La ceremonia de la confusión

He visto a un futbolista pegado a una pared, a un muro o a un poste, o valla, pintado por un grafitero, con su orla amarilla de santo, orlando (valga la redundancia) su cabeza, con su túnica de imagen de altar y no sé si llevaba espada o cayado de peregrino. Y no es el primero, creo que alguno de la misma procedencia albiceleste ya tenía o tiene su capilla propia para sus devotos en la ciudad porteña. Esto no es de ahora, viene ya de hace tiempo. Y eso, se decía en mi pueblo, era “confundir la velocidad con el tocino”, muy vulgar pero bastante exacto para referirnos a la ceremonia de la confusión que vivimos en esta edad de relativismo y de que todo vale y nada vale para nada. Porque yo creo que antes había confusión o confusiones; pero ahora vivimos en el confusionismo constante y creciente. Y lo del futbolista no es más que un síntoma, uno de tantos: confundir la habilidad que lleva en sus botas, y hasta puede ser en su cerebro diseñado o moldeado para meter goles, con la santidad, aunque sea laica, que dicen que la hay. Sin olvidar que esas botas valen millones de euros, que deslumbran, más que la orla del santo. Además este mirador provinciano al mirar se ha dado cuenta de que ahí hay una brecha, porque falta la futbolista; hay que poner también una futbolista, que están de moda, orlada de santa ¿Por qué no van a valer las botas de uno y de otra lo mismo? si somos iguales. Eso dicen las feministas y muchos “feministos”, que los hay: que somos iguales. Lo que quieren decir, sobre todo cuando salen a la manifestación, es que hay que suprimir la “brecha salarial”. es decir que si ella trabaja igual que en él en el mismo trabajo pues que gane lo mismo. Muy bien, correcto, hasta aquí me parece correcto. Pero lo que no entiendo bien es que seamos iguales, al menos por ahora; ya veremos para el cuarto milenio, que no veremos, porque el mundo da muchas vueltas. Pero de momento tenemos que atenernos a los que vemos. Y lo que vemos es lo mismo que vio Platón y nos lo contó en un diálogo singular, El Banquete, donde se inventó una curiosa y enrevesada fábula, en la que lo más importante es que el hombre y la mujer al principio de su existencia estaban unidos y eso era un andrógino (que quiere decir mujer y hombre), pero así como estaban unidos, pegados y vueltos de espalda, no le gustaban a Zeus y por eso los separó. Aunque allí había ya confusión y diversas combinaciones de género había dos distintos. Y, cosas del amor, por eso quieren volver a estar unidos, porque se ven distintos y complementarios y cada uno busca su media naranja, como se dijo después en las culturas de clima mediterráneo, donde se daban buenas naranjas. Y no digamos, en el relato alegórico del Génesis: Jhavé los puso en un jardín precioso y los dejó desnudos para que nos enteráramos de que eran varón y hembra, “hembra y varón Dios los creó”. Y así se paseaban por allí. Y no podían estar uno sin el otro, porque se complementaban muy bien, ella con su cuerpo y su carácter femenino y él con su cuerpo masculino y su manera de ser; y les gustaban las manzanas  Por eso no se explica muy bien porqué muchas mujeres quieren ser iguales a los hombres, con lo bien que están así, tan guapas, y con las cualidades corporales y anímicas o espirituales, o psicológicas que tienen, y que ya quisieran tener los hombres. Es que  en esta época tan confusa, con esto de que todo es relativo, lo confundimos todo.