Domingo, 25 de agosto de 2019

La guerra de las pensiones

Desde hace algunos años, los suficientes para habernos enterado aunque se haya puesto más interés en desinformarnos que en informarnos, los gobiernos, el de un lado y el del otro, declararon la guerra a nuestro sistema de pensiones, y todos, sin tener en cuenta que el dinero de las pensiones salía de las cotizaciones de los trabajadores, miramos para otra parte.

A fuerza de ataques a traición han conseguido crear tres clases de pensionistas.

A saber:

Los afortunados, que son los que trabajaron siempre en mejores condiciones, es decir, los que se jubilaron con poco más de cincuenta años, con altas pensiones, bien indemnizados, los que sus pensiones les permiten tener dos viviendas, la de invierno y la de verano, hacer cruceros, cambiar de coche, comer de restaurante los fines de semana y ayudar a los hijos aunque en estos casos no suelen necesitarlo.

Los desafortunados, que son los que más han trabajado y en peores condiciones, es decir, los que no pueden jubilarse hasta la edad establecida que en breve será a los sesenta y siete años, los de pensiones mínimas, los que para llegar a fin de mes, si es que llegan, tienen que renunciar a poner la calefacción, procurar no abrir el grifo del agua caliente, llenar la cesta de la compra con productos en oferta, y en no pocos casos tienen que ayudarles  los hijos, que generalmente tampoco les sobra mucho.

Los pícaros, que son más de los que se cuentan y la cifra va en aumento,

es decir, los enfermos de males que se curan con una pensión de invalidez,    los que una vez jubilados por invalidez buscan trabajo y hasta lo consiguen antes que un parado enfermo de no encontrar trabajo porque están exentos de cotizar o el Estado las subvenciona, los que rechazan contratos de trabajo, porque tras conseguir una pensión, por mínima que sea, les resulta más rentable trabajar sin darse de alta, los que a su pensión, que suele ser alta, pueden sumarle la de orfandad de padres que murieron hace años, y para qué seguir…

De aquí, por razones de sobra conocidas, quedan excluidos los políticos que, por el hecho de serlo, se  jubilan con la pensión máxima, y si no se la revalorizan por ley, se la revalorizan por trampa.

Cada una de las batallas nos dejó tras de sí algo negativo.

A saber:

El número de pensionistas jóvenes se ha multiplicado de forma alarmante. Las pensiones han dejado de ser el medio para vivir tranquilos los  últimos años de la vida y se han convertido en el fin para asegurarse el futuro desde lo antes posible. El cotizar ha pasado a ser algo de torpes, porque al final cobra lo mismo, o menos incluso, el que ha cotizado quince años que el que ha cotizado cuarenta, y casos hay en los que las pensiones no contributivas superan en cuantía a las contributivas. El sueño de los españoles es hoy por hoy el de ser pensionista mejor que trabajador y de esto se habla en el bar, en el autobús, en la calle… sin pararse a pensar que gobierne quien gobierne necesitará cuatro trabajadores cotizando para pagar una pensión de las mínimas, y de las altas, ocho o diez, por lo menos.

Cuando esta guerra termine, porque todo en la vida tiene fin, dejará tras de sí un país de pensionistas viviendo en la miseria, de inválidos sin problemas de salud importantes, de trabajadores sin derecho a cobrar pensión y de ciudadanos dependiendo de míseras ayudas sociales, salvo, claro está, que llegue un gobierno que coja el toro por los cuernos y decida resolver el problema como ya se resuelve en otros países: fijar la cuantía de las pensiones en función de los años trabajados, es decir, el que cotice cinco años que cobre como cinco y el que cotice cuarenta, como cuarenta, y que cada cual se jubile cuando quiera.

Pero de momento las soluciones que el Gobierno ofrece a los pensionistas en huelga solo benefician a las pensiones altas, pensiones que antes o después también estarán en peligro, porque cada vez son menos los trabajadores que cotizan con normalidad y más los autónomos y pequeños empresarios que a fuerza de subidas en las cotizaciones acaban endeudados con el Estado, y si no hay trabajadores que coticen para sostener el sistema, se diga lo que se diga, tanto desde el Gobierno como desde la oposición, todos harán lo mismo: seguir con la guerra.