Domingo, 25 de agosto de 2019

A vueltas con Dios

Meditar es, fundamentalmente, sentarse en silencio, y sentarse en silencio es, fundamentalmente, observar los movimientos de la propia mente. Observar la mente es el camino.

Pablo d’Ors

La vía circula por los campos de silencio de todo lo que yo pueda concebir, planificar, imaginar y desear. Solo el silencio que calla todo el pensar y sentir que hace de mí algo, y algo distante de ti, puede guiarme.

María Corbí

El hombre necesita dar sentido a su existencia, es un ser explorador, siempre en búsqueda más allá de sí, reflexionando sobre mundo, el hombre y Dios. El sentido de nuestra existencia se nos puede desvelar en las cosas cotidianas, también en las grandes preguntas por el hombre, pero la gran búsqueda es enfrentándonos con ese “misterio inefable”, que con temor y temblor no nos atrevemos a nombrar. La palabra Dios, recordaba Buber ha sido tan vilipendiada, generación tras generación, los hombres han cargado el peso de sus vidas sobre esta palabra y la han echado tierra sobre ella, y ahora yace en el polvo, cargada con el peso de todos.

Nuestra sociedad de la indiferencia, individualista, refugiada en las cosas y en el consumo, más allá de la revolución tecnológica y la economía globalizada, está mutilando al hombre su capacidad de transcendencia. Pero parece no resignarse a la  búsqueda de sentido, aunque al hombre de hoy le resulta difícil experimentar el misterio, busca en sucedáneos espirituales a “la carta”, que como aljibes rotos dejan escapar la hondura del agua viva, le defraudan y le desasosiegan.

El hombre es un ser religioso, forma parte de su ser, no como algo coyuntural o accidental, requiere del sentimiento religioso para hacerse un lugar en el cosmos y de su propia identidad. Es un deseo que forma parte de la estructura constitutiva de su ser persona. La ciencia y la técnica no cubre todos los anhelos de su existencia, la religiosidad da un sentido al ser humano, aunque sea débil y quebradizo, en un desierto ilimitado e indemostrable. El hombre no se contenta con vivir, busca constantemente más allá de su cotidianidad el sentido y fundamento de su ser y actuar. Ese misterio al que apelamos, y que las religiones denominan Dios, sería esa realidad última que cuando el ser humano se abre al sentido, puede “religar” la realidad en la que vive y su propia existencia (Zubiri).

Mala prensa ha tenido la búsqueda del misterio desde el pensamiento, se ha postulado un Dios para los filósofos y el un Dios vivo de la teología al que poder hablar y rezar. Ya Pascal no ponía en camino sobre el peligro de crear un ídolo como proyección de nuestros deseos y necesidades, el propio Heidegger quería superar esa idea de un Dios ontoteológico. Es difícil superar esa cantinela, repetido y que ha generado tanta literatura en contra, filósofos, historiadores, teólogos creamos un mundo intelectual de repetición dentro de un paradigma, a veces sin gran crítica. Pero el pensar de de muchos filósofos como Jaspers, Marcel, Unamuno, Zubiri, Lévinas o Ricoeur, no terminan en esa vía abstracta y muerta de la proyección. El pensar filosófico, como poca luz y la mayoría de veces tremendamente débil, puede alcanzar el misterio de lo divino en con un profundo sentido y, si logra sintonizarlo con su interioridad específica, puede llegar a ese Dios vivo, a veces proponiéndolo con más sentido que ciertas teologías.

El  gran problema de adentrarnos en el misterio y descubrir nuevos perfiles del amor y la misericordia de Dios, son aceptados en la teoría por el pensamiento y las teologías al uso, pero la mayoría de las veces, no tienen efectividad en la praxis. Muchos elementos de nuestra religiosidad están anclados en un tradicionalismo opresor, que no logran transformar al individuo, ni son pausas para liberadoras de nuestra sociedad, en base a la misericordia, la justicia y los derechos. Todo lo contrario, siguen justificando pautas de dominio y de poder.

Después de dar vueltas con el misterio, no tengo más remedio que volver al silencio. No es solamente eso que rodea a las palabras y subyace a las imágenes y a los acontecimientos. Tampoco es una actitud acomodaticia, ni segura de sí, ni una huida al vacío de la abstracción. El silencio tiene vida propia. Es una realidad autónoma con la que podemos relacionarnos, que anida y habita como fundamento de toda realidad. Es una realidad que solo puede ser palpada en la noche oscura del alma, por la ausencia, que es a la vez presencia. Es eso de lo que procede todo ser y a lo que retornan todas las cosas. Es la esencia de lo simple, fenómeno diferente al resto de las cosas, palabras, acontecimientos, relaciones, identidades.

El hombre de hoy tiene soledad, pero no silencio. Es preciso encontrar un camino para volver a ese lugar, para vivir en ese lugar. El silencio despliega en nosotros el espacio en el cual puede percibirse la Palabra. Sólo desde el silencio puede tener sentido la palabra Dios. Es cierto, a Dios nadie lo ha visto jamás, es lo totalmente Otro. Pero esa transcendencia no significa lejanía, el misterio se encarnó en lo más humano, lo más cercano al corazón del hombre. Si transcendemos desde el silencio es para que se nos abra el misterio, que no es lejanía, sino algo íntimo se reaviva en nosotros. En el silencio resuenan aquellas palabras de San Juan de la Cruz, “una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en el silencio ha de ser oída del alma”…