Lunes, 20 de agosto de 2018

Lo que no entra en el examen

¿Cuánto tiempo nos queda?, me pregunta una voz trémula, nítida en incertidumbres.

La clase es antigua y señorial pero, sobre todo, fría. Fría como todas las clases antiguas y señoriales.

(No saben que sé que saben).

Los abismos nocturnos, la herida del sol aún caliente en los tobillos. El viento bajo el pie, la sed de las escamas.

“Mujeres libres”, “Ni capitalismo ni marxismo”, “Viva la revolución”, grita, quizá desde hace décadas, quizá desde hace unos minutos, el tablón de corcho en la pared de enfrente, donde una A de la anarquía convive con una hoja informativa sobre la clave del wifi.

(¿O soy yo quien no sé que ellos saben que sé?)

Me gustaría decirles que no sé, que no tengo una respuesta, que ojalá. Me gustaría decirles que sé cómo esconde el pasado sus púas cuando se escucha el mar, que sé cómo tiemblan los pronombres en todos los inviernos de esta primavera rebelde.

Y, sin embargo, no sé, yo tampoco sé cuánto tiempo nos queda. Cuánto tiempo nos queda.