Jueves, 20 de septiembre de 2018

Aprendamos a fracasar en el fútbol...

En el fútbol, estamos hartos a verlo, los aficionados, periodistas o cualquier tipo de seguidor, exigimos que todas las acciones deportivas de los futbolistas dentro del campo sean “perfectas”. Es curioso, los más exigentes suelen ser aquellos que se disculpan sus propios errores, sistemáticamente. Sin duda, una hipocresía de amplio espectro aceptada por la colectividad sin ningún tipo de vergüenza.

Pocos valoran las dificultades de “jugar bien”; o de “ganar”; o de “golear” a un equipo contendiente que opone su natural resistencia, al menos, con equivalente consistencia.  Un simple regate, una finta, un control orientado, una anticipación, una interrupción, toda la gama de acciones técnicas desarrolladas por cualquier jugador, por cualquier equipo, se debe realizar sin violentar ninguna regla deportiva juzgada por un árbitro imparcial, movilizando una esfera poco educada que, entre unos y otros, evoluciona a la espera del mejor futbolista que ofrezca su amabilidad y cariño; o que la domine en el tiempo y espacio necesario…

Y, aunque el fútbol se desarrolla mejor ante un mayor conocimiento mental del juego, las herramientas típicas son superficies del cuerpo de difícil manejo, mejorables con mucho entrenamiento, como puedan ser los muslos, el pecho, el exterior de los frontales o parietales de la cabeza, y las múltiples partes de los pies, hábiles o inhábiles, incluidas las uñas de los dedos “gordos” para meter urgentes goles de puntera. Por tanto, en el fútbol todo está condicionado a precisiones e imprecisiones, a momentos espectaculares, a genialidades, a espontaneidades...

En el libro “Déjate en paz y empieza a vivir”, de Fabrice Midal, se desarrollan capítulos muy sustanciosos para seguidores intransigentes, en uno de ellos nos aconseja “Deja de querer ser perfecto. Acepta las inclemencias”: “Queremos ser perfectos porque rechazamos el fracaso, lo consideramos una catástrofe, una vergüenza, un pinto final de nuestro recorrido, ya sea profesional o sentimental… Si no aprendemos a fracasar, fracasaremos en nuestro aprendizaje”.