Se podría hablar de estos tres temas: Eucaristía, amor y el sacerdocio. Voy a decir unas palabras de éste último.

            Cuando mi mujer murió, cuenta un misionero seglar, mi único estímulo era ocuparme en la educación de mis hijos y hacer el bien. Por mi imaginación desfilaron toda una serie de sacerdotes santos. Entonces pensé en ser sacerdote.

Una noche, como de costumbre, el mayor de mis hijos se acercó a pedirme la bendición antes de acostarse.

– ¿Qué te pasa?

Se sentó junto a mí. Callaba.

– Quiero..., rompió al fin en voz baja, quiero ser sacerdote.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

– Hijo mío, le respondí abrazándole, lo seremos los dos.

Pocos años después, el día de Pascua, los dos elevábamos juntos la Hostia consagrada.

            Como la semilla produce fruto abundante en el buen terreno, así también las vocaciones surgen y maduran en la comunidad cristiana. Pero es en la familia donde nacen los primeros brotes de la vocación. El ejemplo de los padres es imprescindible para cualquier llamada.

            Ya en los comienzos de toda vocación surgen las primeras dificultades: “Yo no sirvo para...”. Pero el Señor responde como a Jeremías y a tantos otros: “No digas: soy un muchacho, pues a donde te envíe irás; y lo que te mande, lo dirás. No tengas miedo que yo estoy contigo” (Jr 1,7-8).

            Fue en la llamada donde Pedro sintió la mirada y el amor de Jesús, que lo invita a cuidar las ovejas, a seguir los mismos pasos del Buen Pastor, que no ha venido a ser servido, sino a servir (Mc 10,45).

El sacerdote es un servidor en medio de la comunidad de servidores. “Los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado” (Pastores dabo vobis, 15).  Jesús, el Pastor que ha venido a servir (Mt 20,28), deja en el lavatorio de los pies el modelo de servicio que deberán ejercer unos con otros.

“El presbítero deber ser, en su relación con todos los seres humanos, el hombre de la comunión y del diálogo... Está llamado a establecer con todas las personas relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la justicia y de la paz... de manera especial con los pobres y los más débiles” (Pastores... 18).

“Cree lo que lees, enseña lo que crees, practica lo que enseñas”, dice el Obispo al ordenando. La tarea no es fácil. Para ello necesitará mucha oración, el apoyo de los cristianos y clavar fuertemente los ojos en Jesús para, como él, entregar la vida sirviendo cada día.

            ¿Animarías a tu hijo si te dice que quiere ser sacerdote? La palabra y el ejemplo de los padres y de una comunidad cristiana son decisivos.

Todo cristiano es sacerdote desde el bautismo. El privilegio del cristiano es poder dar más, infinitamente más, de lo que posee. Dios da a través de nosotros, cuando no le obstaculizamos, cosas que jamás pudiéramos sospechar. Es lo que Bernanos llamaba “el dulce milagro de las manos vacías”, a través de las cuales puede pasar el torrente de Dios. 

            Cada vocación, cualquiera que sea, es una de tantas maravillas que Dios regala a los seres humanos. Cada vocación, bien realizada, es la evidencia suave, delicada, sensible y tierna de la presencia del Señor entre nosotros. El Padre escoge a cada persona para diferentes ministerios en la vida y la dota de todos los dones necesarios para desempeñar su función. El Viñador señala a cada ser humano el puesto que le corresponde en la viña, pero a todos nos ha dado la misión de amar y servir. El problema no es tanto que no haya suficientes sacerdotes, que sí lo es, el gran problema es que los bautizados, sacerdotes y laicos, no somos conscientes de la misión que hemos recibido: la de evangelizar, sirviendo y amando a todos, lavando los pies. Ya sabemos que lo más importante del cristiano es el mandamiento del amor, a Dios a nosotros mismos y a los otros. “A la tarde de la vida nos examinarán en el amor”, decía san Juan de la Cruz.