El día de mi padre

Tengo la edad suficiente para ser padre realizado y abuelo muy bien acompañado. Antes de que este mundo mercantilizado se encargara de prostituir los sagrados días del Padre y de la Madre hasta llenar todos los días del calendario con reclamos de colectivos de nuevo cuño o escaparates del comercio de accesorios, las familias disfrutaban de los sinceros sentimientos de amor y agradecimiento de los hijos hacia sus seres más queridos. Hoy acabo de descubrir que, además del día del padre, también es “el día mundial del sueño”. Como, desgraciadamente, ya no tengo padre ni madre, dejo el comentario para el día siguiente y, más que hablar del día del padre, quiero referirme hoy al día de mi padre.

Nacidos en una modesta familia rural, mis hermanos y yo tuvimos la suerte de tener unos padres que, a base de muchos sacrificios, nos dieron la posibilidad de realizar nuestros estudios en Salamanca, llegando a coincidir cuatro de los cinco hermanos. Las especiales condiciones del bachiller de los años cincuenta en colegios de religiosos, suponía estar fuera de casa todo el curso, incluidos los festivos, salvo las vacaciones de Navidad -¡y eso que estábamos externos!-. A pesar de la rigidez con que se exigía ese calendario, mi padre, que se llamaba José, consiguió -todavía no me explico cómo- la autorización necesaria para que, el 19 de marzo, todos los hermanos pudiéramos acudir al pueblo para celebrar el día del padre. Eso sí, a base de que el día 20, a primera hora, estuviéramos en el colegio, a pesar de los escasos medios de comunicación de la época. El carácter extraordinario de esa escapada contribuyó a grabar en todos los hermanos un sentimiento de respeto y admiración hacia aquellos padres que tanto interés demostraron en reunirse con sus hijos. Tal vez, en lo más íntimo de su ser, buscaban nuestro reconocimiento al esfuerzo que representaba sostener esa permanencia en Salamanca. En cualquier caso, nosotros acudíamos de muy buen grado, conscientes de que a ese esfuerzo económico contribuían al unísono el padre y la madre. Fue una manera práctica de aprender aquello de que “de bien nacidos es ser agradecidos”. Hoy, el excesivo agobio que produce la falta de tiempo, unido al materialismo que rodea todos los aspectos de la vida, han hecho que prevalezca el detalle del recuerdo “en especie” y a distancia, sobre el acompañamiento, el beso y el abrazo de otros tiempos.

La sociedad ha evolucionado para mejorar nuestras condiciones de vida. Las distancias y los tiempos se han acortado al máximo. Dentro del mismo día, hoy podemos dormir en distintos continentes y comunicarnos instantáneamente a miles de kilómetros. Ya efectuamos cualquier compra sin necesidad de salir de casa. Todo eso está muy bien porque es progreso. Pero en el apartado afectivo, poco a poco vamos reemplazando el roce y la proximidad por la imagen electrónica y las redes sociales. Hemos salido perdiendo.

Ayer me pareció escuchar en una emisora de radio que también se celebraba el día mundial del sueño, y se invitaba a los oyentes a comentar cuál ese sueño recurrente que los acompaña más de una noche. Por eso me he decidido a citar el mío. Como profesional de la milicia, formado en la Academia General Militar de Zaragoza, la disciplina, el esfuerzo, la puntualidad, el afán de superación y el firme propósito de cumplir con el deber, han ido moldeando el carácter -y en algún modo el subconsciente- de todos los que hemos pasado por ese centro, de tal forma que, con bastante frecuencia, a mí me asalta un sueño recurrente. Ahí lo expongo para el análisis de personas especializadas en la materia.

La escena es siempre muy parecida. Debo asistir a un acto en el que se requiere una cierta uniformidad, se precisa un equipo determinado o se debe llegar a una hora marcada. Siempre me encuentro acompañado de caras conocidas, hasta que aparece un inconveniente que pone en peligro el cumplimiento de los condicionantes exigidos. En el momento más álgido de la situación me despierto y respiro aliviado.

Para aportar datos que puedan ser de utilidad, voy a referirme a un hecho real que se daba con frecuencia, y del que pueden dar fe varios compañeros que hoy viven en Salamanca. Hoy, los cadetes disponen de verdaderos apartamentos individuales, pero en mi época dormíamos en amplios dormitorios para sesenta cadetes. Dos filas de camas apoyadas por la cabecera y dos pasillos laterales que desembocaban en la única puerta que daba acceso a los servicios y al pasillo general que circunda una galería de ventanales con vistas al patio central.

Cuando sonaba el toque de diana, el primer aprieto consistía en saltar de la cama, ponerte el albornoz a la carrera, seguir hasta el pasillo exterior y formar correctamente para que el oficial de servicio pudiera comprobar que estábamos todos. Hasta ahí todo parece normal y hasta lógico. Lo que lo hacía especial era que había que hacer todo eso en muy pocos segundos. Cuando añadimos alguna circunstancia más, como que algún gracioso se había entretenido en atar previamente el cordón del albornoz a la silla de cada uno, o que el oficial de turno tenía la sana costumbre de decir en voz alta ¡voy a tomar nota de los dos últimos!, el tema se complicaba, y mucho. Muchas veces me recordaba la bocaplaza del coso de Pamplona en día de encierro complicado. Ni que decir tiene que los verdaderos apuros surgían al principio del primer curso, cuando el novato ve peligros en todas partes, peligro que se encarga de agrandar el veterano que quiere verte aún más estresado. La experiencia suele ir aflojando los nervios pero las situaciones complicadas siguen apareciendo cada día conforme vas desarrollando todo tu período de formación.

Ahora que la jubilación y el tiempo transcurrido podían ir borrando los recuerdos –benditos recuerdos-, el subconsciente sigue jugando malas pasadas, hasta de dormido. Afortunadamente puedo dar gracias a Dios de poder soportar esas pesadillas. Otros no tuvieron tanta suerte y para ellos van también estas líneas, mi recuerdo y profundo cariño.