Sábado, 22 de septiembre de 2018

Ética, tutela y educación (II)

“La tarea del educador sólo puede tener como base la normalización del niño y así conseguir la normalización del hombre y la renovación de la sociedad” (Maria Montessori)

Por supuesto, sólo es posible legislar sobre lo que puede "encerrarse" en principios generales objetivos que puedan tener forma de ley. Esto no es difícil en lo tocante a la conservación y protección de los menores, en el sentido de que es fácil discernir entre lo que es cuidar bien o no a un niño.

Lo tocante a la educación ya es más etéreo. La ley podrá privar del derecho de tutela, por ejemplo, si un tutor no adopta las medidas oportunas para que el niño curse la educación obligatoria, o si lo induce a delinquir, etc., pero fuera de casos extremos, es imposible establecer objetivamente si una forma de educar a un niño es mejor o peor que otra, y una legislación que imponga demasiadas restricciones sería injusta por contravenir dogmáticamente los criterios de los tutores (sin perjuicio de que éstos sean también más o menos dogmáticos, pero el dogmatismo es admisible allí donde la razón no tiene objetivamente nada que decir).

Observemos también que los fines que hemos señalado como integrantes del proceso educativo pueden entrar mutuamente en conflicto. Por ejemplo, alguien podría argumentar que es inmoral educar a un niño inculcándole dogmas de forma deliberada, por ejemplo, unas creencias religiosas. En efecto: esto puede volverlo intolerante con aquellas personas que no compartan sus creencias (por ejemplo, puede volverse antiabortista militante, y eso es inmoral).

Así pues, la religión puede alejarnos (parcialmente) del fin esencial de convertir al niño en persona. Sin embargo, podría ocurrir que el privar al niño de una educación religiosa le cree un vacío interior que lo lleve a no encontrarle sentido a la vida y termine siendo infeliz. No tiene por qué ser así necesariamente, pero ¿y si los tutores del niño no quieren arriesgarse a que esto suceda? ¿No es razonable rebajar un poco la dignidad futura del niño (si es que sale antiabortista o algo similar) a cambio de no abocarlo a la infelicidad absoluta? Habrá quien piense así y quien se considerará capaz de enseñar al niño a ser feliz sin necesidad de apelar a creencias dogmáticas. Sin embargo, como nada puede decirse a ciencia cierta, a la hora de juzgar las estrategias educativas es necesario armarse de cautela y tolerancia. La esencia de la inmoralidad es imponer un criterio a los demás sin tener sólidas razones para ello.

El aspecto más polémico de la educación es la capacidad que tiene el educador de "modelar" la personalidad del niño. Un educador que conozca bien "el oficio" puede lograr que sus tutelados salgan beatos, fascistas, ecologistas, rebeldes, conformistas o cualquier cosa que se proponga, con un alto margen de probabilidad. Es verdad que a menudo un hijo acaba con unas ideas muy diferentes de las de sus padres, pero esto significa que una cosa es criarse en una familia con una ideología determinada y otra criarse en una familia manipuladora.

El arte de manipular puede, a su vez, practicarse de forma consciente o inconsciente. Alguien podría sostener que lo éticamente correcto en materia de educación es presentar al niño todas las opciones para que él elija libremente la que más se le acomode, de modo que dirigirlo hacia una opción determinada es inmoral. No creemos que, así, sin más matices, esto sea sostenible. Es tanto como decir que una ruleta es mejor que un plan predeterminado. "Dejar libertad" a un niño para que se forme su propia forma de pensar es dejar que dicha forma de pensar la determine, tal vez, el primer individuo que se encuentra por la calle y se convierte en su amigo en lugar de determinarla sus tutores. El método no tiene ninguna garantía de aportar beneficio alguno.

Otra cosa es que podemos distinguir lo que podríamos llamar manipulación en sentido estricto y lo que sería propiamente educación, en su sentido etimológico de "dirección", "conducción". Podemos considerar que se manipula a alguien cuando se le ofrece una visión sesgada de las cosas, con mentiras, ocultando argumentos o hechos contrarios, exagerando lo favorable a una posición determinada, etc. Otra cosa diferente es presentarle los hechos, no imparcialmente, sino abogando honestamente por una determinada visión.

Argumentar no es inmoral, engañar sí. Naturalmente, los argumentos éticos con niños son un poco más sofisticados: engañar a un niño es inmoral porque, cuando llegue a adulto y sea una persona, tendrá razón al quejarse de haber sido engañado. En cambio, presentar argumentadamente  un punto de vista no es inmoral. En el caso de un niño sería inmoral, de todos modos, presentar argumentadamente un punto de vista de una complejidad tal que el niño no estuviera en condiciones de asimilarlo debidamente y replicar como lo podría hacer en un estadio de mayor madurez.

De adulto, podría considerarse igualmente engañado y, por consiguiente, manipulado. Así pues, no hay razón para considerar inmoral que un tutor "conduzca" a un menor presentándole argumentos en favor de una línea de pensamiento en la medida en que éste esté en condiciones de asimilarlos y sopesarlos. Otra cosa es recurrir a engaños o estrategias emocionales que pretendan aprovecharse de la debilidad intelectual del menor. Ah… la siempre complicada, labor de educar…

Fermín González salamancartvaldia.es             blog taurinerías