Sábado, 22 de septiembre de 2018

Mujeres

Déficit de reconocimiento de la dignidad y de la igualdad de la mujer

Se afirma corrientemente que las mujeres son la mitad de la humanidad, y algo más, en concreto el cincuenta y dos por ciento. Aunque sólo fuera por esto, ya deberíamos considerar la importancia del mundo femenino.

Pero la dignidad de la mujer es igual a la del hombre, porque se apoya en participar de la misma naturaleza humana y, por tanto, goza de los mismos derechos que el hombre, y como tal debe ser reconocida.

En concreto, todo hombre debe reconocer la dignidad y la grandeza de la mujer: es nuestra madre, y nuestra hermana, o nuestra hija, y hasta la madre de nuestros hijos o la compañera de nuestro caminar por la vida.

De suyo no debiera ser necesario hacer ninguna reivindicación de los derechos de la mujer, porque han de ser reconocidos sin más. Como deben ser reconocidos los derechos de todos los hombres, de los pobres, inmigrantes o marginados.

No es bueno plantear la reivindicación femenina como algo que enfrenta a la mujer a la situación de los hombres. Todos tienen los mismos derechos, aunque, sin duda, hay un déficit de reconocimiento de la dignidad y de la igualdad de la mujer en comparación con los hombres, si consideramos los puestos de responsabilidad y la remuneración de su trabajo.

En estos días ha estado sobre el tapete la obligación o la libertad para seguir la llamada a la huelga y a las manifestaciones en favor de los derechos de toda mujer. Hasta ha habido algunas expresiones llamativas por parte de algunos miembros significados de la Iglesia católica. El pronunciamiento más llamativo ha sido el del cardenal Osoro, arzobispo de Madrid, que llegó a decir que la Virgen se hubiera unido a esta manifestación.

Muy llamativa ha sido también la intervención de Monseñor Munilla en Radio María, que por cierto ha sido malinterpretada y mal comprendida por algunos medios de comunicación, que han llegado a acusar al obispo de San Sebastián de decir que la mujer lleva el demonio en el cuerpo.

En realidad, el obispo quería ayudar a la reflexión, y resaltaba que no cualquier forma de manifestación a favor de los derechos de la mujer es legítima ni positiva. Y hace hincapié en que algunas formas de manifestación, más feministas que femeninas, sobre todo las promovidas por las ideologías de género, son más perjudiciales que provechosas para la misma mujer, y se han dejado colar la acción del demonio, manifestándose contrarias a la auténtica dignidad de la mujer.

¿Deberán manifestarse a favor de los derechos y la igualdad de las mujeres solamente las mismas mujeres? ¿O deberían sentirse comprometidos en la defensa de esa igualdad también los varones, incluso haciéndose presentes en las manifestaciones feministas o participando en la huelga del 8 de marzo, el día internacional, que antes se denominaba de la mujer trabajadora y que actualmente se llama simplemente de la mujer?

Porque la defensa de los derechos de las mujeres, como la de todos los desfavorecidos, es responsabilidad de toda persona humana y, por tanto, también de los varones.

La Iglesia católica, que quizá no siempre ha estado a la altura debida en el tema de la defensa de la dignidad de la mujer, está dando pasos significativos en la invitación a la mujer a participar en la vida activa de la misma Iglesia, incluso asumiendo puestos de la máxima responsabilidad en la Curia central del Vaticano.

Aunque se reconoce que el mayor número de miembros activos en la Iglesia son mujeres, es verdad que quizá haya que seguir considerando si no habría que abrir la posibilidad de asumir por parte de la mujer la misma dignidad del sacerdocio, incluido el gobierno episcopal.

Por lo pronto, en los libros de la Biblia, y en la misma historia de la Iglesia, aparecen mujeres de gran altura humana y religiosa, y que han jugado un papel significativo en el desarrollo de los planes de Dios con relación al perfeccionamiento y salvación de la humanidad. Y la misma Virgen María, la Madre de Jesús, es considerada como la mayor entre todas las mujeres y en un nivel superior incluso a todos los hombres, mujeres o varones.

Vivamos con gran respeto y honor la dignidad de nuestras madres, hermanas y compañeras. Quizá, como dice el cantar, “si las mujeres mandasen”… cuánto mejor le iría a nuestro mundo.