Sábado, 24 de agosto de 2019

Pines de contrabando

Estamos a punto de llegar a El Salvador procedentes de Guatemala. Vamos a cruzar la frontera por carretera. Es el paso de La Chalana. Un gran puente bautizado como El Jobo y construido no hace mucho sobre el río La Paz. Es mediodía. Hace muchísimo calor. En el coche vamos cuatro personas de tres nacionalidades. Gerson, un joven guatemalteco de 19 años. Jorge, un costarricense responsable de la pastoral juvenil marista en Centroamérica. Y dos españoles: el hermano Javier, director de la ong SED, y yo.

En la parte Guatemalteca coincidimos con la furgoneta donde viajan el resto de la expedición con las maletas y el material de trabajo. Nos sellan los pasaportes de salida del país y nos entregan un papelito para que les demos a los responsables de la aduana al entrar en El Salvador. No tienen problema con nuestros equipajes y nos dejan salir de la maravillosa Guatemala. Cruzamos el puente sobre el río Paz. Un enorme cartel azul nos despide de la tierra de los chapines y otro nos da la bienvenida al país más pequeño de América. Nos paran los funcionarios de la aduana, les entregamos el pasaporte y el papelito. Nos hacen unas preguntas protocolarias sin que nos bajemos del coche. Se quedan el papelito y nos desean una feliz estancia. Arrancamos y, a diez metros -diez metros, en serio- nos detiene una pareja de policías nacionales vestidos con un uniforme azul. El que lleva la voz cantante es el agente 26004. Los números se leen nítidamente bordados en blanco en el bolsillo derecho de la camisa. Hace muchísimo calor. No han pasado ni cinco minutos desde que nos sellaron el pasaporte de salida al otro lado del puente Jobo, en Guatemala. Y comienza la odisea. Y el sudor.

Le piden al hermano Jorge, el conductor, su licencia para manejar y los papeles del carro. Todo está en orden. Nuestros compañeros de la furgoneta siguen ruta rumbo a San Salvador pensando que es un mero trámite. No en vano diez metros más atrás los funcionarios de la aduana salvadoreña nos habían dado vía libre para entrar al país. Lo mismo que a ellos. Pero no. El 26004 pone cara de querer ser amable y nos pide que bajemos del coche. Registran el maletero donde únicamente está el equipaje del hermano Jorge. Piden que la abra. Dentro no hay nada anormal. Pero una cajita de cartón blanco llama su atención. La abren. Hay 150 pines. Son insignias para los grupos juveniles de los maristas. Están empaquetados en diferentes bolsitas transparentes. El policía pone cara de preocupación y pregunta si han declarado los pines. Nos miramos conteniendo la risa y el hermano le dice que no, que no sabía que había que declararlos. El poli nos pide que retrocedamos y vayamos a la aduana con él. Entramos en el coche y volvemos hacia atrás. El hermano Jorge entra con él en un cuchitril que es un auténtico horno. Fuera, bajo la sombra de un árbol, estamos a 31 grados. Dentro deben de ser ocho o diez más. El funcionario de azul con su gorra, su pistola y su 26004 bordado en el pecho se pone a contar los pines, uno a uno, hasta llegar a 150. Ciento cincuenta. Nos comunica que tiene que hacer un informe, “un oficio” dice. Aún nos lo tomamos a broma y, sin que nos oiga, preguntamos si lo tienen que escribir a mano o a máquina. Lo hizo en un ordenador. Pero tuvimos que esperar un buen rato. Nos pide que vayamos a otro lugar con la cajita de pines porque el jefe de la aduana tiene que verificar su denuncia. Otra vez al coche. Estaba al sol y ha cogido temperatura. Nos movemos otros quince metros hasta la caseta más cercana al puente. Cada vez más cerca de Guatemala. Hay un toldo de esos que se sostienen sobre cuatro patas para dar sombra. Nos metemos debajo. El viento parece que nos da una tregua, aunque por momentos parece querer llevarse el tenderete volando. Hace mucho calor. El poli nos comunica que el jefe está almorzando. Son las 12:30. Viene con un compañero que tiene la misma cara de sinvergüenza que él. Les preguntamos si no hay nadie para sustituirle, si se cierra la frontera durante ese rato, si tendremos que esperar mucho. Y lo que iba a ser media hora, a las 13:00, el segundo policía lo alarga con tono de amenaza y superioridad diciéndonos que quizá hasta las 13:30 o más. Acaba de empezar el partido de Champions del PSG en Madrid. Es miércoles de ceniza. Tiempo de ayuno, abstinencia y sacrificio. De espera. Seguimos de pie. Acaba de pasar un camión con las puertas de atrás abiertas. Asistimos al cambio de guardia del funcionario guatemalteco de la administración tributaria. Dos policías de migraciones, vestidos de verde claro, con su porra de madera y su pistola al cinto, no dejan de charlar con otros funcionarios de aduanas ataviados con polos blancos. Ninguno es el jefe. Son las 13:30. Hemos dejado de reírnos. Ya no nos hacemos selfies. Estamos concentrados en acumular la paciencia necesaria para no faltar al respeto a la autoridad. Hay un sentimiento de impotencia importante. El calor es cada vez más serio y empezamos a sentir el cansancio y el hambre. Llevamos hora y media en una frontera por la que, al parecer, entra de todo menos los pines de los hermanos maristas. 

Llega un tipo con el mismo polo blanco de los que no nos miran ni nos hablan y con las mismas letras bordadas en azul donde se lee claramente: “Aduanas”. Tiene barba y gorra de camionero norteamericano. Nos dice que no es el jefe, pero le acompaña nuestro denunciante, el policía 26004 que le había retirado el pasaporte al hermano Jorge para evitar nuestra huída hacia El Salvador. Le entrega el documento y la caja con los pines. Nos quedamos fuera los cuatro mientras ellos comentan los folios con la denuncia y, de nuevo, vuelven a contar los pines uno a uno. Uno a uno. Los pines. El Salvador. 31 grados a la sombra. Más de hora y media de pie. Por fin salen y el de la barba pide al hermano Jorge que entre. Nos metemos todos detrás. En este cuchitril hay aire acondicionado. El de la barba nos pide que salgamos todos menos el interesado. Se queda sólo con el hermano Jorge. Otra vez bajo el toldo de las cuatro patas esperando el desenlace. Tarda. Los compañeros de expedición ya han llegado a San Salvador. La espera es tan surrealista como todo el episodio en sí. Por fin se abre la puerta de metal en la que hay pegado un cartel pidiendo que denuncies la corrupción, la falta de transparencia o el trato inadecuado de los funcionarios. Hay un teléfono, una página web y hasta te invitan a que pidas la hoja de reclamaciones. Me muerdo la lengua hasta hacerme daño, pero me pongo a hacer fotos con el móvil como un poseso. Se abre la puerta y sale el hermano Jorge: “Nos vamos, se quedan con los pines, no voy a pagar las tasas y la multa porque quieren cobrarme el 200% de lo que consideran su valor. Es absolutamente disparatado”.

Y nos fuimos. Con la conciencia tranquila. Sin los pines de contrabando.