Sábado, 18 de agosto de 2018

La regla y su interpretación

Estoy de acuerdo: Óscar Husillos pisó el límite interior de su calle en la final de los cuatrocientos metros del Campeonato del Mundo en pista cubierta en la que llegó primero a la meta. Estoy de acuerdo: Su marca, récord nacional, hubiera sido la misma de haber corrido tres centímetros más a su derecha, en los límites que define el reglamento. Su carrera, no me cabe duda, igual de buena como resultado de la dureza de los entrenamientos y su talento natural para la distancia más exigente con los músculos, esa en la que el ácido láctico actúa como azote incesante.

 

Es injusto, tanto como el tiro que golpea el larguero e, incomprensiblemente, cae sobre la línea de gol, o dentro, incluso, sin que los árbitros lo perciban, a la espera de la asistencia de vídeo (¿Godot?). Tanto como la pelota de golf que recorre el contorno del hoyo y, tras tomar una vista panorámica del campo, decide permanecer fuera del agujero. Injusto como el milímetro de tubular que encuentra una mínima mancha de aceite y lleva a la bici, y al ciclista, contra el asfalto, acabando con sus aspiraciones en el Giro o el Tour. Tanto o más, añadiría, porque en el caso del atleta español al azar se le sumó la frustración de haber celebrado una victoria que lo parecía (y lo era), pero que no constará en los registros históricos, en un palmarés que, aunque inútil, es el alimento último del deportista, el silencioso motor que justifica la ingesta cotidiana de dolor, el masoquismo propio de quien flirtea con los límites de lo saludable.

 

Si a los españoles nos desagradó especialmente la decisión es porque empatizamos con Óscar Husillos al ser de los nuestros y hablar nuestro idioma. Reconocimos su sufrimiento porque todos podríamos haber nacido en Palencia, haber sido uno de sus amigos o familiares. Si se hubiera llamado William o Viktor ni nos hubiéramos enterado y, en caso de haberlo hecho, hubiéramos apreciado con claridad las pisadas de la discordia y mostrado, inmisericordes, el pulgar mirando hacia abajo: “dura lex, sed lex”, tirarían de aforismo latino los conocedores del Derecho; “ajo y agua”, exclamarían los que lo sufren a diario.

 

Parece evidente: las calles tienen que tener los límites definidos. No admitiríamos empujones en las carreras de velocidad o atletas reduciendo la distancia total de la misma aproximándose, descarados, al interior de la curva. Entendemos que el umbral para dar por superada una altura es el listón y que la plastilina pisada es la prueba irrefutable de que un salto horizontal ha sido nulo y no debe ser medido. Y, sin embargo, cuando es tan obvio que la carrera no se vio alterada por este hecho y los participantes ya habían asumido el puesto que les correspondía por su esfuerzo, la imposición de la sanción me parece desproporcionada, ajena a su espíritu. No hay trampa, ni intento, en la actitud de Husillos. No hay mejora objetiva de su posición ni un obstáculo evidente para el corredor de la calle ligeramente invadida. La norma, garante de la igualdad de oportunidades, palimpsesto en el que viajan impresos todos los principios morales heredados, se vuelve entonces, contra su más íntimo sentido, injusta y, peor aún, cruel.