Sábado, 24 de agosto de 2019

Test del VIH

Desde la peste bubónica del siglo XIV, ningún agente patógeno había causado tantos estragos”. Así de rotundas eran las palabras de los expertos de Organización Mundial de la Salud en su Informe sobre la salud mundial 2003[1]. Y es que a partir de los años 80, cuando en San Francisco se diagnosticó el primer caso del virus de inmuno deficiencia humana (VIH), bastaron dos décadas para que nos situáramos frente a una crisis humanitaria mundial.El VIH/Sida es una EMERGENCIA MUNDIAL y unos de los desafíos más graves para la vida y la dignidad del ser humanos” son palabras de la Asamblea General de Naciones Unidas[2]

Con la información disponible entonces, se llegó a afirmar que la sintomatología en cuestión, se circunscribía a ciertos grupos humanos con características muy concretas a los que se califico de alto riesgo: homosexuales varones, hemofílicos y drogadictos por vía intravenosa. El extraño síndrome fue cruelmente bautizado como peste rosa oenfermedad de las 4 H[3]”, lo que acarreó consecuencias perversas y una fuerte estigmatización social de los portadores.

Pero aquellas hipótesis iniciales pronto tuvieron que ser redefinidas ya que en 1.983 aparecieron nuevos casos, esta vez entre personas heterosexuales, mujeres y niños, que no se podían encuadrar en los grupos de alto riesgo.

Desconcertados, ni facultativos ni científicos eran capaces de ofrecer tratamiento adecuado a los enfermos cuyo número aumentaba de forma exponencial. Hasta que en marzo de 1987 la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos aprobó el uso de la zidovudina – más conocida como AZT – el primer fármaco que se mostró eficaz para frenar la replicación del virus en el organismo ¿supondría esto el fin del VIH?

No fue así, pero el uso del AZT marcó un antes y un después a la hora de frenar tanto la expansión del virus como el numero de muertes por sida. El que hoy se pueda disponer de una prueba de autodiagnóstico barata, eficaz y rápida es, con toda seguridad, un nuevo punto de inflexión en la evolución de la pandemia.  

Y es que todas las luces y las sombras de lo que somos, se hacen presentes cuando el VIH/Sida aparece cerca de nosotros. Conductas admirables conviven con otras sin duda reprobables. Rechazo, marginación, desprecio o intolerancia comparten escenario con compasión, sensibilidad, compresión, deseos de ayudar y solidaridad. Pero nada es comparable al miedo de aquellos que lo padecen o creen padecerlo ante la posibilidad de que otros se enteren de su estado.  

Cuando una persona recibe la confirmación de la presencia en su organismo de VIH sufre un gran impacto emocional. Sabe que se trata de una enfermedad incurable[4] y en ocasiones letal. Además, teme verse sometidos a un siniestro juicio social. ¿Se le relacionará con homosexuales o prostitutas, tal vez, con la práctica de conductas socialmente rechazables como el consumo de drogas? ¿Lo aceptará su familia? ¿Le expulsaran de su casa o su pueblo? ¿Le restringirán el acceso a la atención sanitaria? ¿Podrá continuar estudiando o conservar su puesto de trabajo? ¿Le permitirán seguir jugando en su equipo de fútbol o baloncesto? Son sólo algunos de los posibles efectos colaterales del VIH/Sida.

En la ya larga lucha contra esta enfermedad hemos aprendido que las herramientas más eficaces son: prevención, diagnóstico precoz, reducción de vulnerabilidades y mitigación de impactos. El disponer hoy de un test de autodiagnóstico es sin duda una excelente noticia ya que la detección temprana permite a la persona infectada por VIH acceder al tratamiento en una fase inicial y reducir con ello de forma muy considerable el riesgo de transmisión a otras personas. Cierto que tiene algunas limitaciones y exige una verificación posterior, pero proporciona una certeza del 99,5% y una impagable intimidad protectora.

Sin duda este test supone un extraordinario avance, pero aún hay un colosal reto que afrontar y es lograr que esté disponible para los ciudadanos de los países que cuentan con una mayor presencia de VIH, que en general son países con escasos recursos, sistemas de salud precarios y en los que aún existe un importantísimo rechazo a las personas portadoras del virus.

Frente a este formidable reto, la Sociedad Civil debe actuar enérgicamente como catalizadora de una respuesta suficiente. Respuesta que sabemos desde hace décadas pero continúa sin contar con la voluntad política necesaria para llevarla a efecto.

 

[1] Capítulo 3

[2] Resolución S-26/2 de 2 de agosto de 2001. Párrafo segundo

[3] Homosexuales, Heroinómanos, Hemofílicos y Haitianos.

[4] Aunque en la actualidad cronificable.