Sábado, 24 de agosto de 2019

Luis

Un abrazo, hoy y siempre, para Neli y Álvaro; el otro día no llegué a tiempo para hablar, pero aquí lo escribo.

Por supuesto, el abrazo y el afecto van también para la familia y los amigos de Luis Alberto Morales Palma.

Conocí a Neli, no recuerdo bien, entre 1990 y 1991; en ese año, aprovechando el convenio UNAM-Universidad de Salamanca, vino a México; fue la avanzadilla, la pionera. Un año después, a finales de 1992 llegamos Pilar y yo.

Vivimos juntos hasta 1995; Neli tenía novio mexicano, Luis, y empezaban las incertidumbres sobre qué hacer cuando se acabara la beca: ¿volver a España a buscar curro (o chamba, ya empezábamos a mexicanizar nuestro vocabulario) o buscarnos la vida en México?

Neli, además de la maestría, había empezado a colaborar en el Ateneo Español de México; luego trabajó en la Casa Museo Trotski; también, como yo, hizo correcciones; incluso, años después, trabajó un tiempo en la escuela en la que sigue Pilar y en la que yo también colaboré un tiempo… mientras me daba cuenta de que no sabía qué quería hacer, pero sí sabía que dar clase no era lo mío.

Viviendo en la misma ciudad, sabiéndonos “familia”, no teníamos mucho contacto; Neli y Luis se casaron, nació Álvaro, que hoy es un joven a punto de iniciar la carrera de Periodismo. La ciudad absorbe, los trabajos, nuevos amigos… Así es la vida, aquí y allá; uno va cambiando los ejes, la casa se vuelve cada vez más refugio, el fin de semana es tiempo de descanso… No son excusas ni pretenden serlo.

Porque uno está ahí, y lo sabe; por eso, cuando supimos que Luis había fallecido, nos reencontramos y era 2018, pero también fue 1992; y era cumplir 50 y ser consciente de la distancia; pero también fue cumplir 25 en México y recordar la primera vez que fui al Azteca, con Luis, descubrí los cacahuates japoneses y vi jugar a Hugo Sánchez.

Fue volver a jugar las eternas partidas de dominó caseras, porque nunca aprendió a jugar al mus y porque no había mucho presupuesto para salir; también nos encantaba discutir sobre España, México y lo que se terciara.

Puma, cinéfilo, serio aficionado a la astronomía, geek antes de que se pusiera de moda serlo, malgeniudo como yo, era, sobre todo, una buena persona y fue un excelente “anfitrión” en eso de volverme mexicano.

Por eso, desde una melancolía que duele, hoy miro hacia adelante, y hacia atrás, y escribo esto para despedirme.

Adiós, Luis.

 

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