Sábado, 22 de septiembre de 2018

¡Rompan filas!

Qué bien nos conocía el mariscal Bismarck cuando dijo: “España es el país más fuerte del mundo; los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido”. Es cierto; cuando hablaba Bismarck, España acababa de pasar la Guerra de la Independencia, se vio envuelta en las de sucesión, asistió a más de un golpe de estado, fue testigo del asesinato de varios Presidentes del Gobierno y se preparaba para abolir la monarquía. Del pasado siglo tampoco podemos estar orgullosos de cómo resolvimos nuestras diferencias.

Cuando ha vuelto la democracia, ya comenzamos a dar muestras de no poder aguantar mucho más tiempo sin volver a las andadas. En menos de cuarenta años hemos sido capaces de malgastar el crédito ganado con nuestra transición. De nada han valido los sinceros cumplidos llegados del exterior poniendo a España como modelo de reconciliación tras una inhumana guerra civil, ni los esfuerzos y sacrificios pasados para mejorar nuestro nivel de bienestar de forma tan espectacular. Es cierto que aún quedan muchos aspectos francamente mejorables, pero también lo es que nuestra situación actual dista mucho de parecerse a la del final de la contienda civil. Alguien me dirá que, afortunadamente, lo mismo que España, otras muchas naciones han avanzado conforme lo hacía la sociedad, pero basta mirar a nuestro alrededor para comparar el lugar que ocupaba España entonces y el que ocupa ahora. Pues no señor, parece ser que todo esto es sólo una quimera. Si hacemos caso del catastrofismo de algunos políticos, España está irremediablemente en la UVI.

Que la nuestra es una gran nación, está fuera de toda duda. Que la situación actual puede y debe mejorar, también es cierto y necesario. Pero, si no cambiamos nuestro “chip”, tendremos que acabar dando la razón a Bismarck. A juzgar  por la actitud de nuestros partidos políticos, da la sensación que alguien ha gritado ¡Rompan filas! y todos se apresuran a cumplir la orden literalmente. Si alguien lo pone en duda, analicemos someramente sus derroteros.

Comenzando con el partido en el gobierno, si no es suficiente el lastre de corrupción que le infecta, no todos sus dirigentes comulgan con las mismas ideas. La continua hemorragia de votos que sufre después de cada proceso electoral demuestra el desencanto de millones de votantes. Su falta de decisión a la hora de tomar medidas, el incumplimiento del programa electoral, la manifiesta desigualdad de trato a las distintas CC.AA. y el extraño compadreo con partidos nacionalistas que, una vez cobrada la factura de su apoyo, para nada encajan en la idea de Estado que dice defender el PP, todos estos motivos han provocado el claro desencuentro entre la dirección del partido y no pocos personajes con peso político en el mismo. No es ningún secreto que, en los corrillos de militantes, una gran mayoría aboga por la renovación de caras ante nuevas elecciones. Las adhesiones a la búlgara sólo se dan entre los que quieren asegurar  un lugar en la lista. Cuando el jefe no está presente, más de uno se muestra crítico con la política que sigue el partido. Si alguien es capaz de cortar de raíz la corrupción y seguir la política propia de un partido liberal conservador, podrá comprobar que en España siguen siendo mayoría los votantes enemigos de rupturas, revoluciones, golpes a la unidad de España y ataques a la Iglesia.

Los socialistas, sin olvidar que tampoco se libran de una apestosa corrupción, ya están, de facto, divididos. El partido se articula en pequeños reinos de taifas donde se lucha por conservar el cargo –aún a costa de comulgar con ruedas de molino--, pero esperando la mejor ocasión para asestar la puñalada que elimine al que estorba. A juzgar por su forma de presentarse, podríamos pensar que lo que en realidad es asimétrico es su manera de entender el socialismo. Por mucho que se esfuercen en camuflarlo, el PSC conserva del PSOE sólo la primera letra, las demás le sobran. Pertenecer a un partido dirigido por Pedro Sánchez es no saber qué clase de socialismo se va a predicar. Quienes esperaran consolidar los logros alcanzados en la etapa de Felipe González, ya han comprobado que se equivocaron. La política del “no es no” ha llevado al PSOE a ser más bisagra que oposición. A Pedro Sánchez le falta la modestia necesaria para reconocer que él solo tampoco puede gobernar. Como todo el mundo, necesita el apoyo de los demás, y en España, cuando la democracia no se ha visto alterada por egoísmos o revoluciones, siempre ha gobernado el partido más votado, en solitario o con el apoyo de partidos que tenían muy claro los conceptos de democracia y Estado. Con Pedro Sánchez, esa sana costumbre ha terminado. En el caso concreto del ministro Guindos, los europarlamentarios socialistas españoles votaron en su contra alegando motivos que no quisieron aplicar a mujeres de su propio partido. Hasta Zapatero afeó su conducta.  Si no se hubiera retirado el aspirante irlandés, Pedro Sánchez habría vuelto a demostrar lo difícil que le resulta ganar algunas elecciones. Siempre suele apostar al caballo perdedor  Los presidentes socialistas anteriores a Pedro Sánchez, con mayor o menor acierto, han seguido la ley sagrada de anteponer la necesidad de apoyar al gobierno de turno cuando el Estado lo requería, antes que satisfacer el propio egoísmo. De hecho, desde que España ingresó en la UE, PP y PSOE han unido sus votos para colocar políticos españoles en organismos supranacionales. Todo este rosario de comportamientos anormales del PSOE ha ocasionado una clara fractura entre los socialistas “con pedigrí” y los siguen empeñados en resucitar situaciones frente populistas con reminiscencias de socialismo científico. Por ese camino, también será difícil que este PSOE levante cabeza.

El obstinado empeño en no prestarse mutuo apoyo PP y PSOE en los asuntos de Estado, ha sido el detonante que provocó la aparición en escena de nuevos partidos que han cosechado los votos del descontento. La cuenta es muy sencilla, basta comprobar el número de votos que recogieron los partidos hegemónicos en las últimas elecciones a las que no asistían ni Podemos ni C,s, y restar los que sumen en la última. La diferencia entre ambas cantidades nos dirá quién ha perdido más, y en qué cantidad. Con muy leves retoques, esos votos han ido a parar a las huestes de Rivera e Iglesias. Tan espectacular como la pérdida de votos de PP y PSOE han sido la subida exponencial de C,s, por un lado,  y el “sube y baja” de Podemos, por otro. La explicación es doble. De una parte, C,s aún no tiene responsabilidades de gobierno - aunque no ha demostrado ser muy consecuente a la hora de prestar sus apoyos--, no ha sufrido el desgaste del poder ni le han podido sacar a la luz ningún trapo sucio. Todo lo contrario le sucede a Podemos, cuyos dirigentes practican en su propia casa lo contrario de lo que predican en la ajena y, allí donde tienen responsabilidad de gobierno, han dejado constancia de lo que quieren, de los métodos que emplean para conseguirlo y de dónde quieren llevar a España. Alguno de sus dirigentes también ha resultado salpicado por turbios manejos monetarios.  Han sabido abanderar todos los movimientos de insatisfacción y practicar la política-show para convertir España en otro paraíso como Cuba, Venezuela, Irán, etc.

De los partidos nacionalistas –aquí se podrían incluir algunas facciones socialistas catalanas, valencianas y baleares- subrayar que no esconden su aspiraciones independentistas;  unos de manera directa y otros comenzando con inmersiones  lingüísticas, o desenterrando a los muertos de un solo bando. Mentar la Bandera o el Himno es poner banderillas negras. Lo verdaderamente importante, lo “mollar” de la política, en contra de lo que pregonan cuando están en el poder, se les olvida muy pronto. Es más importante cambiar el nombre de las calles o sumarse a  los homenajes de  terroristas asesinos.

Si las encuestas valen para algo, es muy posible que las próximas elecciones sean dominadas por tres partidos que, agrupados de dos en dos, puedan alcanzar mayoría absoluta. En función de que el “apaño” sea de centro-derecha o de centro-izquierda, serán unos u otros los votantes engañados. Sería de agradecer que los dirigentes de cada partido adelantaran sus intenciones antes de cada proceso electoral. El juego de la democracia es muy simple: el gobierno debe anteponer siempre el bienestar de todos los ciudadanos al propio interés; la oposición debe esforzarse en controlar la acción del gobierno llegando, si fuera preciso, hasta la moción de censura. Fuera de esas dos obligaciones, todo lo demás deberá ser siempre arrimar el hombro y dejar de imitar al perro del hortelano. Si nuestras fuerzas políticas tienen algo contra la ciudad de Toledo, que escojan otra para un nuevo pacto, que es más necesario que nunca. Se arreglarían mucho las cosas; de lo contrario, seguiremos dando la razón a Bismarck.