Miércoles, 15 de agosto de 2018

Convento de la Vera Cruz

     Tuve el desagradable privilegio de concelebrar en la última Eucaristía celebrada en el monasterio de las Esclavas del Santísimo, edificio propiedad  de la Cofradía más antigua de Salamanca, la Vera Cruz.

     El cierre del convento, tras la marcha de la comunidad de religiosas contemplativas, es una mala noticia para la Iglesia de Salamanca y nos obliga a una reflexión que habrá que ir haciendo para captar todas sus consecuencias espirituales, pero primero tendremos que asimilar el golpe.

     Hablando de golpe, da la impresión de que la propia Cofradía de la Vera Cruz está como “chocada”. Ello explicaría que se hallen todavía desubicados para poder hacer una autocrítica, aunque tal vez ya la estén haciendo en su régimen interno, pero no ha trascendido hacia el exterior.

     No cabe duda de que corren malos tiempos para la contemplación. Vivimos una crisis de época que no permite captar fácilmente la importancia de la vida contemplativa dentro de la Iglesia. O será que la juventud está esperando nuevos caminos para la vida contemplativa, aunque esto se da de bruces con la experiencia de algunos monasterios femeninos, rebosantes de vocaciones. Sea como fuere, no parece un camino atractivo para los jóvenes.

     Por otra parte, hay que reconocer que la pequeñez del convento de la Vera Cruz ponía dificultades prácticas objetivas para el desarrollo normal de la vida monástica.

     La marcha de las Esclavas es un aldabonazo para toda la diócesis, también para las parroquias y movimientos y, muy especialmente, para eso que se ha dado en llamar “mundo cofrade”. El mundo cofrade se basa en vivencias sentimentales que generan experiencias significativas para cada hermano o hermana y redes de pertenencia. ¿Cómo mantener ese sentimiento a lo largo de 52 semanas que tiene el año? ¿Se puede mantener caliente la experiencia significativa fundante sin una formación adecuada complementaria, sin una vida de oración, sin participación en la Liturgia de la Iglesia, sin obras comunitarias de caridad?

     ¿Es suficiente la experiencia vivida en la Congregación, Cofradía, Hermandad o Asociación como cimiento del sentido de pertenencia a la Iglesia o ha de completarse con la integración afectiva y efectiva en comunidades cristianas más amplias, especialmente la parroquia y la misma Iglesia local? La mayoría de estas entidades asociativas están reconocidas, supongo, como Asociaciones Públicas de Fieles. Esta pertenencia pública a la Iglesia ¿puede vivirse en exclusiva en  el seno de la Asociación o necesita necesariamente, valga la redundancia, de una integración viva en las parroquias y en la misma diócesis? Llegados a este punto los consiliarios debemos hacer también examen de conciencia: ¿estamos impulsando activamente la participación de nuestra asociación cofrade en la vida de la parroquia y de la Iglesia local, o sea, de la diócesis?

     Hay personas que se quejan de que “la Semana Santa” salmantina se está vistiendo por sevillanas y que podemos perder “la esencia”, lo que nos distingue, la “salmantinidad castellana”. Podría ser. Lo importante es “la sustancia”, o sea, la referencia central a Jesucristo y la eclesialidad, el ser Iglesia (recuérdese, Asociaciones Públicas de Fieles). De todas formas, nada malo hay en copiar lo bueno de los andaluces, por ejemplo la cantidad de vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada que están surgiendo del “mundo cofrade” andaluz y la potencia y calidad de sus obras sociales y de caridad. Y yo me pregunto: vocaciones y caridad ¿pertenecen a la esencia andaluza o a la sustancia cristiana y eclesial?

     Tengo para mí que la esencia salmantina no podrá mantenerse sin la sustancia cristiana. O de otra manera, la esencia salmantina, sin sustancia cristiana, es como un magnífico marco del que un avispado ladrón, a punta de navaja, hubiera robado el cuadro. Por mucho que valga ¿cuánto vale un marco? Es posible que el valioso cuadro esté sin terminar. Es responsabilidad de todos, también mía, como presbítero diocesano y como capellán de una Congregación, seguir pintando el cuadro, seguir fundamentando la sustancia cristiana y eclesial. Y todo lo demás, ya lo dice el Evangelio, se nos dará por añadidura.

Antonio Matilla, capellán del Nazareno y Santo Entierro.