Domingo, 21 de octubre de 2018

Es el 8 de marzo

El próximo 8 de marzo, en más de 150 países, y secundada o convocada por miles de organizaciones y colectivos de todo tipo, tendrá lugar una Huelga Feminista que pretende denunciar, con repercusión universal, la flagrante injusticia que sufren las mujeres por el hecho de serlo. Una huelga que hará que millones de mujeres en todo el mundo suspendan su actividad cotidiana durante ese día, o parte de ese día, para hacer visible y evidenciar la capital importancia del sexo femenino, y el desprecio de sus derechos, en un mundo arbitrariamente dominado por los hombres. Una huelga que abarcará todos los niveles, cometidos y quehaceres de las mujeres, desde la actividad laboral en todos los ámbitos, incluidos naturalmente los domésticos, hasta el desempeño de funciones públicas o profesionales de cualquier tipo. Una huelga que merece todo el apoyo de quienes, mujeres y hombres, luchan por la igualdad y no se conforman con un estado de cosas que roba los derechos de las mujeres, ofende gravemente su dignidad como personas, sojuzga a la mitad del mundo por su sexo y las maltrata, las elimina y las mata.

Naturalmente, ha faltado tiempo a los partidos políticos más reaccionarios (no solo de la derecha ideológica), y a los machitos de charanga y pandereta y cruces y agua bendita, para arremeter contra la celebración de esta huelga, tachándola de oportunista, injusta y hasta ilegal, en una nueva pirueta del machismo irredento y el clasismo excluyente que practican desde antiguo los enemigos de la igualdad. Ver, por ejemplo, la “argumentación” que los/las representantes del partido gobernante en España exponen para rechazar la huelga del 8 de marzo, es la forma mejor de convencerse de la imperiosa necesidad de realizarla para, entre otras cosas, terminar con estos baluartes de la desigualdad y la chabacanería moral, con estos herederos del páramo del pensamiento, responsables y cómplices en gran medida de los continuos retrocesos en los derechos de las mujeres.

Ser mujer en un mundo como el que nos toca vivir es una tragedia que, en mayor o menor medida, pero siempre, sufren todas y cada una de las que pueblan este malhadado planeta. Desde las escalofriantes situaciones de absoluta dominación machista en países donde abstrusas creencias –y cómodas predicaciones- hunden a las mujeres en la sumisión al varón y hasta en la esclavitud y la violenta agresión (violaciones instituidas como hábito social, matrimonios obligados de niñas, venta de hembras, ablación del clítoris, ocultamiento del cuerpo, agresiones, mutilaciones, robo del derecho a la identidad personal...), pasando por las diferentes gradaciones de ese mismo machismo en otras latitudes donde otros dioses (siempre los dioses son machistas) y otros rituales y liturgias políticas, publicitarias o de pura incultura (por ejemplo en España), condenan a la mujer a un papel secundario y dependiente, circunstancia que se ve reflejada hasta en la imposibilidad de ejercer ciertos derechos de forma autónoma, o las atávicas costumbres occidentales (siempre a la medida y comodidad del hombre) de soportar la mayor parte del trabajo doméstico, de crianza de los hijos, de atención a su educación o de atadura por su cuidado. Sin olvidar los “techos de cristal” que impiden a las mujeres alcanzar ciertos niveles de dirección en los ámbitos de decisión, la constante amenaza a su integridad sexual, el miedo inacabable a la agresión, el desprecio explícito o camuflado a su dignidad o la falta de respeto a su criterio por el hecho de ser mujer, los crímenes machistas, el desprecio intelectual general a su discernimiento, la colonización legislativa de su cuerpo, el manoseo, hasta en la ley, de su maternidad y mil y una injusticias cotidianas, micro o macro machistas, desequilibrios sociales e insultos, hacen que esta Huelga Feminista del 8 de marzo sea una de las manifestaciones más justas, oportunas y respetables que pueden producirse hoy en medio del retroceso generalizado de los derechos humanos de todo tipo.

Vaya desde aquí la admiración y el apoyo de quien esto firma por todas y cada una de las mujeres que el próximo jueves alzarán su voz en silencio, y cruzarán sus brazos durante un minuto o un día, en la lucha por su dignidad. Y también por las que no tengan posibilidad de hacerlo, pero se incluyan con su afán y su deseo en esa gran reivindicación por conseguir el respeto como personas de la mitad de las personas del mundo. Y el deseo de que la otra mitad comprenda de una vez que la humanidad se abarata cuando una mitad sojuzga a la otra; que la dignidad del hombre vale poco si no existe la de la mujer; que la lucha por los derechos humanos no puede tener dos voces.