Martes, 25 de septiembre de 2018

Semanasanteros

Podría ser una moda más de las muchas que pasan ante de nuestros ojos, casi sin detenerse. O tal vez tiene que ver con esa necesidad esquiva de cultivar la espiritualidad que parece tener el ser humano, aspecto que ya está dando pie a una nueva especialidad del conocimiento que algunos llaman “neuroteología” y que está tratando de dar fundamentos biológicos a la aspiración por lo trascendente.

El caso es que, en nuestras ciudades castellanas, de pan y de vino, la población se triplica por estas fechas, los cofrades aumentan sin cesar y hay que ir dos horas antes a tomar posesión de los mejores sitios si se quiere ser espectador del paso de procesiones magníficas, que nos envuelven en el silencio y nos hacen reflexionar.

Es evidente el sentido religioso de esta semana de primavera, que, como ya se ha puesto de manifiesto en estas páginas, uno comparte un poco con la fe del carbonero. Pero interesan también otras vertientes de este fenómeno en boga. Tan en boga que surgen nuevas cofradías, nuevos recorridos, nuevas procesiones, en una tácita competencia que se aprovecha de los entornos monumentales para basarse en una incierta tradición.

La Semana Santa tiene mucho de fenómeno económico, con lo que se asoman de nuevo a nuestra vista los ídolos eternos y falsos, aunque muy tangibles y lucrativos, a los que todos adoramos con absoluta tranquilidad de conciencia y hasta con fervor. ¿Será que hemos avanzado poco desde los tiempos de Isaías, Jeremías y Ezequiel?

Probablemente poco. No somos tan postmodernos, ni siquiera en el ateísmo y el descreimiento. El Dios celoso sigue teniendo motivos claros para sentirse ofendido. Pero, por lo menos en apariencia, el negocio semanasantero puede resolver una temporada mediocre. A no ser que caigan chuzos de punta, como esta semana pasada, hasta el punto de que se nota la cara de mala conciencia de los hombres del tiempo, que anuncian, por que no hay más remedio, la venida de una persistente borrasca a hacer aguas la precaria prosperidad de estas tierras.

Pero ni el ateísmo, ni la economía omnipresentes pueden ocultar el hecho poliédrico de estas calles llenas de gente esperando a que llegue la estación de penitencia, con las teas ardiendo o con los faroles modestos avanzando poco a poco para regresar al punto de partida después de encomendarse a las fuerzas de la naturaleza o al último recodo de las conciencias, con el fondo de las carracas cuarteadas o de las matracas insistentes, o ya por la tarde gris, de la polifonía improvisada de las bandas que entremezclan sus marchas fúnebres tras cada paso.

Es difícil no sentir la emoción de los sentidos ante este mecanismo sencillo, aunque depurado, de larga organización, con cánticos medidos, sonidos entrecortados, que hipnotizan hasta a los niños adormilados por la larga espera, a los jóvenes que pisaron escasamente alguna vez la iglesia y a las abuelas vestidas con sus mejores galas, que para eso es Semana Santa, y debemos demostrar, aunque sea con una disimulada inconsciencia, que esto al fin y al cabo es nuestra Fiesta Mayor.