Políticos ‘top manta’

Por un hecho desgraciado están de actualidad los inmigrantes llamados “top manta”, por lo general subsaharianos dedicados a la venta ambulante, sin ningún tipo de licencia para desempeñar su trabajo en plena calle y comerciando con artículos falsificados. No es mi intención valorar su forma de proceder porque de todos es sabido que tras ellos actúan verdaderas mafias a las que deben abonar el importe de su peligrosa travesía hasta Europa. La jugada es tan perversa que, ante la imposibilidad del recién desembarcado para lograr un salario legal, hay alguien que ya se encarga de pensar por él, ofreciéndole una solución sencilla y, a la vez, muy ventajosa para el “patrón”: venta ambulante de material falsificado. Es decir, el pobre inmigrante que se ha jugado la vida para llegar hasta aquí está proporcionando simultáneamente dos fuentes de ingreso a esa mafia: el importe de su pasaje y el beneficio de una estafa. En el colmo del descaro, los “top manta” ya disponen de sindicato propio –Sindicato de manteros y lateros - primero de una actividad ilegal; incluso han pretendido patentar la marca TOP MANTA para alguno de sus artículos. Por lo general, los negocios sucios son como una cesta de cerezas: las mismas mafias que negocian con seres humanos, suelen diversificar sus ingresos, llegando frecuentemente hasta el tráfico de drogas.  

En contra de lo que se nos quiere hacer creer, más allá de los Pirineos el problema no es tan serio como aquí. En Alemania, Francia o Reino Unido, entre otros, no existe venta ambulante ilegal porque las sanciones son muy fuertes, y además se cumplen. No obstante, los manteros son los menos culpables de esta situación. Como en tantas otras parcelas de la política, se legisla pero no se vigila el cumplimiento de las leyes. Cuando los acontecimientos comienzan a destilar rutina y pasotismo, por vergüenza torera se sale al paso para contentar a quienes reclaman justicia y, a los dos días, si te he visto no me acuerdo. Si la venta ambulante es ilegal, no puede haber medias tintas porque, de lo contrario, el Estado se convierte en prevaricador. Hay que perseguir el delito aplicando la ley, al menos eso es lo que sucede en cualquier democracia que se precie. Otra cosa muy distinta es tratar de conjugar la palabra democracia con alguno de los políticos que se sientan en muchos de nuestros escaños. A la vista de las ideas tan peregrinas que intentan aportar a la causa común, uno tiene que llegar a la conclusión de que no es posible llegar a tal grado de estupidez si no es porque el proponente obedece órdenes del “macho alfa”.

Los llamados partidos populistas antisistema –que siempre se llamaron marxistas-leninistas- llevan en sus señas de identidad acabar con el Estado, socavando los principios sagrados de la democracia y oponiéndose a cualquier ley que frene sus ambiciones. De paso, siempre que se pueda, hay que calentar la calle contra el poder establecido, empleando cualquier método, incluida la violencia, y propalando toda una serie de bulos y mentiras, en un intento de justificar lo injustificable. Nada nuevo bajo el sol; desde principios del siglo XX la táctica no ha cambiado. Entonces se empleaban las “purgas”, ahora toca ponerse la piel de cordero pero siempre intercalando peticiones que se salgan de lo normal. Así asistimos a reclamaciones de amnistía para terroristas teñidos de sangre o procesados por graves delitos, a oponerse a las resoluciones de los órganos de la Justicia que no favorezcan sus ambiciones, a enfrentarse a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a defender cualquier movimiento que atente contra la paz, la seguridad o la propiedad de los conciudadanos y, en general, a apoyar todo cuanto pueda suponer debilitamiento del gobierno de turno. Ahora le toca aguantar la tormenta al PP; cuando el gobierno sea de otro color –que no sea el suyo- la meta seguirá siendo la misma.

En muchos de los foros en que se producen estos desmanes, no toda la culpa hay que cargarla en los populistas; mucha responsabilidad recae sobre los partidos que se consideran constitucionalistas y que, con su voto, han facilitado su acceso al poder. Ahora que están en él, cuando se afea su conducta o se trata de exigir responsabilidades, se ríen de los demás (Véase el asunto de Lavapiés). Tanto unos como otros son unos verdaderos políticos “top manta”, pero con muy buen sueldo.

En la parcela de los que también quieren acabar con el Estado, pero a base de abandonarlo, figuran los que en versión light son llamados nacionalistas cuando lo que mejor los define es el independentismo. Catalanes, vascos y, en menor número, gallegos y canarios, aspiran a separarse de España por creer que saldrían ganando con el cambio. Sin ánimo de ridiculizar a nadie, pero por ser gráficamente aprovechable, la figura del secesionista obcecado me recuerda la escena que presencié de pequeño al ver cómo desempeñaba su tarea, limpiamente y sin ayuda, un capador de cerdos. Fijaba una cuerda a la pared y al hocico del animal y éste tiraba para atrás de la cuerda intentando romperla. Poco le importaba al cerdo que le hurgaran en la retaguardia hasta sacarle sus atributos; en su afán por romper la cuerda, ni se movía. Nada les importa a los secesionistas el daño que ya han hecho a Cataluña, ellos siguen tirando de la cuerda, tratando de romper España. Aunque, a decir verdad, en cuanto ha aparecido el capador, más de uno ha intentado poner sus “fardeles” a buen recaudo, sin tener en cuenta aquella serie de nuestra niñez, “El criminal nunca gana”, y el primer fugitivo ya está en manos de la justicia. Estamos, pues, ante más políticos “top manta”; y estos, además del sueldo legal, están acostumbrados a incrementarlo con buenos porcentajes de terceros.

Decir que en España no quedan políticos decentes es faltar a la verdad; pero a veces dan ganas de salir corriendo cuando, donde menos te lo esperas, salta el “top manta” de turno dispuesto a llevarse la suyo y lo de los demás, en cuanto le dejan.

El español de a pie sigue echando en falta la sensatez que acompañó a buena parte de los políticos de nuestra Transición. Sobran revanchismos y faltan ganas de servir a TODOS los españoles. Lo primero es España, después la política., siempre que sea la más sensata.  No estaría de más que los partidos convirtieran su Secretaría General de Escudriñar Fallos del Contrario en el Departamento de Hombres Dedicados a Encontrar Soluciones Razonables. Todos saldríamos ganando.